Para las mujeres republicanas del exilio español en México, las escrituras del yo fueron prácticas autorreferenciales que moldearon una identidad en diálogo frente a los mandatos sociales; no solo un mero ejercicio de desahogo o registro de la nostalgia. Al apropiarse de la primera persona, estas mujeres desafiaron lo que Sidonie Smith y Julia Watson llamaron límites normativos y tradicionales de la identidad, convirtiendo la escritura en herramienta de subversión y libertad. Debemos recordar que asimilaron un país con menos derechos consolidados para la mujer y que también enfrentaron asimetrías profundas de género, como se observa en el trabajo de Pilar Domínguez Prats con los expedientes de la Junta de Auxilio a los Republicanos Españoles (JARE). Por ejemplo, se rechazaban sistemáticamente las solicitudes de las exiliadas que pedían apoyo económico para comprar una máquina de escribir, aceptando aquellas otras destinadas a una de coser; también había maestras que debían ceder sus puestos a otros maestros recién llegados con el único argumento de que ellos eran cabeza de familia. El espacio público parecía un territorio vedado para la voz de estas intelectuales y hoy siguen siendo desconocidas para una mayoría lectora.
A pesar de estas barreras de género, las exiliadas en México articularon un extraordinario y heterogéneo archipiélago de escrituras del yo, que nos hablan mucho también de los campos literario y editorial de la época. Muy pocas consiguieron publicar pronto sus textos sobre la guerra y el consecuente exilio en la forma canónica de libro en México, pienso en Éxodo (1940) de Silvia Mistral o en Doble esplendor (1944) de Constancia de la Mora, antes publicado en inglés; la gran mayoría tuvo que hacerlo muchísimo tiempo después, incluso a pesar de tenerlas ya escritas, como De Barcelona a la Bretaña francesa (2011) de Luisa Carnés, escrita en 1939, o las memorias de Syra Alonso que escribió entre 1937 y 1945, pero se publicaron incompletas en el 2000 y completas en El mar tenía un amargo sabor a lágrimas (2026). Otros, como Antes que sea tarde (1996), de Carmen Parga, Retrato hablado de Luisa Julián, memorias de una guerra (1996), de Aurora Arnaiz Amigo, Te beso buenas noches (1997) y Cerezas (2008), de Aurora Correa, o Una mujer en vilo (1999), de Águeda Pía Fernández, se publicaron en el último periodo de vida de las autoras, favorecidas por la tercera ola del feminismo y la voluntad e interés político y editorial del momento. Por último, recordamos Memorias habladas, memorias armadas (1990), de Concha Méndez, y Taquigrafía, Guerra Civil y exilio (2026), de Eladia Lozano, que debemos al trabajo de sus descendientes, Paloma Ulacia Altolaguirre y Patricia de los Ríos, respectivamente, a partir de grabaciones orales. Este mapa mínimo ilustra el sinuoso camino que estos textos debieron seguir para encontrar a sus lectores y, sobre todo, para ser reconocidas como escritoras con unos aportes que, de tan privados, ya eran políticos. Los casos de Syra Alonso, Eladia Lozano, Águeda Pía Fernández y Luisa Carnés, en los que me detendré, resultan especialmente significativos para comprender su densidad y riqueza.
Ampliación de los soportes narrativos
Por motivos de diferente índole, algunos vinculados a ciertas violencias simbólicas dentro del campo de la producción cultural, ninguna de las cuatro encaja en un modelo convencional de autobiografía o memoria publicada por un sello consagrado, como, por ejemplo, sí ocurre con Vida en claro (1944) de José Moreno Villa. Por tanto, el valor de estas escrituras del yo escritas por mujeres en el exilio republicano en México también radica en su formación en los márgenes, en soportes híbridos o de distribución diferida, o, simplemente, de una manera oral en un archivo familiar vivo para las siguientes generaciones. “Familiar” entendido aquí de manera amplia, pues ellas se reconocían “hermanas” de una misma realidad, por ejemplo, Syra y Eladia. Además, salvo Luisa Carnés, que llegaba con una trayectoria consolidada dentro de la literatura, el resto no se reconocían a sí mismas como escritoras, aunque coincidían en que escribir era la mayor habilidad que tenían. Syra Alonso, que decía no tener ningún sentido práctico de la vida para ganársela, no dejó de escribir e intentar publicar sus relatos en revistas. Águeda Pía Fernández era más explícita y se preguntaba en sus memorias: “¿qué es lo que más me gusta? Escribir, nadar, ver pintura, escuchar música. En este orden”. Eladia Lozano taquigrafió y mecanografió numerosos escritos y discursos en los que llegó a hacer, como ella cuenta, aportes significativos, pero fueron muy pocos los textos que escribió bajo su autoría, apenas tres artículos en la revista Independencia, en una sección de la Unión de Mujeres Españolas en México. Por eso sus textos no aparecen dentro de los cánones y, aún hoy, es difícil acercarnos a ellos.
