Festival de México en el Centro Histórico: un recuento (II)

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Percusiones de Estrasburgo

Las estrellas son lejanas y pocas veces podemos recibir la resonancia de su silencio. Pero las situaciones se tuercen y la vida nos ofrece diminutas señales y un par de sorpresas. Gérard Grisey quiso ver fantasmas toda la vida, y quizá lo consiguió.

Confieso que jamás he sido afecto al ciclo de Radar, ya clásico oasis para todos los asistentes que deseen mucha histeria y música cercana al deporte extremo, esto sin demeritar el peso real de las acciones que, siempre que se centran en un autor (Stockhausen, Scelsi) son enriquecedoras. Este año me he tragado mis palabras una por una, como si fuera el agua aquella que estuvo a punto de matarme. Y es que el ciclo dedicado al compositor francés espectralista fue deslumbrante.

Así que una noche L. y yo logramos escuchar a las estrellas. No podía existir mejor lugar para este hecho que el espacio escultórico de Ciudad Universitaria. Dispuestos en cinco plataformas ubicadas en el círculo, Las Percusiones de Estrasburgo confeccionaron una pieza de tal magnitud que los que esperábamos algo impresionante, perdimos el habla; ecos y vueltas percusivas que reflejaban el traslado espacial de lo que teníamos encima. El grupo brindó una interpretación celeste fanfarroneando con el dominio absoluto de los ritmos y las nuevas técnicas que ofrece la música contemporánea a un ensamble como este.

Aunque tal vez la enorme cantidad de personas que asistieron al concierto estaban un tanto confundidas. Imagino que al ver anunciados a los percusionistas en el espacio escultórico, una centena de entusiastas imaginó que presenciaría la novedad traída de Sierra Leona. Y la confusión no dejó de cobrar sus rentas, ya que uno no podía parar de intuir el rumor alcohólico o enervado de grupos molestos de jóvenes esperando el primer compás para volver esa noche el gran baile del siglo. Gracias a algo muy grande Los Percusionistas de Estrasburgo hicieron lo que mejor saben hacer, a pesar de algunos silbidos de gente decepcionada, concretando el homenaje que se comenzaba a extender a Gérard Grisey; homenaje que concluiría con Le court circuit, dos días después, en la sala Nezahualcóyotl, donde, una vez más, pensé que me ahogaba al escuchar un piano que se hundía.

E. me dijo que estos eran los nuevos virtuosos.

Chunky Move / Gavin Bryars

Un festival no puede ser uniforme. Los momentos más altos siempre insinúan caídas estrepitosas. Albricias al fracaso y a la mediocridad.

Como todos pudimos notar, la difusión del festival sufrió estragos esta emisión. Los que habíamos podido asistir a otras ediciones del mismo también notamos que áreas como la danza se vieron disminuidas notablemente. De mis grandes experiencias como espectador varias me las ha otorgado el festival con las funciones de compañías internacionales que ha podido conjurar, funciones colosales que nada tuvieron que ver con las ofrecidas este año. Ahora pudimos ver a Chunky Move, grupo que despertaba la mayor de las atracciones en mí.

El soporte tecnológico que se utiliza en Mortal Engine, coreografía presentada esa noche, puede ser sorprendente en primera instancia; las sombras y figuras que armonizan el cuerpo de los artistas, los efectos visuales nebulosos, las brumas y el láser. No obstante, parecen combatir a los bailarines. No consiguen una verdadera conjunción de fuerzas y las ideas y logros de la danza misma (que son impresionantes, desde la técnica hasta el entramado conceptual) palidecen ante estos recursos que, llegado un punto extremo, son semejantes a protectores de pantalla antiguos sobre una manta vieja. Todo conforma un tendedero de ideas visto con lentes tornasolados. Una verdadera pena, ya que la incipiente coreografía tiende a la grandeza, pero pierde alas pronto al someterse al capricho del computador. Al terminar un aire de profunda decepción nos nublaba la vista, o tal vez era la niebla artificial que se nos había metido hasta por debajo de la piel.

Sin embargo este golpe no fue tan duro como el del día siguiente. Nunca supe que tenía boletos para el peor concierto de mi vida. Esa noche, sin falta, hubiera tomado el escenario blandiendo un zapato para arremeter contra un timador llamado Gavin Bryars.

Parecerá una hipérbole, pero nunca se había visto sobre el escenario del Teatro de la Ciudad de México tal sarta de mediocridades y errores. Una vergüenza para el equipo seleccionador, que hasta ese momento había mostrado un elenco estelar. Una banda de aficionados, sin ninguna pretensión de agradar, un grupo de atunes crudos dirigidos por el gran pulpo Bryars, enlatados en esa pieza nefasta que se titula The Sinking of the Titanic. Dudo que los mismos muertos de esa tragedia hayan padecido tanto como los espectadores.

Trío medieval

Noruega me llama, lo siento en el viento, las olas y muros. Un llamado ontológico de proporciones encogedoras. Una y otra vez, como película de voces en la cabeza. Noruega, Noruega, Noruega. Una de estas llamadas fueron los dos conciertos de El trío medieval.

El primero de ellos se llevó a cabo en el templo Regina Coelli. Se presentaba música medieval de la Escuela de Notre Dame, y fue esplendoroso. Desde el comienzo supe que toda la gente a la que invité y rechazó el ofrecimiento era verdaderamente tonta, y es que E. no pudo asistir, tiene un colon delicado. Por suerte para ambos encontré a JC. en la calle y sólo perdimos un boleto.

