El libro tras la duna, de Andrés Sánchez Robayna

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TIERRA INCOGNITA
Andrés Sánchez Robayna, El libro, tras la duna, Pre-Textos, Valencia, 2002, 116 pp.

Quien haya seguido paso a paso la obra poética de Andrés Sánchez Robayna de los últimos años —de La roca (1984) y Fuego blanco (1992) a Sobre una piedra extrema (1995)— y haya admirado su firme designio de crearse y acendrar un ámbito propio, insular como el paisaje del que se nutre, el logro del autor canario no deja lugar a dudas. Asistir al nacimiento de un poeta —una rara avis siempre y en todas las latitudes— es una dádiva preciosa para el lector de poesía capaz de distinguir ésta de la prosa retórica que de ordinario se vende con su etiqueta. La decantación del lenguaje, el lento proceso de depurar el verbo y de ceñirse a lo que José Ángel Valente llamaba "palabras substanciales" son los elementos más notables del quehacer poético de Sánchez Robayna y Sobre una piedra extrema parecía conducirnos a un finisterre sin luz, más allá del cual se extiende el océano negro e inabarcable que remata toda aventura humana.
     Seis años después, El libro, tras la duna significa hasta cierto punto una ruptura de ese proceso de acendramiento, ruptura que no veda con todo una soterrada continuidad y subraya al revés la coherencia total de la empresa. El poeta abandona el territorio conquistado y se embarca para una terra incógnita, como esos navegantes o mareantes del siglo XV en su desafío a los escollos y abismos que acechaban su periplo, pero sabedor de que "y la línea inicial es un comienzo/ y la línea final será un comienzo".
     El libro, tras la duna es un poema único, compuesto de 77 apartados. Esa propuesta no suele ser frecuente en razón de los riesgos que conlleva. Los poetas ingleses nos brindan algunos ejemplos espléndidos de su consecución, desde Wordsworth y Coleridge a Eliot. Pero en España, las composiciones de ese orden no abundan y concluyen de ordinario en naufragio: detectamos fácilmente en ellas la presión retórica, la respiración entrecortada, el jadeo y hasta la sofocación. El hálito poético se agota a lo largo del trayecto y escuchamos no el verso sino el resuello de quien, sin detenerse a recobrar el aliento, pone a prueba su mediocre capacidad pulmonar.
     El poema se desenvuelve felizmente, sin esfuerzo aparente alguno. Desde el inicio de "Ahora" y en la composición que le sigue el autor nos advierte:
      
     Todo comienzo es ilusorio.
     Todo comienzo es sólo un enlazarse
     del principio y del fin en la cadena
     del tiempo, es el instante
     en que creíamos ver el nacimiento
     y el nacimiento es sólo un acto
     de lo incesantemente renacido.
      
Sánchez Robayna plasma en el libro el paisaje insular de la infancia y su aprendizaje del mundo, la iniciación en el amor y la epifanía del verbo, la "Historia que, rota, se renueva en cada ser humano y su aventura". La doble imantación de la belleza y de la palabra exacta exige un rigor exento de todo patetismo, de ese "engaño sentimental" contra el que nos prevenía Cernuda y en el que tan a menudo incurren los bardos aficionados a recitales de gran público y los imitadores de Canto general carentes del genio y fuerza pulmonar de su autor. El libro, tras la duna se sitúa en los antípodas de esa tradición casi siempre desafortunada. El lector, conforme cala en él, recorre de la mano del poeta el libro de la vida, camino que lleva de la inocencia a la lucidez sin caer en la facilidad del desengaño. La palabra alumbra como un faro, en cercos reiterados y concéntricos, la oscuridad ciega. Cuanto acaece —la suma de saberes, intuiciones y experiencias— se condensa y parece exprimir su zumo en las páginas de un poema cuyo inicio y final son meras convenciones, pues puede leerse en un sentido y en otro sin perder por ello un ápice de su intelección: el orden "normal" y el inverso se complementan, el nacimiento es muerte y viceversa.
     "El rumor de los árboles/ y su texto infinito se escribían/ con negros caracteres/ en el ojo del sol…" dice el poeta, y ese texto se articula sin caídas ni quiebras a lo largo de la composición. Mudan los años, cambian los paisajes, la vida se dilata y se contrae mas perdura el enigma al que se enfrenta el ser humano, "el claro secreto escrito en el fulgor supremo,/ en la curva estelar del cielo tembloroso".
     Los lectores de poesía podrán demorarse en todas y cada una de las páginas del libro y apreciar la sobriedad y fuerza inmanentes a sus versos. El poeta inyecta vida a las palabras, las acopla e infunde en ellas su hálito. El desafío del salto, sin red protectora y con riesgo de romperse la crisma, se salda en vencimiento. En el brete de escoger entre la floresta que nos ofrece el libro —tras la lectura y relectura de composiciones de la enjundia y belleza de "Y cada noche se formaba lenta", "En el curso mudable de los días", "El cielo de la noche no me daba" o "Nube del no saber"— me resolveré a citar los versos del apartado LXII:
      
     Había llovido.
      
     Un pájaro cantó en las cercanías.
     ¿Dónde? ¿Dónde el sentido, dónde el ala
     y el canto? ¿Cómo pudo, en lo
      invisible,
     penetrar lo visible? ¿Dónde el pájaro?
      
     Dolor del mundo, sólo se escuchaba
     tu murmullo incesante. Lluvia oscura
     sobre la tierra, y tras la lluvia un canto
     ahogado junto al borde del tormento.
      
     Miré un charco, y no supe.

