De la ficción y la realidad

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Hace algunos años Carl Djerassi, inventor de la píldora anticonceptiva y mecenas del arte, me invitó al estreno en San Francisco de su obra de teatro Oxígeno. Era una excelente ocasión para hablar con uno de los protagonistas de una forma de novelar que surgió en la década de 1990, una especie de costumbrismo cientificista, para llamarlo de alguna manera. Lo primero que saltó durante la conversación fue el hecho de que algo había pasado en el mundo en el momento en que Galileo decidió escribir sus Diálogos de la forma en que lo hizo y no de otra. Desde entonces el acercamiento del objeto científico y el motivo literario ha ido creciendo conforme científicos y escritores ensayan el tema. Wordsworth destejió el arco iris y escribió vigorosa poesía sobre ello. Voltaire hizo surcar a su Micromegas por los planetas errantes. La lista completa es conocida; aquí apunto una: Mandelstam, Bulgákov, Rousell, Hearn, Hawthorne, Le Clezio, Bioy Casares, Borges, Carroll, Kadaré y Pavic. Desde hace algunos años Djerassi había estado explorando las relaciones y sentimientos íntimos de personajes cuyas vidas suceden en laboratorios de investigación científica y alrededor de congresos a los que asisten personajes célebres de ese mundo intelectual, de esa autocracia que se encuentra jerarquizada y donde reina la habilidad de resolver los enigmas que plantea la realidad. ¿Y qué es ésta sino una escenografía puesta en el tiempo? La naturaleza y el universo, los dos factores primordiales de la realidad, están entretejidos porque las cosas suceden y son nombradas. Quizá lo mejor de esta novelística, donde o bien los científicos son los personajes principales o sus ideas guían la trama, sea el haber aprendido a evitar los riesgos de las metáforas, tanto en la indagación científica como en la vida literaria. La nueva propuesta consiste en llevar a cabo una relectura del acontecer humano a la luz de los descubrimientos científicos y el surgimiento de las ideas que conmovieron al mundo, como el darwinismo y la mecánica cuántica, por citar dos casos conocidos.
     Este pudor por evitar la intención artificiosa, muy alejado de querer imponer un tema en la corriente principal de la literatura de nuestros días, permanece latente en la novela de García Olmedo. Notas a Fritz no sólo es el recuerdo de una amistad, sino el relato de los enconados intentos por construir realidades y ficciones (a través de la instauración y caída de la república de Weimar, el escándalo de Watergate, o bien de fechas precisas, como julio de 1936, en Madrid). Por eso no resulta exagerado que el narrador, Francisco Guillén, compare a los átomos con los seres humanos, pues ambos no sólo esconden determinantes geométricos, sino que también están sujetos a oscuras fuerzas de atracción y repulsión.
     Algo similar ocurre en el viaje fantástico al que nos invita Bonet Sugrañes en Viaje a Saturno. Buena parte del relato transcurre en ese estado de duermevela donde la realidad se funde con los destellos oníricos y saltan, de una manera incluso cándida, las pasiones escondidas, los gustos secretos y los guiños privados. Pero como el trasfondo es humano, nos toca y nos hace sentir curiosidad por lo frívolo (como el incidente con la National Gallery de Londres sobre el cuadro de Felipe iv, del cual el legendario químico Leopold Ruzicka era propietario) y por lo arcano (cuando nos habla de los orígenes y el desarrollo de la alquimia). Es claro que entre las preocupaciones de estos autores, en su afán de medir paso a paso el pulso de la realidad circundante, se deja ver el reconocimiento, humilde, de que en el mundo existe el dolor.
     La habilidad y la empatía para contar y escuchar historias es algo que el lector debería descubrir por sí mismo en cada libro. O no, pues acumular y depender de una fuerte dosis de elementos relativos a la ciencia para que el lector caiga en nuestras redes puede resultar una dura carga. Los autores que han sentido la necesidad de someter a juicio su propio sentido de la fantasía y la ficción, buena parte de ésta científica, no siempre apostaron por la economía de las palabras; más bien dedicaron sus habilidades a manejar la fuerza de la historia, lo cual tiene que ver con el buen discurrir frente a un lector, quien siempre podrá abandonarnos si encuentra que estamos tratando de opacar su inteligencia.
     Sin ser escritores de profesión (García Olmedo es un reconocido biólogo molecular, al igual que el distinguido químico Bonet Sugrañes, alumno del Nobel Oskar Jeger), ambos se lanzan en una sincera y apasionante carrera por comprender la realidad. Una carrera a veces mesurada en el caso de García Olmedo, que da inicio en Madrid, sigue por Zurich y se detiene en Berlín, sólo para encariñarnos con y abominar de la ciudad, y salir hacia una Norteamérica enfangada en el sureste asiático. Desvelar los misterios de la respiración, ese parecía ser el sueño del personaje de García Olmedo. Descubrir las reglas del apetito, encontrar los elementos para construir una apología de la glucosa, no son más que intentos por hacer de la literatura nuestro hogar.
     Por su parte, el libro de Juan Julio Bonet es la travesía de un químico en busca de sus orígenes. Enamorado de las aventuras del profesor Tolkien, Bonet utiliza al alquimista Gandalf para rastrear en ese pasado, que se remonta a los albores de la civilización, una historia original, un relato por momentos enigmático y en ocasiones erudito. También se detiene en Zurich, la ciudad elegante y poderosa. Y luego continúa en peregrinaje por sitios en los que nadie sospecharía que se encuentra el verdadero tesoro de la humanidad, esto es, los documentos y el aparataje de una genealogía ilustre de químicos que han revolucionado la vida de la humanidad con sus moléculas fantásticas en campos vitales como la alimentación, la salud y la industria.
     Tanto la novela de García Olmedo como el viaje fantástico de Bonet Sugrañes son dos muestras de la robustez de las letras españolas. Si tuviera que definir en pocas palabras estos relatos, diría, junto con el mismo García Olmedo, que son “como el oscuro caballo bocifuego que cuenta los pasos, salta y se equilibra, mientras inicia el siguiente salto y no sabe quién le monta ni a qué destino aspira. Así, espuela en el ijar, fusta en la grupa, palma en el cuello, se deshace el tiempo de mi azorada vida”. –