De alguna forma, hay una subversión en el formato autobiográfico al emplear soportes narrativos periféricos, fragmentarios u orales. Syra Alonso nunca mecanografió sus textos, los escribió una y otra vez en cuadernos que compraba en papelerías de sus lugares itinerantes de residencia. En ellos, tachaba, escribía entre líneas, añadía hojas y todas las versiones contenían variantes, motivo por el cual se necesitó un laborioso trabajo filológico y editorial para ofrecer al público la mejor versión. Por el contrario, Eladia Lozano, mecanógrafa profesional, nunca escribió sus propios textos testimoniales, y fue gracias a las entrevistas y al trabajo de edición de su hija que hoy podemos contar con sus valiosas memorias. Otra mecanógrafa y escritora, Águeda Pía Fernández, solo pudo ver publicadas sus memorias y textos periodísticos en dos volúmenes que tuvieron una escasa tirada, 150 y 200 ejemplares. Por último, Luisa Carnés, escritora excepcional, no vio publicada en vida su única memoria, la del final de la guerra y el inicio del exilio en Francia, mientras que la de su exilio mexicano debemos leerla de forma fragmentaria, como perlas dentro de los artículos que publicó en el suplemento cultural de El Nacional, por etapas llamado Revista Mexicana de Cultura.
Desmonumentalización del yo
Esta se produce mediante un desplazamiento radical del centro de gravedad del discurso. Así, frente al relato masculino dominante del exilio, concentrado en gestas colectivas, militancias partidistas, momentos épicos o convergencias con personajes públicos de notoriedad, en estas narrativas del yo hay una mirada próxima a la experiencia subjetiva, al registro de emociones y sentidos, a la construcción de la vida a partir del detalle cotidiano. El discurso no contribuye, por tanto, a cincelar un monumento más para la gran Historia, sino que encarna las repercusiones de esta. Las memorias de Águeda Pía Fernández son un gran ejemplo de esta desmonumentalización, pues, al inicio, atribuye elementos positivos a la Guerra Civil –evitó la cárcel y ganó la libertad de pensamiento al elegir su destierro– frente a la otra guerra civil-jurídica que tuvo que librar ya en México y que sí la condujo a la cárcel. Detrás de estas palabras se hallaba el severo conflicto de divorcio que mantuvo con su esposo, el pintor mexicano Raúl Anguiano, por quien dejó su trabajo en El Colegio de México al casarse.
Eladia Lozano tiene otras herramientas de desmonumentalización: la ironía, el humor y los cuidados. Así, podemos leer la batalla del Ebro a partir de la anécdota del regalo que recibe tras un día completo taquigrafiando reuniones y partes de alto secreto: medio queso de bola y un pedazo de jamón, que, finalmente, decide compartir con sus compañeras de residencia y con su familia ya asentada en Barcelona. Sobre el campo de internamiento en Francia, Lozano nos comparte sus aventuras, cómicas en gran parte, para conseguir el envío de cartas y mediar en la correspondencia de otras mujeres. En este mismo sentido, y en un campo de internamiento semejante, Águeda Pía también comparte lo chocante que le resultaba ver, cada fin de semana, la llegada de un grupo de franceses nudistas a una casa vecina, cuando ellas tenían tantas carencias. Eladia Lozano, ya en el exilio, también cuenta cómo antes de enviar ropa a España, debían acostarse con ella para arrugarla y desgastarla, evitando así la confiscación del franquismo. Estas acciones, contadas con un tono de humor y ligereza que recorre sus memorias, van tejiendo los hilos de otra historia, además, desde luego, de configurar una cartografía de los afectos en momentos de dramatismo.
En las memorias de Syra Alonso aparecen con precisión los hechos históricos más relevantes que acaecieron en Galicia tras la sublevación; sin embargo, a la par de ellos, encontramos otros relatos que afectan a personajes cotidianos. Así, nos hace partícipes de la triste historia de Cesáreo, el pescador y luchador social que intenta suicidarse en la cárcel; o del niño ciego que recorría las calles recitando de memoria los versos de Federico García Lorca, hasta que un día lo silenciaron; o el de Andrés Pinilla, que lloraba junto a su hijo porque no encontraba a sus otros dos hijos. Ochenta y siete años más tarde, los restos de ambos aparecerán en la misma fosa común del esposo de Syra. Gracias al archivo, sabemos que los relatos de estos personajes los escribió antes que sus memorias, con enorme valentía durante el tiempo más duro de represión, para formar un pequeño libro que se titularía Héroes anónimos. La épica en Syra Alonso se encuentra en la especial sensibilidad con la que lee la naturaleza en relación con los hechos y en el cuidado que tiene hacia sus espacios de escritura como lugares seguros para exponer su vulnerabilidad. Desde esta experiencia cotidiana, de afectos “mínimos” y espacios sensibles, es desde donde construye una historia mucho menos conocida.