Sánchez Robayna confirma así con nitidez lo que algunos presentíamos desde la época en que dirigía la, desdichadamente desaparecida, revista Syntaxis: el hallarnos ante un autor cuya obra marcará el renacer de la poesía en nuestra lengua en este incierto y cruel comienzo de siglo. ~— Juan Goytisolo
 
LOS SIGNOS Y LOS ASTROS
      
      
En la escritura de Andrés Sánchez Robayna hay una simbiosis de poesía, conocimiento y pensamiento. En sus libros de ensayos La luz negra o La sombra del mundo, o en el volumen de diarios La inminencia, encontramos una reflexión sobre la poesía pero también una exaltación, una penetración en la materia, una vivencia. Sus escritos en prosa explican la visión y la percepción de su poesía, pero surgen de un mismo origen y participan de la misma búsqueda.
     Hasta La roca, la poesía de Sánchez Robayna era un espacio estático, una contemplación del mundo visible y del mundo invisible. Una vibración de la luz y de la piedra. En esta poesía no había expresión de sentimientos sino celebración. En La inminencia escribe: "El poema fue para mí, durante años, un modo de penetración en la materia." Y añade más adelante: "La evolución de mi escritura poética —mi 'devenir', en el sentido de Klee— ha sido un tránsito del estar al ser. Y también (¿o es lo mismo?) del espacio al tiempo."
     En la poesía más reciente de Sánchez Robayna se puede advertir una creciente presencia de los sentimientos, de la relación, y no siempre comunión, entre el individuo y el mundo, y un enfrentamiento entre el ansia de eternidad y el tiempo destructor, entre la unidad esencial y la fragmentación. El conocimiento se ha hecho más dramático y la presencia humana más conflictiva y emotiva. Toca al lector juzgar si El libro, tras la duna intensifica esta evolución o representa una ruptura radical. Creo que no hay tal ruptura: el universo de Sánchez Robayna está ya precozmente configurado en el poema con que se abre Poemas (1970-1999), escrito cuando tenía dieciocho años. A lo largo de su escritura se ha ido consolidando y ampliando este tejido estético y poético. Basta escarbar en sus ensayos para reencontrarnos con lo que constituye la sustancia de su poesía: "la experiencia de los límites", "la aniquilación del sentido", "la fijación del vértigo", "el paso del tono discursivo al tono lírico", "el diálogo de poesía y pensamiento", el fragmento "capaz de iluminar la realidad y el lenguaje todo", "el poema a un mismo tiempo objeto de meditación y de celebración", "el silencio esencial", la "necesidad de manifestación de lo ígneo, lo interior", "la sacralidad". Una concepción del mundo y de la poesía que reaparece íntegramente en El libro, tras la duna, para mostrar no una voluntad de ruptura (que equivaldría a la traición a un universo tan tenazmente construido), sino la capacidad de desarrollo (que no de evolución) que ofrece una poesía como la de Sánchez Robayna, en apariencia anclada en el estar.
     El resultado es desconcertante, precisamente porque revela las posibilidades ilimitadas de esta concepción de la poesía. Aquí no sólo contemplamos la relación entre el ojo y la vida de la materia, sino la dramatización del contemplador, su vida ante la realidad invisible y ante la realidad que le rodea, no sólo la esencial sino la enemiga de lo esencial.
     Nos encontramos ante un libro autobiográfico que exige, en lo que tiene de lineal, un tono narrativo y discursivo. Biografía esencial, libro de iniciación a los secretos del mundo, lo que invita no sólo a la expresión de una estética sino también de una ética. Las etapas fundamentales son la infancia, la adolescencia, la juventud, todo inscrito en la cadena del tiempo para trazar un círculo en el que el niño es el padre que vuelve a contemplar al niño. Entre la nube del no saber y las figuras del tiempo se va elaborando un complejísimo tejido de múltiples voces, de la intensamente lírica (los fragmentos II, IV, XXIV, XLII o el LV, entre tantos otros) y de extremada delicadeza (el LXXV) a los poemas sobre el mal y la violencia, en un libro de un acentuado contraste entre la celebración (el amor, el deseo, la paternidad, el abrazo místico, la quietud, el alumbramiento) y el pesimismo, tanto ante la conciencia del mal (fragmentos LXVI y LXVII) como ante la destrucción, la caducidad y la muerte (los fragmentos XXXV, XLV, LXIII, entre otros).
     A este visible tejido lírico, depurado aun en sus momentos más abiertamente narrativos, se añade la lectura de la vida, del mundo y de la propia escritura: de las palabras y de los signos. Y es así como leemos el paisaje insular, las calles y los días de Barcelona, una visita a Florencia, un convento abatido por la catástrofe en Puebla, unas cuevas prehistóricas, unos talaiots, unas pinturas de Goya o un cuadro de Tàpies o de Rothko, colores y signos y palabras que encontramos también en San Juan, en Fray Luis de León, en San Agustín, en Eliot o en Paz: unos dados y el "ajedrez diamantino / de palabras pensantes" que nos elevan a "una fiesta en el cielo / de la pintura" y, finalmente, al firmamento (las estrellas y el sol, la luz y la oscuridad, el conocimiento y la ignorancia) poblado también de signos.
     Nos encontramos ante un libro verdaderamente extraordinario, único en nuestra poesía contemporánea. Extraordinaria la dramatización narrativa, la multiplicidad de sugerencias, la intensidad emotiva y mental. Y, más allá de la unidad, está cada uno de los fragmentos, su variedad y su íntima coherencia. Fragmentos que son, a su vez, pequeñas, unidades que expresan "el dolor y el enigma y, en lo oscuro, / la noche matinal, la claridad": el universo poético de Andrés Sánchez Robayna, juego de dados que aspira a abolir la certeza del azar. ~— Juan Antonio Masoliver Ródenas

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