Imagen: Wikimedia Commons

Sondas y telescopios: Cazadores de asteroides

La agencia espacial japonesa anunció que recientemente su sonda Hayabusa 2 logró colocar dos pequeños artefactos exploradores en un asteroide. Eso nos permite recordar la historia reciente de estos proyectos.
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El viernes 21 de septiembre la agencia espacial japonesa, JAXA, anunció que su sonda espacial Hayabusa 2  se acercó a 55 metros de la superficie de un asteroide en forma de diamante, llamado Ruygu, y dejó caer sobre ella dos pequeños artefactos con objeto de iniciar su exploración. Luego de un viaje de tres años y medio la hazaña se hizo realidad. Una vez liberados los exploradores, Hayabusa 2 se alejó de nuevo a 20 kilómetros de distancia.

Si bien ya en febrero de 2001 la NASA había conseguido colocar la sonda NEAR en el asteroide Shoemaker, esta es la primera vez que se ha conseguido posar dos exploradores robotizados sobre la superficie de un cuerpo celeste. Los pequeños exploradores hexagonales se moverán dando saltos de 15 centímetros para ser jalados nuevamente por la débil gravedad de Ryugu, el cual gira sobre su eje cada 7 horas y media. Son capaces de medir temperatura y tomar fotografías casi en forma indefinida, pues cuentan con paneles solares recargables. El 3 de octubre Hayabusa 2 dejará caer el explorador MASCOT, construido por las agencias espaciales alemana y francesa, el cual va equipado con instrumentos capaces de medir, además de la temperatura local, su composición química y propiedades magnéticas. Pero su vida será efímera, apenas dos días ryugunanos, es decir, 15 horas terrestres. A fines de ese mes la sonda descenderá, hará detonar una carga explosiva a fin de crear un cráter, recogerá muestras de rocas y del suelo ryugunano, lo abandonará en diciembre de 2019 con ese material valioso y retornará a la Tierra en 2020.

Este logro de la agencia espacial japonesa nos permite recordar otros viajes, igualmente épicos y con resultados emocionantes. La nave Cassini viajó desde 1997 hasta la navidad de 2004 rumbo a Titán, una de las 56 lunas de Saturno. Una vez ahí, liberó la sonda Huygens a fin de que descendiera sobre su superficie. Lo que nos mostró resultó inesperado. Piedras redondeadas adornan el paisaje rojizo. Son lisas, de manera que parecen haber sido erosionadas por contacto con agua o algún líquido en movimiento, como vemos en los lechos de los ríos de la Tierra. Ahora sabemos que se trata de gas metano en forma líquida. Fotografías enviadas por Huygens en junio de 2005 y en julio de 2006 de los polos demuestran que también existen lagos de gas metano congelado, sólido, en esa zonas de Titán, los cuales se hallan a –180 oC. Allá el metano cumple la misma función que el agua en la Tierra, así que, en lugar de un ciclo hidrológico, se produce un ciclo metanológico. Existen océanos, lagos y ríos de metano líquido que se evapora, forma nubes y genera lluvias extravagantes, pues la gravedad es tan débil y la atmósfera tan densa, que las gotas de metano son gordas y pesadas pero caen sin prisa, erráticas como plumas de ave. La atmósfera de Titán es una versión de la nuestra hace unos 4 mil millones de años.

Otro explorador de grandes dimensiones es el Chandra. Dedicado a mirar a través de rayos X, muy difíciles de detectar por los observatorios terrestres, fue puesto en órbita en 1999. Debe su nombre al ilustre astrofísico indio, Subrahmanyan Chandrasekhar, quien ayudó a entender, entre otros temas, la evolución de las estrellas. Este telescopio ha aportado nuevas evidencias que sugieren la existencia de muchos hoyos negros “pequeños” alrededor de una docena de hoyos supermasivos en el centro de la Vía Láctea.

Una misión conjunta entre las agencias espaciales europea (ESA) y norteamericana (NASA) puso en el espacio, en 1995, el observatorio solar SOHO (SOlar and Heliospheric Observatory). Como su nombre lo indica, está dedicado a mirar el Sol. Gracias a esta ventana conocemos mejor el campo magnético de nuestra estrella, así como los cambios en su superficie. La misma agencia ESA lanzó al espacio dos telescopios, llamados Herschell y Planck. En particular este último nos ha proporcionado las mejores imágenes de la radiación de fondo de microondas, lo cual permite a los astrofísicos entender mejor los orígenes del Universo. Esta radiación de fondo fue descubierta en 1998 por el telescopio COBE. Al terminar su vida útil, fue sustituido en 2001 por WMAP (Wilkinson Microwave Anisotropy Probe).

El telescopio Spitzer, lanzado en 2003, mide 85 cm, suficiente para mirar en el infrarrojo objetos muy lejanos con longitudes de onda de entre 3 y 180 micras. No capta luz sino calor, de manera que ha revelado detalles impresionantes de tales cuerpos galácticos. A diferencia de otros similares (los cuales forman parte del programa Grandes Observatorios de la NASA), se distingue porque su órbita no es geocéntrica, sino heliocéntrica, es decir, sigue la trayectoria de la Tierra mientras gira alrededor del Sol. Son cuatro los observatorios que ha instalado la NASA en el espacio cercano a fin de mirar en cuatro zonas distintas del espectro electromagnético. Además del Spitzer, tenemos el Hubble, que mira la luz visible; el Observatorio Compton, que ve rayos gamma; y el Chandra, telescopio, como dijimos, dedicado a observar mediante rayos X.

Un observatorio consagrado a observar las explosiones de rayos gamma, SWIFT, también está equipado para captar rayos X, ultravioleta y luz visible. Fue puesto en órbita en 2004 con el propósito de determinar el origen de semejantes descargas de rayos gamma, indagar si existen otros que no se han registrado y estudiar el Universo primitivo. Este observatorio ha sido capaz de detectar un objeto a 13 mil millones de años luz, el más antiguo que se conoce a la fecha. INTEGRAL (INTErnational Gamma-Ray Astrophysics Laboratory) también es un telescopio dedicado a observar rayos gamma, rayos X y luz visible. Fue desarrollado por ESA, NASA y la Agencia Espacial de la Federación Rusa. Lanzado al espacio en 2002, su objetivo es estudiar la composición química interna de las estrellas, así como permitir el análisis de estrellas de neutrones y de hoyos negros gigantes.

En 2008 la NASA puso en órbita el telescopio Fermi de Rayos Gamma, el cual ha arrojado indicios sobre la formación de hoyos negros supermasivos en el centro de las galaxias y ha permitido descubrir más de 50 nuevos púlsares. Un año después se lanzó el telescopio Kepler, programado para describir una órbita elíptica alrededor del Sol durante tres años y medio. Si bien presentó fallas, pudo enviar datos a la Tierra. Se espera que, una vez reparado, permita echar un ojo a planetas similares al nuestro fuera del sistema solar. Por lo que pudo atisbar, detectó la primera luna en un sistema solar que no es el nuestro. Se trata de un gigantesco satélite, del tamaño y masa de Neptuno, que orbita un planeta similar en tamaño a Júpiter pero con una masa diez veces superior.

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