Sin duda esta música debía escucharse en una iglesia, con retablo barroco e imágenes de la pasión. Las tres miembros del trío noruego hicieron gala de una técnica bocal que le produjo un desmayo a JC. y una reverencia a todos los demás. Cabe mencionar que el programa incluía piezas del culto mariano sin aferrarse a un periodo particular, a pesar de mantener una línea claramente antigua. Se pudieron escuchar interesantes aproximaciones contemporáneas a este tipo de canción, una de ellas compuesta por mi odiado Bryars, que, me cuesta admitirlo, no estuvo del todo mal. Y, como todo lo bueno en esta vida, terminó, con la esperanza de que recomenzara una veintena de horas después, pero en el Museo Interactivo de Economía (¿qué se hace en un museo interactivo de economía? Creo es una duda que me he de llevar a la tumba).

El programa ahora era dedicado a Escandinavia: piezas en donde estas mujeres, que se desplazaban con la mayor de las liviandades por el recinto, hacían florecer praderas en deshielo, bosques oscuros y fiordos, magnos, como la palabra misma. ¿Cómo se produce esta sonoridad en la diminuta caja torácica de una mujer? Podemos suponer que no son mujeres comunes y corrientes, son noruegas, descendientes de vikingos; sin embargo estos tres especímenes eran más bien pequeños y sonrientes, ¿de donde, entonces, esa potencia? Pareciera respuesta a un bagaje cultural inmenso, en donde el canto y la palabra han servido como medio de comunicación desde hace siglos, en donde la figura del bardo aun conserva su peso inicial y es el encargado de concretar e iniciar nuevas rutas por las que ha de transitar la comunidad. El trío medieval conjuga la vivacidad de una civilización en desarrollo constante, pero que conserva celosamente sus raíces, es decir, su canto. Fuimos testigos de las diferentes técnicas que en Noruega se utilizan para relatar estas pequeñas historias vueltas música y nunca me había sentido tan hipnotizado, ante todo en los momentos en que las tres recorrían la arcada utilizando diferentes puntos de resonancia que volvían a sus voces verdaderos instrumentos del bosque.

L., como yo, ama Noruega y se plantó frente a las mujeres, ya terminado el concierto, para pedirles que la llevaran a la tierra del salmón. Ellas no comprendieron sus ruegos y con una sonrisa dieron despedidas.

Mujeres soñaron caballos / Ivanov

E. asegura que incluso pasados ocho días continuaba soñando con Mujeres soñaron caballos. No lo dudo: el hombre tiene el sistema nervioso de un perro chihuahua, pero tampoco lo culpo. Es una puesta reveladora y de una fuerza que pocos pueden tolerar.

Daniel Veronese fue convocado a montar su obra clave. El argentino trabajó con una compañía compuesta por actores mexicanos. El resultado es importante. La violencia como cotidianeidad, la violencia como vida, la violencia como erotizante, la violencia como factor de ruptura, la violencia como madre de la era actual; todo esto se refleja en el escenario.

Una amiga hace un par de días me dijo que cuando era niña lo que más deseaba era casarse con un caballo. Fuera de interpretaciones retorcidas, me pareció una idea bella que de inmediato me hizo volver la obra, y no pude más que retomar en mi memoria ciertos pasajes claves de la misma: una fuerza poética ingobernable, que llega a rozar el delirio pero mantiene su renglón de firme denuncia, sin rayar en la propaganda, con la sutileza propia de las cosas ocultas y que sin embargo palpitan en todo el escenario como si éste fuera un ente vivo.

Existieron actuaciones notables y la dirección, del mismo Veronese, parece haber comprendido el espacio al que se adentraba, y lo que deseaba comunicar. En fin, un trabajo para conservar en el limbo de la mente y al que se debe volver cada cierto tiempo, en busca de alguna frase o de alguna mirada.

Por otro lado Ivanov comenzaba a hacer ruido. Ivanov es la opera prima de Chéjov, cosa que vale la pena cuestionarse. ¿En qué medida Anton es autor real de lo que presenciamos? De cualquier modo, no puede dejar de asumir que el autor de ese texto, el montado, es prácticamente un genio, ya sea Chéjov o Gotscheff, director de la puesta.

He aquí que enarbolando el espíritu de la pobreza que tanto enriqueció Grotowski, un simple telón de vapor nos muestra una interpretación de valor y enorme riqueza. La concepción total de la obra se plantó con la claridad de matar o hacerse matar. Y es que es imposible discutir sobre Ivanov sin ponerse un poco pesimista, un poco gris, un poco amargo, ya que el tema principal es el tedio vital en el cual Ivanov se desenvuelve. Pero la obra no es triste, ni cercana a serlo, es un festival de incoherencias y despropósitos azucarados que permiten asumir con una mueca de cinismo esas enormes tragedias que uno presencia.

De principio a fin la obra sucede con la completa virtud del desorden, amando el caos en el rigor de una historia que, sin notarlo, el espectador comprende a cabalidad. Un final enorme, un principio igual de inmenso y la evolución que parece plantearse e incluso surgir en la misma escena, demuestran porque el teatro alemán se mantiene a la cabeza del mundo en cuestiones dramáticas.

Con este evento, entre varios otros que no menciono en la crónica, y a pesar de que traté de asistir a un par más y a la clausura, que me provocó nada mas que bostezos, terminé simbólicamente este 25 Festival de México en el Centro Histórico, con el gusto de conocerme agotado y sin saber muy bien cómo volver a casa o al ritmo de vida que he aprendido a abrazar con un poco de cariño y un poco de violencia. Me quedo con mucho, como muchos otros, con los que compartí las interminables colas y butacas que por más de dos semanas aprendí a soportar; eso por no hablar de las primeras lluvias del año, que enmarcaron la intensidad emotiva de esas jornadas, motivo suficiente para volver a asistir al festival una y otra vez, esperando sentir el agua.

– Benjamín Eliezer

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