Club de Cuervos: una agradable sorpresa

En un mundo ideal, Club de cuervos serviría para que los ejecutivos de las televisoras nacionales se pusieran nerviosos: no solo por su calidad sino porque nos permite pensar en otra televisión mexicana.
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Hace dos años, Gaz —o Gary— Alazraki dirigió y escribió Nosotros los Nobles, la película mexicana más taquillera de la historia. El título, retenido durante diez años por El crimen del padre Amaro se logró mediante una mezcla afortunada: un guion compacto, bien estructurado, inserto en la escuela hollywoodense de escritura pero imbuido con temas netamente mexicanos: los mirreyes como parásitos, el aprendizaje a través del trabajo duro y la convivencia entre clases. Vale retomar a Carlos Monsiváis, quien decía que el cine mexicano adaptaba de Hollywood "los estilos narrativos, los géneros, las técnicas, las maneras de encandilar a los públicos, los chantajes sentimentales, el suspense, el uso de la música que delata lo que viene y exalta los buenos sentimientos y los malos augurios", pero también que "la cinematografía nacional quiere fortalecerse por vías comerciales, y eso exige las concesiones al localismo". Nosotros los nobles es la muestra más exitosa de esa sincreción entre estilo hollywoodense y temas mexicanos.

El éxito de Nosotros los nobles llamó la atención de Netflix, que otorgó a Alazraki la producción de la primera serie original en español de su catálogo, inicialmente pensada como un spin-off de Nosotros los Nobles protagonizado por Luis Gerardo Méndez. El hecho resulta insólito, explicable solo en un contexto como el de Netflix, cuyos alcances geográficos son mayores que las de otras productoras estadounidenses —y también lo son sus ganas de innovar. Es probable que el éxito de taquilla en Estados Unidos de Cantinflas y, principalmente, No se aceptan devoluciones de Eugenio Derbez pavimentara el camino para Club de cuervos, pensada no solo para el público mexicano de Netflix sino para el público mexicano en Estados Unidos. Su método es, nuevamente, la sincreción de la que hablaba Carlos Monsiváis.

Es por eso que la serie se apoya en puntales temáticos atractivos para el público mexicano: está Luis Gerardo Méndez, algo así como el poster boy de esta generación de actores mexicanos; está de nuevo la sátira a los mirreyes, que llevaba años presente en internet y en la voz popular pero que no fue llevada al cine hasta que Alazraki lo hizo; está el futbol como eje de la trama. Su anécdota nuevamente se centra en una burla de la oligarquía nacional: un tema que cala hondo en un país con desigualdades tan lacerantes como el nuestro. Eso es, digamos, lo mexicano en Club de cuervos, eso es lo local. Pero también está la forma y el estilo, innegablemente hollywoodenses: es una serie que persigue un modelo narrativo más parecido a la sitcom gringa que a la telenovela mexicana. Pese a estar repleta de referentes mexicanos, Club de cuervos fue escrita por un equipo estadounidense, con Alazraki al mando: fuera de él, no hubo un guionista mexicano trabajando en la creación de la serie.

El resultado se traduce en una complejidad y una ambición muy inusuales en la televisión mexicana, a menudo lastrada por los estrechos parámetros de producción de las telenovelas que dominan la TV narrativa nacional. Fuera de las correspondientes excepciones, como Cuna de lobos, La hora marcada y, más recientemente, Crónica de castas, las series de televisión hechas en México tienden a plegarse a un modelo que ha permanecido sin cambios durante unos cincuenta años: mínimo presupuesto, máximo rendimiento. En un sistema de producción artística no es raro que se capten ingresos mediante productos convencionales y usar parte de las ganancias para producir obras más arriesgadas; es una práctica común en la industria editorial, musical o hollywoodense. La televisión mexicana no es así: en los últimos años, salvo algunas producciones de Canal Once y poquitas series (Los simuladores, Trece miedos), el modelo no buscó la renovación: no solo siguió contando las mismas historias de hace medio siglo, sino que las contó de forma idéntica.

