Está la educación reglada, está la universidad de la vida y están las revistas. Me refiero a las vías por las que uno se forma fuera de su casa. No sé cuánto durará ninguna de esas vías, pero estoy ahora pensando en las revistas, en su función y su efecto en nuestras vidas. Los libros, las películas, hasta los discos, por mucho que intervengan varios músicos, se proyectan y se componen de otra manera, y por eso no los contamos aquí. Pero las revistas, por su cosa modular, periódica y colectiva, tienen una manera particular tanto de influirnos como de manifestar las marcas del momento. Que Karl Kraus se encargase de Die Facke a solas es la consabida excepción que confirma la regla de marras, y nos habla de una manera de pensar más que de una manera de presentarnos ante el público. Hacer una revista solos nos permite pensar de manera diferente a como pensamos para un libro, incluso si se tratara de un libro colectivo. Además, cualquiera que haya trabajado en la redacción de una revista se habrá dado cuenta de cómo algunos elementos se imantan, de cómo al acabar la maqueta de un número, y solo entonces, aparecen rimas involuntarias entre unos artículos y otros, entre una ilustración y un párrafo, y entre temas que se asocian con una armonía que difícilmente se habría podido alcanzar a propósito.
El descontrol que rige una revista es de una naturaleza propia.
¡Cuántas revistas han desaparecido! Qué cantidad de páginas dedicadas a la vanguardia, críticas de cuadros ahora desgarrados, manifiestos traicionados, cuentos conmovedores que nadie ha vuelto a leer, intuiciones demenciales, peleas y rabietas olvidadas. Hagamos aquí un repaso por algunas revistas, dedicadas al arte y la literatura, de la primera mitad del siglo XX. El motivo es la curiosidad y el criterio es azaroso; qué será el sentido.
Aquí tenemos por ejemplo la revista rumana Contimporanul, editada por el poeta Ion Vinea en Bucarest, dedicada a la vanguardia y entregada al modernismo a partir de 1924, cuando publicó su Manifiesto activista para la juventud y montó la Exposición Internacional de Arte Moderno de Bucarest. Dieciocho números en 1923, seis en el 24, nueve en 1925, ocho en 1926, cinco en 1927, ¡uno! en 1928, diez en 1929 y dos en 1930. Es típico ese vigoroso arranque que se desinfla a medida que pasan los meses, pero resulta verdaderamente chocante el caso de 1928. ¿Qué pasaría aquel año? ¿Sabría la redacción desde el principio que solo conseguirían sacar un número o más bien la sospecha se les iría descascarillando encima mes a mes? Como yo no leo rumano, es en lo gráfico en lo primero que me fijo, lo que por otro lado es el éxito de la revista. Miro los grabados expresionistas, los retratos de los escritores, las fotos de los edificios en ciudades extranjeras, la disposición de las secciones, comparo los finales de los poemas para ver si riman y me fijo en las palabras y estructuras cuyo significado, por romanizada, puedo entender. Y empiezo a distinguir las formas como en una habitación a oscuras, al cabo de un rato de haber entrado. De esa manera puedo acercarme a los modernos de aquel tiempo. Hay algunos breves que se reproducen directamente en francés, y que informan de las novedades parisinas, porque París fue durante años también la capital de Rumanía, y de varios países más. Hay una sección de Contimporanul que informa sobre revistas de toda Europa. Esta salió ya después de la Primera Guerra Mundial, pero al pensar en las revistas y en los jóvenes de entonces me he acordado del breve fragmento de Joseph Roth elegido por la editorial Acantilado como gancho en la contracubierta de su traducción de El busto del emperador: “Como todos los austríacos de aquella época, Morstin amaba lo permanente dentro de la constante transformación, lo usual dentro del cambio y lo conocido dentro de lo inusual. De este modo, lo extraño se le hacía familiar sin perder su color, y de este modo, la patria poseía la eterna magia del extranjero.” Los lectores de Bucarest, entonces, podían enterarse por Contimporanul de otras revistas que leían los modernos de otras ciudades, y aprender idiomas y modos (me acabo de dar cuenta de que modernos debe de venir de modos) que les hiciesen conocer el mundo de otra forma, y en esas segundas revistas ver que recomendaban la suya, como en un interesante juego de espejos. El reflejo hesterno nos alcanza, y creo que, si las leemos ahora, rescatadas de los recodos de internet donde se guardan escaneadas, podemos aprender y mirar de maneras nuevas, aunque es verdad que aquellas revistas no sirvieron de protección cuando las cosas se pusieron feas, y así veo que Ion Vinea se pasó sus últimos años dando tumbos. No encuentro poemas suyos traducidos al español, solo veo su cara flaca y grave en una foto de sus veinte años. Con diecisiete, cuando era estudiante, editó con Tristan Tzara los seis números de Simbolul, el primero en octubre de 1912 y el último en diciembre de ese mismo año, una especie de último canto simbolista. En todas las portadas se reproduce el mismo dibujo de Venus, con larga cabellera negra, en medio de un bosque. Son cuatro pliegos de textos breves, acompañados por breves dibujos, que me provocan repentinamente más curiosidad que los muchos libros que tengo aquí a mano sin leer, y que me hacen imaginar que recibo en la cara un golpe de viento frío al girar una esquina de Timisoara en una noche húmeda, al volver del café donde soñamos que estamos en París pintando venus de largas cabelleras, antes de tumbarme con la cabeza dando vueltas por lo que bebieran entonces −leo que el palincă es un famoso licor que se destila en Transilvania−, encima de una manta de cuadros llena de bolas, a leer a la luz de la lámpara esa lista de nombres: Emil Isac, S. Samyro (Tristan Tzara), Ch. Poldy, Claudia Millian… ~