Soñamos películas

Soñamos películas

Sobre ‘Las películas soñadas’ del director belga Eric Pauwels, filme que repasa una serie de historias que el cineasta no ha llegado a rodar.
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Me pregunté si el director de cine Eric Pauwels, que ha estado hace poco en Madrid invitado por el encuentro 3XDOC que organiza la Asociación de Cine Documental DOCMA, tendría alguna relación con Louis Pauwels, fundador y director en los años sesenta de la revista Planète, que se dedicaba a una ciencia un poco esotérica y que en España publicaba, con el nombre de Horizonte, la misma editora de la colección Otros mundos, cuyo lema era la frase “Hay otros mundos pero están en este”. Me pregunté por la relación familiar entre los Pauwels, pero lo que averigüé fue el vínculo de Louis con el cine, a través de su matrimonio con la actriz Élina Labourdette, que aparece por ejemplo en Les dames du bois du Boulougne, de Bresson.

Los datos son interesantes y quedan apartados para eventuales necesidades futuras, cuando los pueda desarrollar más. Otros otros mundos que también están en este son los sueños. Me contó una amiga que durante un sueño se topó con un tipo que le dijo “yo puedo llevarte a otro mundo con un simple chasquido de dedos”. “¿Ah, sí?”, contestó con sorna mi amiga en el sueño, manteniendo el escepticismo burlón que claro, a veces le da buenos resultados y a veces no tanto en la vigilia. “A verlo”, le retó. El hombre chasqueó los dedos y mi amiga se despertó. Es decir, que cambió de mundo, el hombre del sueño tenía razón y el truco soñado funcionó.

Pues bien, también Las películas soñadas (Les films rêvés, 2010) de Eric Pauwels es una película que tiene dentro películas. Me senté a verla pensando en ese género de boceto no desarrollado. Creo recordar que hace unos años publicaron un libro en que otros escritores desarrollaban los breves apuntes argumentales que había dejado Henry James en un cuaderno. Una lista de títulos que no vamos a poder escribir vale como poema nostálgico. Luego me pareció que la película de E. P. era otra cosa; en sus tres horas despliega algo nada etéreo, a pesar de que se funde en los impulsos que no pasan del deseo y no se materializan.

Al principio de la película aparece Jean Rouch, que fue el maestro de Pauwels y que de viejo me recuerda a su tocayo Joan Miró. Jean Rouch moriría al poco tiempo de que se grabasen estas imágenes, en un accidente de coche en Níger. Tenía 86 años. En Las películas soñadas (que ahora creo que debería llamarse Las películas soñadas de Eric Pauwels, igual que Los sueños de Akira Kurosawa, de Akira Kurosawa, lleva la especificación en el título) compara un rodaje con la acción de lanzarle algo a un perro para que te lo devuelva. Mientras lo explica hay un perro con él, y le lanza algo “que le guste”. Es una comparación bonita y estimulante, y además anticipa la figura del perro, que será recurrente a lo largo de todo el metraje. Muchas de las películas con las que fantasea el director se basan en viajes, y el primero de todos, también para el niño que fue, es el de Ulises. Aquí aparece Argos, su perro, que lo esperó y envejeció durante sus viajes. La película se lanza entonces a evocar viajes y viajeros, recordados a medida que se cuentan las historias, pues siempre hay algo que tiene que ver con otra cosa y que puede dar pie a un nuevo relato.

La película avanza, con su voz en off, y cuenta por ejemplo que hay algunas tribus polinesias que creen que las rayas, las del mar, son símbolos del alma, y que una vez que alguien llevó a su isla una postal con el retrato de Baldassarre Castiglione de Rafael los polinesios dijeron que era un retrato muy logrado de una raya, lo cual es gracioso de entrada pero en el fondo viene a reconocer que Rafael captó muy bien el alma de su amigo, y de eso puede darse cuenta incluso alguien que no sabe nada de pintura.

Evoca la película a Bartolomé de las Casas después de haber recordado los viajes de Colón, y entresaca de sus escritos una imagen sensual y fabulosa: la de las ostras que por las noches salen del mar, se tumban en la arena y se abren y esperan la gota de rocío que se llevarán dentro, a su vuelta al agua, y que se convertirá en perla en su interior.

Louis de Rougemont contó sus aventuras como buscador de perlas en la revista británica The Wide World Magazine, antes de que el público fascinado pasase a considerarlo un impostor que había copiado sus andanzas de los libros que leía en el Museo Británico de Londres, en cuyas calles acabó de mendigo. Pero entonces ¿cómo se explica que otro excéntrico viajero como Henry Savage Landor trajese de una de sus vueltas al mundo un retrato que le había hecho a un hombre con quien se cruzó en las antípodas, y que era igual que el ahora denostado Rougemont? Siguen las historias de toda calaña, como que en las películas de Tarzán a los elefantes les pegaban orejas falsas para que pareciesen elefantes africanos y no los asiáticos que eran, o cómo hubo en España en el siglo XII un hombre llamado Lobera que quiso participar en la Cuarta Cruzada, pero que se lo pensó mejor o no se atrevió (“Hay muchas imágenes de los viajes y muy pocas de los que se quedan y sueñan los viajes”, se dice en la película), y que se quedó en su castillo y que recorrió por el jardín la misma distancia que lo separaba de Jerusalén (algo parecido a lo que hizo el arquitecto nazi Albert Speer en la prisión de Spandau, cuando quería generarse la ilusión de que salía de vacaciones).

Y así sigue la película, contando infinidad de historias, todas encadenadas y con elementos recurrentes, enlazando de manera asombrosa pequeños dramas y rarísimas imágenes. Eric Pauwels se ha puesto a hablar de su amigo y ha acabado contando la historia de la humanidad, que es un tapiz que puede cogerse por cualquier punto.

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