El dependiente y El reparador, de Bernard Malamud

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Una lectura apresurada del título de la hasta ahora última novela de Philip Roth –pero no por mucho tiempo: ya llegará Indignation el próximo septiembre– hace pensar que ese hamletiano Sale el espectro alude a lo que, parece, será la última “aventura” y despedida del escritor y álter ego Nathan Zuckerman.

Una mirada más cuidadosa, sin embargo, descubre que el fantasma que aquí pide venganza y justicia es, quizás, el de E. I. Lonoff: alguna vez maestro del joven Zuckerman y cuya memoria es ahora perturbada por el afán de un biógrafo poco escrupuloso dispuesto a interrumpir el descanso de los muertos.

Y los seguidores de Roth ya lo saben desde The Ghost Writer (“La lección del maestro”) publicada en 1979: Lonoff era/es una versión apenas codificada de Bernard Malamud, alguna vez héroe tutelar de Roth (quien le dedicó una tan sentida como despiadada necrológica/homenaje posteriormente recopilada en  El oficio, un escritor, sus colegas y sus obras, Seix Barral, 2003). Unas gotas de Saul Bellow –y en Sale el espectro un pasado incestuoso que Roth tomó prestado a las recientes revelaciones acerca de otro Roth: Henry– completaban la creación y la máscara que no alcanzaba entonces ni alcanza ahora para enturbiar el modelo verdadero y original. 

Y es una buena noticia la reedición de estas dos grandes novelas de Bernard Malamud (1914-1986), porque lo cierto es que este gran escritor judío de lo judío (y de tantas otras cosas) llevaba demasiados años extraviado en esa zona gris o agujero negro en el que, bastante seguido, suelen caer muchos narradores cuando mueren. Aunque puede afirmarse que la desaparición de Malamud del canon de la literatura norteamericana comienza a hacerse ya paradójicamente visible durante los últimos años de la vida y carrera del hombre.

Los motivos para esto –si hablamos de calidad y constancia– son incomprensibles, pero aún abundan las teorías conspirativas. La caída de Malamud –alguna vez considerado uno de los más grandes de su generación– es, para muchos, la injusta consecuencia de los justos premios Nobel a Saul Bellow e Isaac Bashevis Singer (en 1976 y 1978 respectivamente) y del ascenso de Philip Roth, cubriendo así todos los casilleros disponibles para Grandes Escritores Judíos. Otros “culpan” a la timidez de Malamud, a su escasa fotogenia,  a su inexistente afición a la polémica académica o periodística, a su cautela casi patológica heredada de padres inmigrantes y hambreados y al relativo entusiasmo de su editor –Roger Straus de Farrar, Straus and Giroux– quien, cuando una vez le sugirieron la posibilidad de una biografía de Malamud, sentenció a muerte: “Me parece una idea ridícula. Ahí no hay nada que contar, pocas veces ha tenido lugar una existencia tan poco excitante. Saul Bellow es filet mignon, Malamud es hamburguesa”.

Con perdón de Mr. Straus, acaba de publicarse en Estados Unidos Bernard Malamud: A Writer’s Life de Philip Davis.

Y es caviar.

Un gran libro para la gran vida de un gran escritor que –si hay justicia o por lo menos suerte– devolverá a este autor al alto sitio que le corresponde en su país de origen y en el mundo. No es el único síntoma: hace un par de años, la hija de Malamud –Janna Malamud Smith– publicó una sentida memoir sobre su padre, My Father is a Book, y ha comenzado a relanzarse su obra con prólogos de maduros autores jóvenes y fans confesos como Jonathan Lethem, Aleksandar Hemon o Jonathan Safran Foer.

Es de desear que la reaparición de El dependiente y El reparador (esta última traducida en su momento como El hombre de Kiev) provoquen un efecto similar en nuestro idioma donde se lee demasiadas veces la palabra agotado o descatalogado junto a su apellido.

La primera de estas novelas –lo comprendemos enseguida leyendo a Davis– es un libro autobiográfico y doloroso e intimista y está construida a partir de los recuerdos de la infancia de Malamud y la tienda de su padre.

Allí, en un ambiente pequeño y controlado, nos enteramos y  comprendemos y aprendemos de las tensiones apenas secretas y las distancias insalvables entre patrón y empleado.

La segunda, en cambio, es una inteligente y original novela histórica que no por eso descuida las sombras de lo muy privado en lo que sin dudas puede ser definido como la mejor y más inteligente mezcla de Tolstoi y Dostoievski jamás emprendida y conseguida por nadie. Una true story –basada en la del judío Menaham Mendell, falsamente acusado y encarcelado injustamente en la Rusia zarista en un juicio que conmovió al mundo entero en 1913– que hizo de Malamud un escritor famoso en su país y por la que ganó el Pulitzer y el National Book Award.

Una y otra comparten cierto simbolismo deudor del Antiguo Testamento y del Viejo Mundo de sus ancestros, sí; pero lo que las caracteriza y las une a pesar de sus muy diferentes tramas –lo que une a todos los títulos de Malamud– es la cultura del trabajo. Un territorio donde, entre otros, se encuentran el beisbolista casi arturiano de The Natural, el profesor de college de Una vida nueva, el único sobreviviente a un cataclismo mundial empeñado en enseñarles la Cábala a los simios de La gracia de dios, el biógrafo bloqueado de Las vidas de Dubin (la mejor y más bellowiana novela jamás escrita por Malamud), el pícaro pintor de Portraits of Fidelman, los dos escritores compitiendo en una edificio en ruinas de Los inquilinos y la gran mayoría de los protagonistas de sus célebres e imprescindibles relatos. Por favor, que alguien vuelva a ponerlos a trabajar a todos ellos, que alguien los traduzca y reedite o que los arranque del entierro vivo de los depósitos.

Mientras tanto, celebrar la resurrección de El dependiente y de El reparador y honrar y rescatar la memoria de este hombre que –leemos en la biografía de Davis— solía sonreír acerca de su poco ocurrente vida. Una vida aburguesada –o “hamburguesada”, diría despectivamente Straus– en la que escritor era casi sinónimo de obrero y el paisaje era siempre el mismo. “Imposible equivocarte si tienes que imaginarme en mi escritorio. Hoy, mañana, el mes que viene, el próximo año… Siempre será y seré igual. En ocasiones me pregunto si queda tiempo para vivir, pero parece que me las voy arreglando para que así sea”, apuntó Malamud en un margen.

Agradezcamos que así haya sido.

Y que el espectro que alguna vez salió, ahora –enter ghost– vuelva al escenario para contarnos otra vez todo aquello en lo que tanto y tan bien trabajó. ~