Asunción de una poética de la permeabilidad
Mientras una gran parte de las redes del exilio intentó preservar una “España intacta”, fomentada en las tertulias de los cafés y en asociaciones políticas, la narrativa de estas escritoras se caracterizó por una disposición a un contagio cultural, lingüístico y afectivo muy horizontal con el país de acogida, siempre sin perder la mirada política de su país de origen. Los textos que Carnés firmó como Natalia Valle en El Nacional son una buena muestra de ello. Curtida en la representación realista de la obrera urbana, Luisa Carnés detiene su mirada sobre los desposeídos de México con sensibilidad y compromiso. Aunque se enuncia sin rodeos en la prensa –disculpándose a veces por su osadía–, su prosa asimila con maestría el léxico local para narrar con una precisión asombrosa: escribe estudiando la realidad que le rodea, tendiendo vínculos, dejándose abrazar. A veces, este abrazo es tan fuerte que le recuerda algún pasaje de su vida en España, con melancolía, quizá, pero más con el calor que abriga el compromiso.
Eso sí, quizá la aculturación más radical, por inusual en las redes del exilio, fue la de Syra Alonso. Apenas transcurrido un año de su llegada a México, tomó una decisión extrema: dejar a dos de sus hijos al cuidado de personas de confianza en la ciudad y marchar con otro de ellos a Actopan, una comunidad originaria nahua y totonaca de Veracruz. Allá, en un pequeño jacal de Papita, prestó servicios desinteresados de índole sanitaria y educativa a la comunidad, y tuvo la tranquilidad suficiente para concluir sus memorias. De paso, además, dejó registro de muchas de estas personas, lugares y sucesos en un buen número de narraciones de carácter indigenista que la editorial Alvarellos publicará en 2027. El presente de la comunidad, finalmente, se convirtió en un espejo en el que reparar su propia homeostasis emocional, si no definitivamente, sí al menos de manera funcional para enfrentar su presente, reconociéndose en el privilegio de estar viva y junto a sus hijos, sabiendo además que su lugar se encontraba con los más débiles en México.
A pesar de su pertenencia al Partido Comunista de España (PCE) en el exilio y a las redes del comunismo internacional, en virtud de la cual trabajó en diferentes embajadas en México o con inminentes dirigentes como Pablo Neruda, Eladia Lozano asimiló de una forma activa y profunda el país de destino. Se naturalizó muy pronto y se formó –por ejemplo, con Mancisidor– para comprender los referentes históricos, sociales y políticos que afectaban la realidad del país. Lo hizo tan bien que, como cuenta su hija, de cualquier exposición podía explicar ampliamente el contexto. Su nieta Mariana incluso recuerda que Eladia afirmaba a cada rato que “la patria no solo es el lugar donde naciste, sino donde tienes la oportunidad de estar vivo”. La autora abrazó y defendió las causas que entendió justas, por ejemplo, participó, junto a sus dos hijas, en las marchas del 68. De ellas cuenta que, en una ocasión, les dio todo el dinero que tenía a los universitarios que boteaban en las calles y luego no pudo pagar el transporte para regresar a casa. Su forma de contar, que podría parecer anecdótica, siempre encuentra un sentir simbólico más profundo que parece obtener una recompensa. En este caso, aparecer fotografiada en La noche de Tlatelolco, de Elena Poniatowska. Los afectos entretejen la historia con un hilo fino y trasladan un aprendizaje mucho mayor al del resultado histórico.
Las diferentes escrituras del yo de las exiliadas republicanas en México se develan como una fuerza reconstructiva que, sin duda, contribuyó al panorama cultural de nuestro país. Ellas practicaron una poética de la permeabilidad activa y sostuvieron la supervivencia y la memoria en innumerables redes de cuidados y afectos. Sin aislarse, se integraron vitalmente al país de acogida: escribieron, enseñaron, protestaron y miraron hacia rincones inusuales de su nueva patria. El exilio republicano no solo se redactó en manifiestos o se reconoció en figuras fundantes de instituciones, sino que se tejió, se taquigrafió, se escuchó y se resistió desde diferentes espacios, no siempre tan públicos. Quizá no debemos quedarnos en el lugar común de recuperar estas voces, pues no estaban perdidas, eran voces que nos encontrábamos por todos lados, pero a las que no prestábamos atención, más bien deberíamos preguntarnos por qué. Y, desde luego, leerlas. ~