My mexican bretzel: con m de mentira

La opera prima de la española Nuria Giménez, que reconstruye la vida de un ama de casa del siglo pasado a partir de documentos rescatados, es una pieza fascinante de exploración sociocultural, femenina y feminista. Pero esta película también es otra cosa.
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My mexican bretzel (España, 2019), multipremiada opera prima de la cineasta española Nuria Giménez (ganadora del premio del público en D’A Film Festival Barcelona 2020, el Found Footage Award en Rotterdam 2020 y, hace unos días, del premio FIPRESCI en el Festival de Mannheim-Heidelberg 2020), inicia con una cita que prefigura la clave de todo este falso documental o ficción documentalizada: “La mentira es otra forma de contar la verdad”. El autor de este dicho es un tal Paravadin Kanvar Kharjappali que, nos enteraremos en su momento, es un oscuro gurú indio cuyas lúcidas enseñanzas se recogieron en un pequeño libro sin título, editado en 1919… ¿en México? A ver, por principio, ¿a quién demonios le podría haber interesado en nuestro país la supuesta sabiduría de un gurú indio hace exactamente un siglo, cuando todavía no se había asentado el polvo de la Revolución mexicana?

 

Esta es una de las muchas peculiaridades que presume este debut fílmico de Giménez, que obtuvo no solo el mencionado premio en Mannheim-Heildelberg –de cuyo jurado en línea y a distancia formé parte– sino, incluso, el premio principal del festival. La primera excentricidad, de hecho, es provocar en el espectador la ansiedad de que la película que ve está dañada. Me explico: al inicio, se nos advierte que lo que veremos a continuación está basado en el diario de una mujer llamada Vivian Barret. Así pues, empezamos a ver imágenes que provienen de las home-movies de su marido, el piloto aviador León Barret, mientras aparecen los subtítulos de la narración que provienen del diario íntimo. Pero he aquí que mientras las imágenes suceden una tras otra, no escuchamos nada: solo leemos el texto y, por un par de minutos, pensamos que algo está mal: ¡de seguro la copia del filme subida al sitio de Mannheim-Heidelberg está dañada y no funciona el sonido! Por supuesto, no es así: My mexican bretzel resulta ser un filme sin diálogos ni voces en off de ninguna especie, aunque cuenta con el minucioso e ingenioso trabajo de diseño sonoro de Jonathan Darch.

Las imágenes y los textos cuentan la historia de un matrimonio aparentemente feliz, a lo largo de varias décadas, entre los años cuarenta y sesenta del siglo pasado. Los Barret forman una pareja atractiva, rica y privilegiada: aunque económicamente no tienen un solo problema –su casa en Suiza es de lujo–, los vuelcos inesperados del destino empiezan a aparecer. León sufre un accidente, se daña su oído y tiene que dejar de pilotear, mientras que Vivian descubre que no puede tener hijos (“Soy estéril como la tierra árida”, escribe en su diario en un arranque melodramático). Mientras que León, siempre sonriente y optimista, descubre su talento para los negocios –encuentra la posibilidad de ganar mucho dinero produciendo una droga contra la depresión llamada “Lovedyn”– y se obsesiona con una cámara de cine recién adquirida, Vivian se pierde en su mutismo y una persistente melancolía. Para ella, lo que hace su marido, filmar cada cosa que se encuentra a su alrededor, es un autoengaño, una manera de escapar de la realidad, de construir una burbuja para esconderse. “Si filmas no tienes que vivir”, escribe con cierto sarcasmo.

Es evidente, por las notas del diario, que Vivian no es así. Ella no solo necesita mostrar su vida frente a la cámara siempre encendida de León, sino vivirla realmente. Así que no resulta una sorpresa cuando leemos en pantalla que, en cierta visita a Mallorca, Vivian se encuentra con Leo, un atractivo mexicano que se convierte en su amante de ocasión. Así, cuando León viaja a Nueva York para atender los negocios de Lovedyn, ella le dice que lo alcanzará en unos días, pero antes de cruzar el Atlántico, se detiene en Mallorca para visitar a Leo. Vivian no parece albergar muchos remordimientos, de hecho, escribe –¿cínicamente?– que es un alivio que su marido y su amante tenga nombres casi idénticos, pues si llegara a hablar dormida en la noche, León no tendría razón para sospechar algo.

Así, Giménez explora la psique de esta ama de casa no tan tradicional del siglo pasado, contrastando sus descarnadas reflexiones personales con las luminosas y alegres vistas cinematográficas que filma su marido. Solo por eso, el documental construido con base a documentos rescatados –el diario, las fotos, las home-movies– resulta ser una pieza fascinante de exploración sociocultural, femenina y feminista. Pero esta película también es otra cosa y, como lo señala la etiqueta de la crítica de cine contemporánea, si no quiere enterarse de qué va la sorpresa, bien podría dejar de leer ahora mismo este texto y, de pasada, no aventurarse a leer ninguna entrevista con Giménez, pues hay una vuelta de tuerca contenida en la cinta, de la cual apenas sospechamos al leer los créditos finales.

Y es que resulta que My mexican bretzel no es, a final de cuentas, la empática y cuidadosa construcción cinematográfica de la mirada de una mujer, sino su invención, pues todo lo que hemos visto y leído es una mentira. O, para volver a la cita inicial, es una verdad disfrazada de mentira. Sucede que los archivos caseros sí son de una verdadera pareja casada, Frank A. Lorang e Ilse G. Ringier, abuelos de la propia cineasta, pero lo demás –el diario de Vivian, el affaire amoroso, las enseñanzas del supuesto gurú indio– son elementos ficticios que la directora conjuró a partir de un puñado de ingredientes muy personales –después de todo, la pareja que vemos en pantalla sí son sus abuelos–, para narrar una fascinante historia en la que se entrecruzan reflexiones sobre la felicidad, el matrimonio y el sentido último de la vida. Y al hacerlo, de principio a fin, Giménez nos ha mentido todo el tiempo. Pero lo ha hecho diciéndonos la verdad.