Me preocupa que los espacios culturales estén perdiendo su valor como lugares seguros para la discrepancia. Tal vez de forma ingenua, cuando comencé a asistir a asambleas universitarias, talleres de escritura, encuentros literarios… estaba convencido de que parte de la importancia de esos escenarios radicaba en la capacidad de quienes los configurábamos para escuchar incluso a quien podíamos considerar un adversario ideológico, dándole margen para que lograse persuadirnos si sus argumentos lo merecían. Escuchar a mis contrarios no me ha hecho nunca abandonar mi convencimiento progresista, pero sí me ayudó a comprender que un conservador no es, por defecto, alguien malvado o ignorante. Diría que, además, reforzó una parte de las convicciones políticas y literarias en las que me reconozco, porque atender a quien intentaba desarmarlas me obligó a desarrollar mis propias razones.
Sin embargo, en los últimos años estamos asistiendo a lo que parece un voluntario estrechamiento de los márgenes de esos espacios de la intelectualidad. Escritores, cineastas, pintores, músicos, periodistas, docentes… parecen verse contagiados por las actitudes intransigentes que rigen ámbitos tradicionalmente menos reflexivos. El verano pasado, leía en The Guardian que algunos escritores por cuya obra siento interés, como Zadie Smith o Irvine Welsh, reclamaban un boicot que incluía a sus colegas israelíes como respuesta a la desmedida agresión que el gobierno de Benjamín Netanyahu ordenó descargar contra la población civil palestina en respuesta a la matanza que Hamas perpetró en octubre de 2023. La semana en que escribo estas líneas hemos conocido que la organización del Festival Cultur-Alh de Granada retiró su invitación a la escritora judía argentina Ariana Harwicz tras recibir presiones por parte de un grupo de estudiantes propalestinos. Consideran que sus opiniones respecto al conflicto en Gaza la invalidaban como participante de ese foro. Después de que se le retirase la voz, llegó un comunicado en que otras autoras que tomarán parte en el encuentro justificaban la decisión y se adherían a ella –mezclando algunos argumentos que soy capaz de entender con atribuciones falsas, como que Harwicz “avala el exterminio”–. Lo encuentro desolador.
Y lo encuentro desolador aun cuando me afirmo más que contrario a los postulados belicistas y xenófobos del gobierno de Netanyahu, lo mismo que no acabo de compartir la mirada de Harwicz sobre lo que está sucediendo en Oriente Medio. Desolador porque estoy convencido de que si es posible frenar los mecanismos de la violencia o reconstruir puentes entre quienes los misiles han abierto una grieta –tanto más entre quienes observamos el conflicto desde una protectora distancia–, siempre será a través de la discusión honesta, razonada, abierta, incómoda. Y para que la conversación pueda ser de ese modo, se necesitan interlocutores que acudan al encuentro conscientes de la complejidad del mundo, asumiendo la posibilidad de la propia ignorancia… Cuando esto no se produce, el encuentro entre intelectuales es otra cosa y difícilmente brindará un retorno a la sociedad.
En el caso concreto de Harwicz, uno de los puntos sensibles para quienes la desean expulsada es que se niega a usar el término “genocidio” para describir la violencia que las fuerzas armadas israelíes ejercen contra los civiles palestinos. Se la da por equivocada o perversa o cómplice y, por tanto, censurable. Pero huelga recordar que los organismos jurídicos internacionales no han fallado todavía al respecto y que, hasta donde me alcanza el entendimiento, discutir la naturaleza específica de esa terrible agresión que los hechos no permiten negar o denunciar la instrumentalización del término “genocidio” no equivale al acto apologético (“avalar el exterminio”) que se le atribuye. Sin embargo, un tribunal popular ha dictado sentencia antes que los especialistas de la Corte Internacional de Justicia y la Corte Penal Internacional y rechaza que el asunto pueda ser discutido.
La depauperación de los ambientes intelectuales tiene que ver también con otra lógica que opera bajo la exclusión de la autora judeoargentina o el boicot a los escritores israelíes: se ha asumido que escuchar un discurso equivale a legitimarlo, se ha decidido que la mejor forma de evitar que se impongan ideas distintas a las de uno es bloquear su expresión. Si me preguntan a mí, considero lo contrario: cuando nos tropezamos con una idea que nos parece equivocada, peligrosa o incluso abyecta, la mejor estrategia para neutralizarla —y la de mayor honestidad intelectual— es confrontarla en espacios públicos. Contraargumentar me parece una herramienta más constructiva que la exclusión. Y, desde luego, mejor que trasladar el debate a las redes sociales, como viene sucediendo en los últimos días, y donde podemos encontrar a usuarios preocupados solo por su papel de emisores y permitiéndose ofender, menospreciar e inventar intenciones con la comodidad de no tener que mirar a los ojos de quienes desprecian.
