¿Cómo triunfar en Rusia 2018?

Después de un periodo de duelo, la receta (casi) infalible para ganar en el próximo Mundial. 
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Después de la euforia por los triunfos, la ilusión de tantos y hasta el intenso desánimo tras la derrota, propongo una pregunta. Si tanto bien nos hizo la selección de Miguel Herrera (y tanto dolió su eliminación), ¿qué debe hacer la federación mexicana para darle a los aficionados una alegría mucho mayor en el mundial del 2018?

El debate de las deficiencias del futbol mexicano no es nuevo. La torpeza de los federativos es legendaria. Las tropelías de la FMF han obstaculizado el desarrollo de una estructura futbolística de primer mundo. A eso hay que sumarle la presencia de esas figuras oscuras y tóxicas que son los promotores, auténticos titiriteros para los que el único afán es el lucro a costa de lo que sea, empezando por la gloria deportiva. Sí: el futbol es un negocio sucio. Eso, y mucho más, es verdad y sería deseable cambiarlo si queremos trascender.

Pero como lograrlo no es fácil y uno tiene que aprender a escoger las batallas que puede ganar, quiero proponer una ruta práctica. ¿Cómo tener un mejor mundial dentro de cuatro años?

Lo primero que se necesita es garantizar un cuatrienio de excelencia sostenida. Si alguna lección deja esta Copa del Mundo es la importancia de ser uno de los ocho cabezas de grupo. Con la única excepción de España, todos los equipos sembrados salieron de la etapa de grupos y han tenido un gran mundial en las fases subsecuentes. ¿A qué se debe? Bueno, por supuesto a la calidad de dichos equipos, pero también a lo favorable de varios de los grupos en los que resultaron sembrados. ¿Habría salido Argentina tan bien librada de no ser cabeza de grupo? ¿Bélgica? ¿O hasta la sorpresiva Colombia? Probablemente no. Encabezar un grupo aumenta las posibilidades de éxito. Por eso, México debe ponerse como primerísima meta encabezar un grupo en el sorteo de Rusia 2018. Para eso necesitamos estar entre los ocho primeros de la clasificación de FIFA. Eso se logra manteniendo la excelencia: retomando el liderazgo en nuestra zona, ganando la Copa de Oro y jugando (bien) la Confederaciones; destacando en Copa América y consiguiendo amistosos que signifiquen un reto. La clasificación de FIFA se calcula con base en una fórmula que recompensa el triunfo, el escenario y la calidad de los rivales. No hay mucha ciencia. México probablemente terminará el Mundial alrededor del sitio 16 de FIFA. Tenemos tres años para trepar ocho escalones.

Ese es el objetivo. ¿Qué debe hacer el futbol mexicano para alcanzarlo? Primero tendrá que comprometerse con un técnico. Pero más importante aún, tendrá que convencerse de su identidad. El de México es un futbol de esfuerzo atlético, picardía en el toque, calidad técnica para la asociación constante, posesión de pelota, vocación mayormente ofensiva, intensidad. Eso lo sabía Menotti y lo supo, ahora, Miguel Herrera (y lo olvidó, dolorosamente, José Manuel de la Torre). México debe comprometerse ya con su identidad. Y para consolidar una identidad hace falta tener fe en un proyecto que la defienda. Por eso, salvo en caso de extrema emergencia, el técnico y su equipo deben cumplir su ciclo. Sin pretextos.

Con eso, el siguiente paso será cambiar el uso y abuso de la selección. El Tuca Ferreti tiene razón cuando se enfurece ante los partidos “moleros”; esos amistosos de pacotilla en Estados Unidos que sólo sirven para hacer dinero pero no suman al crecimiento deportivo. Esto no quiere decir que la selección deje de lado su potencial mercadotécnico. Al contrario. México debe aprovechar su atractivo para jugar, sí, en Estados Unidos pero también en varias partes del mundo. Nadie crece en la comodidad y México no lo hará si insiste en siempre jugar de local. En Estados Unidos juega de local. En Brasil, increíblemente, también. Pero en Rusia no será así. Los jugadores deben aprender a respirar otros aires, a correr en canchas con otra densidad. México debe ir a Europa a jugar amistosos, y debe hacerlo contra potencias. Debe dejar el apapacho y obligarse a la contrariedad y a la desventaja. Ambas derivan, siempre, en la excelencia.

Si hacemos esto, iremos por buen camino hacia Rusia. Por algo se empieza. Yo, por lo pronto, quiero festejar como Dios manda dentro de cuatro años.

(Publicado previamente en el periódico El Universal)