Elegía a una madre

Mi libro madre, mi libro monstruo

Kate Zambreno

Traducción por Carlos Bueno Vera y Violeta Gil

La uña rota,

Segovia, , 2022, , 222 pp.

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Dos años después de que su madre muriera, la escritora Kate Zambreno (Chicago, 1977) empezó a escribir este libro que en original se llama Book of mutter. Sus traductores al español, al no encontrar cómo mantener el juego polisémico de mutter (madre en alemán y murmurar en inglés), han optado por titularlo como lo llama ella en un momento: Mi libro madre, mi libro monstruo. Tiene dos referentes claros: Diario de duelo de Roland Barthes y Desgracia impeorable de Peter Handke. Una cita del segundo encabeza el libro, luego hay otra de Chris Marker. Las dos hablan en realidad de que todo es un ejercicio de memoria, todo habla de recordar. Mi libro madre, mi libro monstruo es una elegía a la madre, que es sobre todo un misterio para la hija que escribe sobre ella. La escritura de este libro se prolongó durante trece años, de manera casi inevitable se cuelan muchas otras cosas, otros intereses de Zambreno que aparentemente no tienen que ver con su madre: investigaciones sobre la guerra de secesión, por ejemplo, o la biografía de Henry Darger, un escritor y artista más que outsider. Entre Darger y la madre de Zambreno, la escritora va descubriendo algunas conexiones, algunas más o menos retorcidas, otras quizá casuales pero simbólicas, como que los dos están enterrados en el mismo cementerio. Este es un libro monstruo porque tiene algo de Frankenstein en el proceso, aunque una vez dentro se percibe como un todo en el que las partes conviven y todo fluye: el ensayo convive con la poesía y con los destellos que a veces son recuerdos, a veces recopilación de detalles que funcionan como retrato de la madre. Zambreno escribe “mi madre mi enemigo declarado mi primer amor”, o “mi madre mi espejo”. Y también “Toda mi infancia recuerdo a mi madre limpiando”; “Ser ama de casa, al modo de antes, significaba vivir bajo la ley de lo borrado. Pasar el día maniobrando, haciendo como que nada ocurría, sin dejar marca. La vida ordenada por habitaciones. Como la ama de casa belga, Jeanne Dielman, de Chantal Akerman.” Por eso, la casa es importante, sigue siendo la madre, pero al mismo tiempo la ausencia se hace patente: “La casa sigue tal cual estaba antes de que ella enfermara. Todo ordenado del modo en el que mi madre lo dejó, solo que en un estado de decadencia o derrumbe lento, perdiendo su lugar, su sentido.” La madre se aparece no solo en la casa, también en la hija: “A veces se me abre la boca y la risa de mi madre sale de repente, un truco de magia.” Van apareciendo otras mujeres-espejo de la madre: Louise Bourgeois, Barbara Loden y Wanda, el ama de casa que abandona a su familia y acaba siendo cómplice de un atraco a un banco en la película homónima; Marilyn Monroe; o la viuda de Lincoln, Mary Todd Lincoln, internada al final de su vida. La locura es un fantasma que sobrevuela todo el libro: en la madre de Zambreno, en Zambreno y en Henry Darger, que además de series de pinturas y distintos libros llevó un diario meteorológico en el que anotaba el tiempo tres veces al día.

Zambreno encuentra los diarios de jardinería de su madre, “La única muestra de su escritura si exceptuamos las tarjetas con recetas de cocina y sus notas en el calendario. Qué impresión me produce ver su letra, su trazo íntimo. Como los partes meteorológicos de Henry, rara vez se desvían hacia su vida interior.” Recoge aquí la última entrada del diario: “Diagnosticada con cáncer de pulmón. La vida tal como la conocía, perdida. Tengo las plantas de E, intento mantenerlas con vida. Nieve temprana. Puedo vivir con ello. Si sigo viva en primavera… ENREJAR MACETA DE LA PUERTA DELANTERA¡Hortensias azules!” Y el misterio de la madre, que tiene que ver con una hija que tuvo antes de formar una familia con el padre de Zambreno, pero no solo, queda sin resolver. En parte porque es imposible aprehender al otro, por mucho que nos haya criado. Y porque cuanto más cerca tenemos a alguien más queremos saber: “De su vida todo lo que tengo son textos apócrifos y recuerdos.”

Mi libro madre, mi libro monstruo es un libro de duelo, un intento de recuperar a la madre muerta, de contar su ausencia y así quizá hacer más pequeño el hueco. Anota lo que recuerda de ella, lo fija. Es un libro que se hace, se deshace y se rehace casi a la vez que se lee, siguiendo el mantra de creación de Bourgeois. Pero es también un libro sobre el tiempo: de manera inevitable, un libro que se escribe durante trece años, además de su tema, está captando el paso del tiempo. Más si en el libro hay huellas del proceso de escritura. Los capítulos son cortos, como destellos, flashazos de un recuerdo, de episodios más vitales que narrativos. Por eso, este libro a veces parece más poesía que narrativa: crece en la acumulación, y en la acumulación también va mutando y transformándose. “He desenterrado de nuevo este libro sobre mi madre, después de haberme alejado de él, tras la frustración que sentía por cómo se me iba de las manos, por su ilegibilidad, por lo que me parecía su fracaso inherente”, escribe. Un poco más adelante: “Durante una década he intentado esculpir este libro. No es lo bastante maleable”; esa idea resuena cuando al final cita a Louise Bourgeois: “Cada día es necesario abandonar el pasado o aceptarlo. Si no puedes aceptarlo, te conviertes en escultora.”

Zambreno es elegante hasta el final: terminó el libro embarazada de su primera hija, pero lo cuenta en los agradecimientos, una manera de que quede recogido sin que sea el cierre del libro. Mi libro madre, mi libro monstruo es un libro contenido, por eso es emocionante. Sin trama, se va dejando llevar mientras observa la pena. ~

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