Borges imaginó una biblioteca infinita que contendría todos los libros escritos y todos los libros por escribirse, en todos los idiomas existentes y por existir. Del pasado y del futuro, una biblioteca eterna. También imaginó un solo libro que contendría todos los libros, en todas las lenguas, sin principio ni final, un libro de arena: un libro infinito. Con los años se ha ido conformando una auténtica biblioteca de Babel formada por los libros de Borges (cuentos, poemas, ensayos, entrevistas, autobiografías, prólogos, artículos, traducciones, reseñas) y por los libros sobre Borges. No alcanzaría la vida de una persona para leer todo lo que se ha escrito sobre el autor argentino. A cuarenta años de su fallecimiento uno pensaría que toda su obra habría visto la luz. Pero no dejan de aparecer volúmenes con material inédito. En esta ocasión me referiré al libro Conferencias reunidas 1960-1985.
El volumen contiene 29 conferencias de temas variados: Camoens, Lugones, Spinoza, Agnon, Shakespeare, Xul Solar, la poesía gauchesca, el libro de Job, la literatura fantástica, el libro, los sueños, sus propios cuentos y poemas. Destaca en este conjunto su ironía, su real o fingida modestia, su recurrencia a ciertos temas y anécdotas, pero también, conforme se aproxima la hora de su muerte, su desazón y disgusto con su propio país, con la venalidad que se ha apoderado de todo. Se queja del culto a la fama que se apoderó de los nuevos escritores. La literatura había pasado a segundo o tercer plano. Había dejado de ser importante. Lo que contaba era la política, el culto a la imagen y el dinero.
En el centro del laberinto que es este libro (todos los libros lo son) se encuentra naturalmente el monstruo.
El monstruo es la poesía. Jorge Cuesta, temperamento romántico, escribió acerca del “diablo en la poesía”, señalando en ella su carácter de excepción y de peligro. Contemporáneo de Cuesta, otro Jorge, argentino, fue de temperamento clásico. Creía que la belleza estaba en todas partes, si sabíamos ver bien. Creía que no hay persona que no se tope en un solo día, fugazmente, con la belleza. No pensaba Borges, como Cuesta, que la poesía fuera un peligro sino un don. La poesía no se hacía con esfuerzo desde la razón. La poesía era intuitiva y estaba ligada a la experiencia onírica. El leguaje de la poesía participa del lenguaje de los sueños, su lógica es distinta de la diurna. De ahí su esencial ambigüedad y polisemia.
Autor de extraordinarios cuentos y penetrantes ensayos, Borges fue, sobre todo, un poeta. Sus tres primeros libros fueron de poemas, Borges los consideró irrecuperables. Su cuarto libro, y el primero en su bibliografía, fue Fervor de Buenos Aires. Su padre le dio el dinero para pagar la edición. A los pocos días de publicado el libro, Borges viajó a Europa. En España, en la Revista de Occidente, Ramón Gómez de la Serna elogió aquella obra, lo que provocó que en Argentina se leyera con aprobación anticipada. Borges, de regreso a su país, le llevó el libro a Alfonso Reyes, era diez años mayor que él. Reyes fue muy generoso con el aprendiz de poeta: no leyó al poeta que era, dice Borges, sino al que podía llegar a ser.
Así fue el comienzo de Borges como poeta. En Fervor de Buenos Aires ensaya con poemas ultraístas, de vanguardia. Quería ser moderno sin darse cuenta de que todos los poetas, aun los que juegan con anacronismos, lo son. Para su segundo libro, Luna de enfrente, compró un par de diccionarios de argentinismos para poblar sus versos de color local. Quiso ser argentino profesional sin darse cuenta de que hiciera lo que hiciera sería por fuerza argentino. Conforme fue publicando su obra se fue desprendiendo de capas de prejuicios y de ambiciones que nada tenían que ver con la poesía.
En 1955, a los 56 años, quedó ciego. Su padre también había quedado ciego, lo mismo que su abuelo. A Borges lo nombraron director de la Biblioteca Nacional, tremenda ironía, cuando ya no podía ver los libros que custodiaba. Uno de sus antecesores en el puesto, Paul Groussac, también fue ciego. Y antes de Groussac, otro director más, el novelista José Mármol, lo mismo. A Borges no lo sorprendió, como es natural, su ceguera: “Esta penumbra es lenta y no duele.” Su poesía cambió desde entonces. Por su incapacidad de escribir, componía sus poemas de memoria y luego los dictaba. Si en su juventud recurrió al verso libre vanguardista y al versículo (de estirpe whitmaniana), en su madurez practicó los metros clásicos. Una combinación extraordinaria de coloquialismo y formalidad animó desde entonces sus poemas.
Todas las conferencias de este volumen, por la invidencia de Borges, fueron improvisadas. La mayor parte de ellas tienen que ver con la poesía. Dedicó seis a la poesía argentina (“Poesía gauchesca”, “Leopoldo Lugones”, “El gaucho Martín Fierro”, “La poesía gauchesca”, “Poesía y arrabal” y “Martín Fierro, el gaucho y la literatura”), tres al poeta portugués Luís de Camoens, una a “Mi poesía”, otra a “La metáfora” y una última a “La poesía”. Estas conferencias presentan semejanzas y en ocasiones francas repeticiones con las seis conferencias que dictó Borges en Harvard durante el curso 1967-1968, reunidas en el libro Arte poética (Crítica, 2001). También presenta coincidencias con la conferencia titulada “La poesía” (dictada en Buenos Aires el 27 de julio de 1977 y recogida en el libro Siete noches, FCE, 1980).
Mencioné que en el centro de este laberinto/libro se encontraba el monstruo y que este era la poesía. Borges nunca quiso salir de este laberinto. Creía en la inspiración, como Homero creía en las musas y los autores de la Biblia creyeron en el Espíritu Santo. Una fuerza se apodera del poeta en forma de una imagen o de un sonido. Puede ser un verso o una palabra o un ritmo. El poeta se deja habitar por esa presencia. Lo que sigue es el trabajo más arduo que consiste en transcribir esa experiencia al papel lo más fielmente posible. Dice Borges: ahora no se cree en esa presencia, ahora le llaman subconsciente o inconsciente colectivo. Borges siempre fue un poeta comprometido, pero no con las causas sociales, sino con su propia obra. El poeta camina por el mundo, traslada sus sensaciones a un orbe verbal estricto y musical. Borges luchó toda su vida contra ese monstruo. Ese monstruo tenía su propia cara. ~