Estados límite de la conciencia

Esfuerzos como el del Human Brain Project buscan aproximarse a la neurociencia desde las perspectivas más diversas posibles.
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Camino rumbo al Instituto Cajal de Madrid pensando en la manera espectacular en la que ha cambiado el panorama de las neurociencias en pocas décadas. Por ejemplo, ¿cómo deben interpretarse las alucinaciones lúcidas? Para el neurocientífico Oliver Sacks, por experiencia propia este tipo de condicionantes extremas sobre la conciencia no se interpretan, pues no son sueños. Así que la pregunta de fondo sigue siendo la misma: ¿Cómo es que la maquinaria cerebral provoca el teatro de la mente? ¿Por qué, en palabras de John Milton, poseemos un yo, “un lugar en sí mismo”, en el que un cielo puede volverse un infierno y viceversa?

El córtex inferotemporal, donde según Sacks se alojan las imágenes visuales imaginarias, aloja fragmentos de nuestra fantasía pasajera, millones de ficciones codificadas en determinados grupos neuronales que desempeñan un papel clave en la conformación del yo y nuestro comportamiento dentro del mundo real. Vemos con los ojos y, al mismo tiempo, con el cerebro.

Es poco probable que hoy en día alguien dude de que todos los organismos poseemos alguna clase de conciencia. ¿Podemos decir entonces que una amiba contrae sus seudópodos ante la presencia cercana de una gota de un cloruro fuerte (sodio o potasio) porque se siente amenazada? ¿Una lombriz de tierra manifiesta fototropismo y huye de la luz intensa para buscar la sombra debido a un sentimiento de supervivencia? ¿Los tiburones que reposan sobre el suelo de una caverna por la que circula una corriente, cosa que les permite respirar sin moverse, lo hacen por placer? Y para nosotros, los humanos, delineados por nuestras complejidades y simplezas, ¿representa alguna ventaja evolutiva?

Según me dice Javier de Felipe, uno de los principales investigadores involucrados por parte de España en el Human Brain Project (auspiciado por la Unión Europea), mucho habrá de aclararse cuando se conozcan de manera más profunda las habilidades mentales que distinguen a cada especie desde diversos frentes: biofísico, computacional, químico, fisiológico, evolutivo. La referencia, desde luego, es el sistema nervioso. Antes se pensaba que al conocer el cerebro de una jirafa, un macaco y una rata, por ejemplo, deduciríamos la naturaleza del nuestro. Hoy sabemos que no es así, pues la disposición en cuatro dimensiones del sistema que rige nuestras acciones y deseos mentales es única, aunque no se conoce cómo operan muchas de esas ramificaciones. Puede sonar tautológico, pero la jirafa tiene cerebro de jirafa porque es una jirafa, afirma de Felipe. Me recuerda lo que decía Arturo Rosenblueth: “el mejor modelo de un gato es otro gato, de preferencia el mismo gato”. No debemos extrapolar ni condensar, simplemente construir relatos que se sostengan.

La neurociencia es distinta en naturaleza a la física y la química. Mientras que en éstas existen leyes universales, aquella solo cuenta con un cúmulo de experiencias que, en el mejor de los casos, llegan a alcanzar el estatus de postulados, digamos la teoría neuronal, pero nunca constituyen un sistema como el newtoniano. Por ello no hay lugar más que para reconsiderarla bajo una lógica difusa.

El Human Brain Project conjuga diversas perspectivas, desde la química de seres biológicos hasta la simulación computarizada de entes cibernéticos y su coevolución con generaciones humanas en un futuro lejano. Y lo hace tratando de “montarse” en el tiempo real, en el acontecer cotidiano de los cerebros, tanto el que padece Parkinson, senilidad mental, parálisis por un accidente o autismo, como en el que luce normal y enfrenta la tensión cotidiana al negociar una crisis política, componer música, cargar un bulto o establecer relaciones sentimentales con un artefacto binario.

Y es que no hay progreso humano que no se apoye en conocimiento y datos generados por el razonamiento más eficaz, esto es, una mezcla intuitiva de lógica formal y pensamiento difuso. Cuando pensamos en términos de la lógica clásica, inventamos microscopios y fármacos, electrodos y métodos de introspección, por ejemplo. Pero cuando pensamos en términos difusos, aparecen la agricultura y sus instrumentos de arado. El concepto clave para el cálculo o razonamiento formal es la afirmación verdadera; en el razonamiento difuso o informal la clave es la racionalidad. Admitimos una conclusión que podemos justificar con base en el conocimiento disponible, no en una hipótesis impecable en sus propios términos lógicos pero inverosímil. Ambos “canales” se han cruzado y hoy en día la agricultura goza de las reglas de la ciencia formal para seleccionar semillas, afinar cultivos y proteger tierras fértiles, mientras que el pensamiento clásico se ha nutrido de una perspectiva difusa, en este caso, con objeto de enfrentar el reto de obtener un mapa funcional más preciso del cerebro humano.

Así las cosas, Javier de Felipe ha emprendido el estudio detallado de la corteza cerebral. Su trabajo (realizar cortes finos para determinar qué función desempeñan cada una de esas láminas nanométricas) está en la mesa, como el de los demás coparticipantes, y se espera que, en un plazo razonable, semejante microanatomía ayude a replantear las enfermedades neurodegenerativas y, en general, la distribución funcional de los procesos mentales.

Estados que se hallan en el límite de nuestro acontecer consciente podrían ofrecer claves para entender mejor las conexiones de la máquina cerebral y tales procesos. En efecto, si bien nacer, soñar y morir son experiencias personales, peculiares, únicas e irrepetibles, en ningunas de ellas parece que nuestra propia conciencia sea protagonista. Por el contrario, resulta un espectador más.

Sabemos que al nacer nuestro sistema nervioso no está totalmente formado y, por ende, no somos capaces de recordar casi nada, pero nuevas técnicas no invasivas pueden ayudar a dilucidar cómo se establecen las rutas de la memoria y los sentimientos en neonatos. Soñar es una actividad que aparece cuando dormimos, y dormir ocupa un tercio de nuestra vida. Aunque pasamos más horas despiertos, en ese lapso realizamos una infinidad de cosas. En cambio cuando dormimos solo hacemos eso, dormir, por lo que su estudio es primordial.

Y si la muerte, transición que permite a la conciencia disiparse, no deja lugar a especulaciones, sin embargo los trastornos del sueño, las alucinaciones por influencia de fármacos o por un defecto visual, las visiones de los monjes budistas, los testimonios de quienes han estado cerca de morir y de aquellos invidentes o débiles visuales que, en estado consciente, afirman ver personas u objetos, todo ello representa un acervo poco ortodoxo pero con un valor desconocido si se cruza con el Human Brain Project.