Bastante paraíso XXV – Los gremios y yo

Una reforma en mitad de libros, conexiones radiofónicas y polacos borrachos.
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Una vez con las llaves de la casa nueva en la mano fuimos hasta allí y la miré un poco con otros ojos: esos arcos van a ir fuera, dijo mi novio resuelto. Había pasado sus desvelos nocturnos diseñando y rediseñando, dándole vueltas a la distribución de la planta de abajo. Me parece que es más fácil tirar que levantar, que lo es, lo que no quiere decir que no sea trabajoso. ¿Vamos a hacer mucho? Quitar el estucado y el suelo, decía mi novio, y yo pensaba que eso era nada. Bueno, y apañar el baño de abajo. No sabía lo que implica quitar el estucado. La parte de lijar, lucir, lijar, lucir, lijar, pintar, pintar.

Con respecto al suelo, mi completa ignorancia del asunto me hizo creer que sería algo así como desplegar una alfombra grande. Mientras mi novio y familiares suyos y míos que nos echaban manos y brazos se ocupaban de todo eso, cuando no estaba llevando o trayendo niños, yo me encargaba de lo poco que sabía hacer: meter los escombros en sacos, mover esos sacos de escombros. Cuando nos quedamos solos mi novio y yo, mi inutilidad se reveló en su esplendor: dada mi inexperiencia, solo podía ser machaca, hacer el trabajo grueso para el que solo se requiere fuerza bruta (más bruta que fuerza), pero como tampoco tengo mucha fuerza, lo hacía todo más despacio, en más viajes. La machaca mal. Mi obediencia es una virtud: acato órdenes sin rechistar. Aprendí a lijar y observé cómo se preparaban diferentes masas de diferentes cementos y memoricé las proporciones de agua y polvo para echar el autonivelante.

Entre esos trabajos, con el pelo lleno de polvo, me terminaba los libros de los que tenía que escribir, abría el ordenador en una esquina del suelo del salón y cuando llegaba a la extensión pactada, salía hasta la esquina de la calle: si no lograba tener la suficiente cobertura desde el teléfono, me enganchaba al wifi del bar para mandar la pieza. Ya escribió Orwell que “la crítica quedará lista con la extensión exacta y unos tres minutos antes de la hora señalada” y cómo siempre se llega es un misterio, la verdad. Cómo logré mandar siempre todo a tiempo, no fallar ni un día en la radio y no dejar completamente tirados a mis compañeros de esta revista en los cierres no lo sé. Cómo logramos tener la casa habitable para hacer la mudanza el uno de mayo, tampoco. 

Nuestra hija pequeña pregunta cuánto queda para acabar la casa. Las ventanas ya casi están, la encimera de la cocina hay que lijarla, luego las puertas, los armarios… El suelo… en fin, nuestro experimento no salió del todo bien…

Hay más obras y más grandes en la misma calle. Están los polacos que hacen la reforma de la casa de enfrente y viven allí mientras trabajan. Están los albañiles de dos casas más allá de la mía. A esos les tuve que pedir que de lunes a miércoles retrasaran media hora su descanso para el almuerzo para que coincidiera con mi conexión radiofónica. A cambio, les di unas relucientes camisetas rojas con el logo de Radio 3. Uno de los albañiles me trajo un ejemplar de una de las novelas de su mujer, escritora de novela romántica histórica. 

Con los albañiles de enfrente la comunicación es compleja y casi siempre hay alcohol de por medio. Les pedimos un abrebotellas una tarde. Otro día en que se vieron con algo de dinero en el bolsillo, nos pidieron que los lleváramos al pueblo a por alcohol. Tres packs de 24 latas de cerveza y tres botellas de vodka. Conducía yo. 

Es mucho alcohol…

Mi trabajo es estresante… Cuando bebes no piensas en los problemas.

Ya… pero después los problemas siguen estando… 

Así es la vida polaca.

Mi novio también les llevó al supermercado otra tarde: cervezas y vodka, siempre lo mismo. Alguna noche han venido a pedirnos alcohol: no les gusta el whisky, pero supongo que es mejor que el agua. ¡Así es la vida polaca!


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