Club de cuervos busca suplir esas carencias narrativas, temáticas y técnicas. No solo con su premisa (el personaje principal es Chava Iglesias, un riquillo inútil entre los inútiles que, tras la súbita muerte de su padre, hereda la propiedad y presidencia de los Cuervos de Nuevo Toledo, un equipo de futbol de media tabla de la Primera División), sino con un acercamiento multidimensional. La historia central gira alrededor de los dueños: Chava y su hermana Isabel (Mariana Treviño en un papel complejo, lleno de texturas y buen humor), una mujer inteligente y experimentada que se ve relegada de la presidencia por su género, pero también conocemos a su vicepresidente, Félix Domingo (Daniel Giménez Cacho, quizá el mejor actor del elenco), al director técnico de los Cuervos, a los jugadores —existe una subtrama que nos presenta la historia de Tony, un joven futbolista que tiene que sobornar a su director técnico a fin de debutar—, a la prensa —"Si te coges a la prensa, la prensa te coge", le dice Félix a Chava, quien busca seducir a una reportera de deportes que bien podría cubrir partidos para Televisa o TV Azteca—, a la afición (vemos siempre el mismo bar de Nuevo Toledo, en el que se transmiten los partidos de los Cuervos ante una afición fastidiada de las promesas) y hasta a las barras de porristas: en un episodio el jefe de una barra se encuentra con Isabel para conseguirle apoyo para los siguientes partidos, una escena que remite a cosas como Boquita, de Martín Caparrós, donde se trata en extenso las relaciones entre porras y directivos.

Con todo, Club de cuervos no está exenta de defectos. Los hay bastante pedestres, como el hecho de que muestra jugadores profesionales de equipos de Primera División con una panza chelera que solo se le permitiría a Cuauhtémoc Blanco; pero los hay también técnicos —ese uso de pantallas verdes— y, tal vez de forma más notoria, de continuidad y concordancia: se sabe que los Cuervos tienen una porra que puede exigir sobornos a la directiva, pero el último partido de la temporada está más vacío que el Omnilife de las Chivas; Chava se nos presenta como un fiestero y cocainómano irredento, pero solo fiestea en un par de episodios; Isabel se encuentra con su presunta mejor amiga, pero apenas si la volvemos a ver durante el resto de la serie. Hay chistes fallidos —aunque qué serie de comedia no los tiene—, algunos tiempos muertos,  diálogos un tanto maniqueos. Pero también hay ambición: el octavo capítulo, por ejemplo, está narrado totalmente en forma de falso documental, a manera de un reportaje de Sopitas sobre Aitor Cardoné, el fichaje estrella de los Cuervos. El desplante formal recuerda a cosas como X-Cops, el doceavo episodio de la séptima temporada de The X-Files presentado en forma de episodio del programa Cops, que retrataba a policías reales, un rasgo que denota a cineastas inquietos, capaces de jugar con las posibilidades del formato. Es un despliegue de recursos que pocas series se atreven a ejecutar, refinado gracias a la presencia de un comentarista real como Luis García interpretándose a sí mismo.

En un mundo ideal, Club de cuervos serviría para que los ejecutivos de todas las televisoras nacionales se pusieran nerviosos: no solo por su calidad (debajo del promedio de las grandes series gringas o británicas pero rotundamente superior a la de la mayoría de la televisión nacional), sino porque su sola existencia permite pensar en otra televisión mexicana, una que puede hacer pequeños comentarios sociales a la vez que generar risas y triunfar de forma comercial; una televisión más ambiciosa, con valores de producción que no se conformen con la pachorra comodidad del duopolio y del espectador cautivo, vaya: una televisión mexicana que no parezca el enésimo refrito de la telenovela más exitosa de 1974. Con sus virtudes y defectos, Club de cuervos podría marcar el principio de ese muy necesario cambio de juego.

Nota: Se afirma en esta crítica que Nosotros los Nobles es la película mexicana más taquillera de la historia. La película a la que le corresponde ese título es No se aceptan devoluciones, de Eugenio Derbez, que la superó en 2013.


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