Y esto si me ciño solamente al asunto de Ariana Harwicz. Cuando el verano pasado se instó a discriminar lo israelí “por completo”, incluyendo a autores y editores por la casualidad de su lugar de nacimiento y como un daño colateral asumible (“Lamentamos que este boicot afecte a muchas personas […] que comparten nuestro rechazo a las políticas del gobierno de Benjamin Netanyahu”) con tal de lastimar cualquier sector económico israelí, se estaba cometiendo la torpeza de sacar de escena a quienes podrían ser los interlocutores más efectivos en la búsqueda de soluciones para tanta muerte. ¿Acaso no creemos en el poder de la literatura para cambiar las cosas? Las letras hebraicas están llenas de pensadores contrarios a la doctrina del miedo y la aniquilación que el gabinete de Netanyahu aplica sobre el pueblo palestino. ¿Pedir también la exclusión de estos responde entonces a una humana incapacidad para contener la rabia frente al dolor que causan tantos asesinatos o, en lugar de ceguera, hay en juego algo más ruin? ¿Encontraríamos que algún que otro abanderado de la causa antisionista la percibe como una estrategia para medrar, gritando más alto que nadie consignas que cuentan con una amplia aceptación y sin que las víctimas le importen de veras? ¿No habrá quien haya encontrado en el nefasto Netanyahu la excusa para justificar su antisemitismo? A esta última pregunta, mi experiencia reciente me permite responder que sí, que así sucede a veces.
En este cauce de razonamiento se me atraviesa la lectura del último libro de cuentos de Etgar Keret: El blues del fin del mundo (Siruela, 2026). El escritor nacido en Tel Aviv no debería ser sospechoso de complicidad con su gobierno: en una entrevista publicada en La Vanguardia hace unos meses calificaba como “fascista”, “racista” e “insensible al dolor” a su primer ministro y lo culpaba de ser “responsable de algunas de las mayores atrocidades de nuestro tiempo”. Aun así, su discurso sería merecedor de ser boicoteado de acuerdo a esa lógica censora sobre la que estoy tratando de ordenar mis ideas. Quienes han decidido no comprar sus libros y reclamado que no se lo invite a festivales renuncian a encontrarse con una mirada lúcida sobre la sociedad israelí que siguió al ataque terrorista de octubre de 2023 y tratan de privar a los demás de hacerlo. Buena parte de los cuentos que Keret incluyó en este libro parecen interrogarse sobre la deriva totalitaria, violenta y absurda de la contemporaneidad. Sus protagonistas, además, coinciden en afirmarse como intentos de preservar una forma levinasiana de humanidad a pesar de sus contextos nada propicios.
Es el caso del jaredí que, en un relato que aborda de forma explícita el día después al ataque de Hamas (“Intención”), se ve rezando solamente por el retorno de los rehenes secuestrados por los terroristas y, así, no encuentra una respuesta por parte de Dios. En el texto, el Creador le responde e interviene en el mundo después de que este entrañable Yejiel-Najmán rece con el corazón abierto y, entonces, reclame no solo por “el bienestar de sus hermanos cautivos y del resto de sus compatriotas, sino que deseaba el bienestar de todas las personas, también de sus enemigos”. El mensaje parece claro. Tanto como la advertencia que lanza respecto a la colonización de los espacios públicos por parte de una dialéctica furibunda en “Opiniones contundentes sobre temas candentes”. Ese cuento de aliento satírico se ocupa de narrarnos la desgraciada vida laboral de un tipo al que contratan para llenar Israel con opiniones como que “se debería reestablecer la pena de muerte. ¿Por qué a Eichman sí le colgaron pero a los árabes no?”. El protagonista acaba devorado –pierde un ojo, una parte de su capacidad de ver el mundo– por el sistema delirante que ha contribuido a cebar. Así, no parece que Keret, que coincide con Harwicz en rechazar el uso del término “genocidio” y prefiere hablar de “crímenes de guerra”, esté a favor de arrasar Gaza, ni avale exterminio alguno. Al contrario, se intuye como un aliado natural para quienes desearíamos, antes que nada, que mañana no haya que lamentar nuevas víctimas.
A los censores vocacionales, a las lectoras torpes que impugnan un manifiesto porque lo suscribe tal o cual firmante sin atender a su contenido y a los influencers que se han apresurado a tuitear que cualquier autor que brindase su apoyo a Harwicz debería ser igualmente vetado, les haría bien intentar resistirse a sus prejuicios y leer al judío e israelí Keret. Y también a Harwicz, con cuyas opiniones, insistiré, a veces estoy en desacuerdo y hasta me enervan.