El desterrado, de Leonardo Valencia

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Variaciones sobre el cosmopolitismo
     Leonardo Valencia, El desterrado, Debate, Madrid, 2000, 255 pp.
      
     En nuestros días se confunde al cosmopolitismo con la globalización, concepto gaseoso, además de palabra horrible. Los escritores deberían permanecer inmunes ante esa dis-cutible novedad, pues desde Cicerón hasta Goethe la literatura siempre ha sido mundial y continuó siéndolo a pesar del nacionalismo romántico. Acaso, a principios del siglo xxi, estamos presenciando la decadencia de las "literaturas nacionales", concepto que, labrado por los románticos alemanes, dominó doscientos años de vida intelectual. Si es cierto que estamos de vuelta a una noción universalista de las letras, facilitada por las velocidades tecnológicas, no es una mala noticia.
     Leonardo Valencia (Guayaquil, 1969) es un escritor ecuatoriano que, como sus contemporáneos mexicanos Jorge Volpi e Ignacio Padilla, publica una novela, El desterrado, que rehúye toda identificación nativa, desarrollando una trama morosa y tierna en la Italia de Mussolini. Antes de entrar en materia, cabe precisar que no es la primera vez que algunos escritores de América Latina deciden ausentarse, en letra y espíritu, de su continente, operación a la que tienen sobrado derecho, pues estas tierras son, desde que las colonizó el imperio de Carlos v, parte esencial, por algo más que la lengua y la religión, del Occidente griego, latino y judeocristiano. En segundo término, narrar las peripecias de la bomba atómica, conectar al imperio austrohúngaro con Eichmann in Jerusalem o recordar el caso Matteotti, no es una petición de principio que garantice excelencia. El cine mexicano, por ejemplo, no se volvió cosmopolita cuando Arturo de Córdova representó a Edmund Dantès en la versión aborigen de El Conde de Montecristo.
     Hay que repetir estas verdades de Perogrullo ante el asedio de la estupidez periodística y la complicidad de escritores de talento mareados por el comercio. Las virtudes reales y potenciales de Jorge Volpi o de Ignacio Padilla, a quienes he defendido de la rabia patriotera y del diente verde de la envidia, no radican así en ningún atrevimiento insólito. El cosmopolitismo es una tradición latinoamericana y la nómina, más allá de Borges, Reyes y Paz, es abrumadora desde hace un siglo: Darío, Gómez Carrillo, Francisco A. de Icaza, J. R. Wilcock, Victoria Ocampo, Murena, Fuentes, Bianciotti, Rossi, Elizondo… Muchos de ellos, como los internautas de hoy, hicieron esos viajes sin salir de su cuarto.
     Y para no ir tan lejos, narradores mexicanos como Sergio Pitol (1933), José María Pérez Gay (1944), María Luisa Puga (1944), Héctor Manjarrez (1945), o ecuatorianos como Javier Vásconez (1946), hace tiempo que escribieron cuentos y novelas ajenas al solar patrio como ahora lo hacen Volpi, Padilla o Valencia. Ante ambos grupos de escritores ya cabe hablar de dos generaciones. Los nacidos en los años sesenta y setenta sufren una ansiedad epocal con la que como crítico no puedo sino identificarme. Nos sentimos obligados a mirar, una y otra vez, la película del horror vigesímico y detenernos en escenas que, siendo familiares, nos son profundamente ajenas. Así, escribimos, no tanto sobre Europa, sino sobre las guerras de religión del siglo XX que modelaron el mito de Europa, mientras que quienes entraban en la madurez en los años sesenta estaban inmersos en los caminos por fuerza solitarios de la salvación individual.
     La tendencia en boga, que hace de la novela un espacio de reflexión ensayística, es una tentación abismal y no me extrañaría saber que nuestros cosmópotas fatigan listas de traumas seculares buscando escribir novelas definitivas sobre los temas de nuestro tiempo. Los riesgos son graves y están visibles en la obra de espíritus tan complejos y dotados como los de Roberto Calasso o Claudio Magris.
     El desterrado, de Leonardo Valencia, expresa, como otras obras históricas y cosmopolitas de su generación, esa decadencia de las literaturas nacionales ocasionada por varios fenómenos, uno de ellos, paradójicamente, el auge del realismo mágico latinoamericano y su fácil universalización como literatura popular. En ese sentido caminaron también los excelentes escritores que, viniendo de la periferia —Bombay, Calcuta, Hong-Kong, Tokio—, se adueñaron de las letras inglesas. Pero Valencia, a diferencia de sus colegas mexicanos que he nombrado, parece más interesado en la forma artística que en la disertación profética. No olvida que la quintaesencia de la novela es la creación de personajes; a cambio, carece de la facilidad narrativa que se agradece (hasta cierto punto) en Volpi y Padilla.
     Leonardo Valencia, en esta notable primera novela, despreció el decorado —Roma, 1934— a favor de la pintura detallada de una atmósfera que transita, cinematográficamente, entre el neorrealismo y la deriva decadentista que hermanó a Visconti con Lampedusa. Estamos ante un episodio de vida, a la manera de Giorgio Bassani, donde un sabio de pueblo, Nebbiolo Bentornato, alias "el viejo elefante", se rodea de una familia espiritual y carnal un tanto circense. Su destierro ocurre en Roma, capital de la cristiandad y antro celestial, y al mismo tiempo, gracias a la marcha triunfante de las Camisas Negras, pueblo chico e infierno grande. El desterrado es un homenaje a Roma. La leí con los espíritus de Beyle, Madame de Staël o del italoargentino J. R. Wilcock aleteando cerca de mí.
     Puntillista, Valencia impidió con disgusto cualquier salida de tono de sus personajes. Ese exceso de prudencia o de pacatería impide la reseña fácil de El desterrado, novela tradicional y pautada cuyas tramas pasan a segundo término ante su brillante poder de evocación. Plástico y analítico, Valencia se negó hábilmente a hacer del fascismo italiano el protagonista de la novela. Sus obsesiones son otras: la procreación de los hijos, las relaciones pedagógicas entre la vejez y la juventud, las piedras milenarias que guardan acertijos, el destino juglaresco y la deformidad.
     Labrados con paciencia de orfebre, los personajes de El desterrado llegan a una escena memorable, cuando el festival mussoliniano de la maternidad fracasa gracias al accidente bufo de las carrozas. Una verdadera imagen novelesca, como ésta, no se produce por milagro: es obra de novelista y vale una primera novela cuyo desenlace, más que desafortunado, es intrascendente: la obra se había consumido mucho antes del final en virtud, no tan extrañamente, de la densidad atmosférica lograda por Leonardo Valencia, cuya presencia en las nuevas letras latinoamericanas ha quedado garantizada. –

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