Wim Wenders y la poesía del vagabundeo

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El impulso poético encarna en diferentes formas; se hace realidad en palabra, en imagen, en secuencias que seducen por su fotografía, sus silencios, sus diálogos. Wim Wenders ha sido un maestro en convertir su filmografía en arte y poesía. Películas como Las alas del deseo (1987), también conocida como Cielo sobre Berlín por su traducción literal del alemán, y su continuación ¡Tan lejos, tan cerca! (1993), protagonizadas respectivamente por los ángeles Damiel (Bruno Ganz) y Cassiel (Otto Sander) son exploraciones de las delicias y el drama de la condición humana, con situaciones tan sublimes como enamorarse de una hermosa trapecista y tan cotidianas como beber un café caliente por la mañana. Se trata de búsquedas intimistas, suspiros que retratan un Berlín en transición; desde la Columna de la Victoria, coronada con la estatua de la diosa alada Niké, desde la Puerta de Brandenburgo —testigo de una Alemania herida, invadida poco a poco por la americanización—, Damiel y Cassiel contemplan las contradicciones del ser humano que pronto, tras renunciar a su naturaleza etérea, se infiltrarán en su disfraz terrenal.

Alabadas por la crítica y el público, Las alas del deseo, y en menor medida ¡Tan lejos, tan cerca! son dos hitos en la trayectoria de Wenders, pero no incurren por ello en una fórmula que, escondida bajo las faldas del “estilo”, se repita en su quehacer cinematográfico, ya que si algo define a este director es su mirada inquisitiva, su búsqueda constante, su renovación. La filmografía de Wenders es, en cierta manera, como el colosal edificio de The Million Dollar Hotel (2000) —una de sus obras más criticadas que, además de consagrar la mancuerna Wenders-Bono, narra el microuniverso de un grupo de inadaptados entre los que se encuentran la inerme Eloise (Milla Jovovich) y el tonto enamoradizo de Tom Tom (Jeremy Davies)—: cada película una habitación con una manufactura diferente y cada piso un género cinematográfico por el cual Wenders —nómada infatigable— deambula con libertad. Del documental a la ciencia ficción, del road movie a la exploración existencial, Wenders reúne un muestrario de introspecciones que ahondan en temas como el deseo, la espera, la identidad y la transformación durante el viaje.

Merodear —por las calles, por las ciudades, por los recovecos del espíritu y la melancolía—es un subtexto que atraviesa la obra cinematográfica de Wenders; elemento presente desde la lejana trilogía de Alicia en las ciudades (1974), Falso movimiento (1975) y En el curso del tiempo (1976) hasta en la célebre París, Texas (1984), ganadora de la Palma de Oro en Cannes, y la controversial Hasta el fin del mundo (1991), una odisea futurista y planetaria que deja entrever otra certeza wendersiana, claramente abordada en El final de la violencia (1997): el futuro entendido como la dificultad de perderse ante el ojo omnipresente de la tecnología.

Wenders también adhiere el territorio y el paisaje al celuloide con delicadeza y poderío. En París, Texas, un hombre (Harry Dean Stanton) atraviesa el desierto sin recodar, aparentemente, lo sucedido. Sediento, se acerca a un bar-saloon deshabitado donde cae inconsciente para luego despertar e iniciar uno de los road trips más entrañables del cine, que finalmente lo conducirán a reencontrarse con su esposa Jane —interpretada por la musa Nastassja Kinski— y su hijo Hunter (Hunter Carson). Con secuencias silenciosas que dejan entrever la fragilidad de los personajes, a cargo del fotógrafo Robby Müller y de los finos acordes de guitarra de Ry Cooder —dos hombres claves en la filmografía de Wenders— Paris, Texas retrata el espíritu huidizo del sueño americano y la naturaleza agrietada de las relaciones humanas.

Por otro lado, con El estado de las cosas (1982) y en especial con Historia de Lisboa (1994), Wenders atrapa al fantasma de Fernando Pessoa, así como la nostalgia y el romanticismo de las tierras portuguesas que contrastan frente a una Europa cambiante. Ambas películas son reflexiones sobre el quehacer cinematográfico y el poder estético del séptimo arte; obras donde la cámara se convierte en pretexto, en un tema en sí mismo para discurrir sobre la frialdad del mundo moderno y la mercantilización de la imagen. En El Estado de las Cosas —obra de gran influencia autobiográfica que plasma, en cierto modo, su discrepancia con Francis Ford Coppola— un equipo de filmación se queda varado sin presupuesto en Portugal, mientras su director, apodado Fritz (Patrick Bauchau), se ve obligado a viajar a Estados Unidos en busca del productor responsable.

La búsqueda, y el viaje como metáfora de transformación y redescubrimiento continúan con Historia de Lisboa: el sonidista Phillip Winter recibe una nota misteriosa de su amigo, el director Friedrich Monroe (también apodado Fritz), pidiéndole ayuda. El misterio pronto se convierte en una recreación de sonidos, en una recuperación de la memoria perdida, en un cálido abrazo que se desprende del antiguo barrio de Alfama y de los cánticos —quebradizos, siempre a punto de ebullición— de Teresa Salgueiro, la cantante de Madredeus.

Desde su documental titulado Relámpago sobre el agua (1980) —que cuenta los últimos días del director de Rebeldes sin causa, Nicholas Rays— o con Habitación 666 (1982) —donde interactúan cineastas tan opuestos como Jean-Luc Godard y Steven Spielberg—, Wim Wenders ha cultivado este género con asombrosa sensibilidad, logrando con Buena Vista Social Club (1998) lo que pocos documentalistas consiguen: no sólo captar un ángulo de la realidad, sino también transformarla, ya que sin duda esta película —auspiciada por el guitarrista Ry Cooder, quien “redescubre” al Buena Vista Social Club— fue determinante para rescatar del olvido al grupo de músicos cubanos —Compay Segundo, Ibrahim Ferrer, Joachim Cooder y Eliades Ochoa— que en los años cuarenta y cincuenta conquistaron los salones de baile.

La música que engendra nuevos proyectos, como en el caso de Ry Cooder y Bono; las historias fragmentadas con silencios que potencializan la profundidad de los personajes; el ritmo cadencioso, la fotografía minuciosa a cargo de artistas de la imagen como Henri Alekan; la colaboración con los escritores Peter Handke o Sam Shepard y, por supuesto, el sello característico del poeta del vagabundeo, son los atributos de la filmografía de Wim Wenders, uno de los directores más consolidados de finales del siglo XX, cuyos trabajos serán proyectados durante el mes de julio en una retrospectiva organizada por el Centro Cultural Tlatelolco, y que incluye algunas de sus grandes obras, como El amigo americano, Cielo sobre Berlín, ¡Tan lejos, tan cerca!, Historia de Lisboa, así como películas con poca difusión en México como Notas sobre ciudades y ropa (1989), Tokyo-GA (1985) y dos de sus últimas producciones: Llamando a las puertas del cielo (2005) y Tomas de Palermo (2008).

—Eunice Hernández