¿Cuánta globalización podemos soportar?, de Rüdiger Safranski

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Si usted se siente angustiado por el vértigo de la globalización, reacciona como distraído a los acontecimientos, o se siente tentado a abrazar el autismo, este pequeño libro puede resultarle interesante. Su enfoque está en la tradición crítica de la alienación, amplificándolo a las condiciones de globalización actual. Repasa someramente los impulsos históricos de este proceso y sus formas específicas de alienación en los últimos doscientos años. La alienación de hoy le parece más perniciosa por el papel de los medios de comunicación:

Ahora se impone incluso a la conciencia cotidiana el horizonte global de los problemas, por lo cual hay cada vez más ocasión de experimentar la propia impotencia […] La globalización moderna incluye el hecho de su democratización […] Por eso se da también el globalismo ideológico [que] engendra una imagen de la sociedad más unitaria de lo que es […] Para la conciencia globalizada, apoyada en los medios de comunicación, los espacios se hacen estrechos, falta el sentimiento de la anchura abierta. La mayoría de las cosas nos parecen conocidas, sin que las conozcamos realmente […]
     El círculo de los sentidos, ampliado artificialmente a través de la prótesis mediática, se ha desligado por completo del círculo de la acción […] El globalismo es un síntoma de sobrecarga […] Hay un nuevo superyó que la responsabilidad global implanta en nosotros […] A la larga no habrá ser humano que soporte algo así […] Hay que delegar, pero el problema se cifra ahora en que tenemos pocos fundamentos para otorgar la menor confianza a los nuevos especialistas de lo global […] de ahí la tendencia a parapetarse en ideologías (neoliberalismo, multiculturalismo) y la huida a fantasías de decadencia y salvación […] La alienación gana en anchura […] ¿Cuánta globalización podemos soportar?

El autor traza los orígenes de este debate hasta Rousseau, el primero en denunciar que la sociedad ahoga la vida individual. La solución de Rousseau, el descubrimiento del placer de ser individuo y la fraternidad de todos los humanos en el sentimiento, dice Safranski, ahoga el impulso a la diferencia, que es lo que imprime fuerza a la dinámica social. Otro gran crítico de la alienación, Marx, vio su superación en la toma de conciencia del proceso social y la acción política organizada para transformarlo, pero cayó en el otro extremo de Rousseau, negando también la individualidad. Ambos encendieron fuegos fatuos de la libertad.
     ¿Cuál es la solución? Encontrar un “claro” que no esté totalmente dentro ni totalmente fuera del individuo. La metáfora del “claro en el bosque” es central para el autor. Las civilizaciones —afirma— han sido sacadas del bosque como una especie de claro. No un claro como torre de control, lo cual es imposible porque la historia no puede ser gobernada. Hacer un claro significa “no permitir que todo entre en nosotros; ha de entrar sólo en la medida en que podamos apropiarnos de ello. Quien no se doblegue a la coacción de la comunicación habrá de renunciar al orgullo de estar siempre a la altura de la época y en la cúspide del movimiento”. Es necesario “cultivar formas de conducta y pensamiento que no pretendan concordar con la histeria globalista; significa, pues, menos rapidez, abrir la posibilidad al capricho, cultivar el sentido de lo local, la capacidad para desconectar, para no estar accesible […] Cuanto más sazonada esté la vinculación al lugar propio, tanto mayor será la apertura al mundo y la disposición a ella. La histeria de los atletas de la movilidad […] no ha de confundirse con la apertura al mundo”.
     El individuo no puede producir gran cosa hacia fuera, pero puede actuar en sí mismo e intentar blandirse contra repercusiones fatales que nos vienen del exterior. Quien quiera crearse su propio claro en la jungla de lo social y de la comunicación global no podrá salir adelante sin una prudente delimitación. Como dijo Goethe: siempre que se incita al hombre a desear algo “con lo que no puede unirse a través de una actividad propia regular”, entra en escena una desgracia. Para configurar la globalización, dice Safranski, el individuo debe primero configurarse a sí mismo, ubicarse, delimitar lo que puede digerir.
     Comentario: supongo que la solución del autor es lo que mucha gente trata de hacer, es decir, delimitar un campo y vincularse con los intereses afines a través de la red. La delimitación se torna naturalmente imperativa ante el embate de lo global, pero busca potenciarse mediante vínculos igualmente globales. Safranski no ignora este proceso, pero le dedica poca atención porque su preocupación principal es el yo interno del individuo. La idea de socialización en las nuevas condiciones globales es débil en su argumento. Diríamos que finalmente se inclina más hacia Rousseau que hacia Marx. –