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Hay una manera fácil de gobernar

En México, Estados Unidos, Alemania o China, una misma tentación adopta formas diferentes: la de gobernar sin obstáculos.
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No tengo ánimo hoy de diseccionar la vida pública mexicana en parcelas microscópicas, como la que explica las estrategias e incentivos que usa Morena para mantener como aliados al PT o al PVEM. Se me atraviesan esos temas lodosos. Se me atraviesan las astillas del proceso electoral de 2027, las babas de Donald Trump cuando escupe groserías institucionales contra el gobierno mexicano mientras lisonjea a la presidenta Claudia Sheinbaum, las declaraciones de nuestros políticos, las encuestas, los acomodos partidistas. Es el lodo que hay y a cualquiera cansa. Por eso hoy solo observo y trato de hacerlo en 360 grados.

Observo primero a Donald Trump, que acaba de prohibir el acceso a la Casa Blanca a CNN, MS NOW y Politico porque, dice, publican fake news. No los quiere dentro de “la casa del pueblo”; lo que quiere es su Trump TV.

El mecanismo me resulta familiar. En México, Sheinbaum dispone cada mañana de un espacio larguísimo, controlado desde Presidencia, para fijar agenda, responder, desmentir, escoger interlocutores y establecer el encuadre con el que su gobierno quiere que se lean los acontecimientos. En Rusia, el Kremlin lleva años construyendo una relación todavía más cerrada con las grandes televisoras y los medios afines para ordenar la conversación pública. Tres países completamente distintos, tres sistemas políticos que no deben meterse en la misma licuadora y, sin embargo, una tentación compartida: haz periodismo si quieres, pero yo escojo a mis amiguitos.

Sigo observando y topo con Alemania, cuyos resultados electorales alimentan estos días las revistas de análisis y ciencia política a las que soy asidua. La extrema derecha de Alternativa para Alemania (AfD) quedó como primera fuerza en dos Länder –el equivalente a nuestros estados–, Sajonia-Anhalt y Mecklemburgo-Pomerania Occidental, mientras que en Berlín fue la extrema izquierda, Die Linke, la que quedó como primera fuerza.

Lo inquietante no es que Alemania amanezca fascista o comunista –no amaneció ninguna de las dos cosas–, sino que el centro político se erosiona y los votantes buscan respuestas más lejos de él. Las explicaciones no caben en una sola causa: pesan el costo de la vida, la debilidad económica, el precio de la energía, la relación con Rusia y la guerra en Ucrania, las diferencias entre el este y el oeste, la vivienda y, por supuesto, la migración. Es decir, problemas concretos y distintos que van produciendo algo menos concreto pero políticamente más profundo: impaciencia con la manera en que funciona el sistema.

Con esa idea en la cabeza dejo Alemania y observo China. Me la ponen de ejemplo un día sí y otro también, así que llevo un tiempo hurgando en su arquitectura institucional para entender qué funciona, cómo funciona y, sobre todo, si nos gusta que funcione así. Que si el milagro chino, que si la competitividad china, que si los trenes chinos, que si las ciudades chinas, que si China demuestra que se puede ser exitoso sin hacerse bolas con la democracia.

Los logros son reales. China sacó a cientos de millones de personas de la pobreza, construyó infraestructura a una velocidad que despierta envidia, elevó radicalmente sus capacidades industriales y tecnológicas y su esperanza de vida ya se acerca al promedio de la OCDE. Pero también es un país profundamente desigual en varias dimensiones. Alrededor del 32 por ciento de la población todavía vive en zonas rurales que difícilmente se parecen a la China de la postal y donde no pasa el tren bala. La información sobre su salud, educación, ingreso o esperanza de vida, además, no proviene de un organismo autónomo como el Inegi mexicano, sino de instituciones que forman parte del propio aparato estatal.

Tampoco es cierto que el autoritarismo haya eliminado la corrupción por la vía de la eficiencia. China mantiene campañas enormes y permanentes contra ella y, al mismo tiempo, está ampliamente documentado el acceso privilegiado al poder político y económico de los descendientes de las élites del Partido. 

Pero no estoy haciendo un catálogo de defectos chinos ni comparando democracias buenas con dictaduras malas. Lo que me interesa es otra cosa: la seducción. Y por ahí puedo regresar a Trump, Alemania y México.

Cuando alguien pone a China como ejemplo, lo que suele admirar es su capacidad de decidir y ejecutar sin perder el tiempo convenciendo a la oposición, negociando con legisladores, esperando sentencias judiciales, respondiendo solicitudes de transparencia, soportando periodistas, enfrentando organismos autónomos o arriesgándose a perder el poder unos años después. Ahí está la fantasía: un gobierno que decide y hace. Sin tanta lata.

Qué maravilla gobernar sin obstáculos.

Es decir, sin el defecto más desesperante de la democracia, que resulta ser su mayor virtud cuando se mira desde el lado del ciudadano y no desde el poder. La democracia pone piedras en el camino: alternancia, fiscalización, contrapesos, tribunales, oposición, periodistas incómodos. Lo hace porque parte de una idea bastante sensata: incluso el presidente más honesto, preparado y popular puede equivocarse, abusar o rodearse de imbéciles.

Aquí debo tener cuidado con mi observación. No es que Die Linke, AfD, Trump, Putin, Morena y el Partido Comunista Chino sean equivalentes, ni estoy diciendo que los alemanes o los mexicanos quieran convertirse en China. Lo que observo es una creciente impaciencia con el orden político existente y, paralelamente, políticos dispuestos a aprovecharla diciendo que las limitaciones institucionales son precisamente el problema.

Ahí está la pieza clave. No hablan solamente de sustituir unas políticas públicas por otras: un aeropuerto en Santa Lucía en lugar de uno en Texcoco, poner más dinero aquí y menos allá, construir un tren o cancelar otro proyecto. Eso es lo normal. Para eso se gana una elección.

El problema comienza cuando se cambia el tablero para que la siguiente decisión tenga menos obstáculos: desaparecer el INAI, debilitar organismos autónomos, transformar a la Suprema Corte y acosar o hacer vacío al periodismo reduce la capacidad de arbitraje independiente y eso es lo que atrae a los votantes de Trump y de Morena y de los extremos. Ese es el hilo que alcanzo a ver cuando dejo de mirar las astillas de 2027 y levanto la cabeza. No una conspiración ni un único movimiento ideológico, sino una tentación que adopta formas diferentes: considerar que gobernar sería mucho más fácil si hubiera menos gente autorizada para decir que no.

Claro que sería más fácil gobernar. También sería más fácil abusar, encarcelar, expropiar, matar, equivocarse y, sobre todo, no tener que dejar nunca el poder. ~


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