Granés y los detectives del delirio

Delirio americano. Una historia cultural y política de América Latina

Carlos Granés

Taurus

Barcelona, 2022, 593 pp.

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La reflexión sobre América Latina que abarca movimientos políticos y manifestaciones plásticas y literarias fue escasa en las últimas décadas. Salvo excepciones que confirman la regla con su sesgo específico, como Las repúblicas del aire, de Rafael Rojas, centrado en el siglo XIX, y El insomnio de Bolívar, de Jorge Volpi, ambos de 2009, o Ñamérica de Martín Caparrós, de 2021, ubicada en el terreno de la crónica, la gran mayoría de ensayistas y novelistas latinoamericanos –la acepción sigue siendo plausible– se han circunscrito a escribir sobre sus países. Esto se debe a una legitimación simple por la correspondencia entre autor y país de origen que no garantiza nada más allá de tópicos, y que, a fin de cuentas, es un reduccionismo óptico, uno de los lastres heredados del largo proceso de consolidación de las naciones latinoamericanas que la industria cultural del siglo XXI no ha hecho más que seguir por una comodidad periodística. La circunscripción editorial acentuó el pathos identitario de las novelas. La broma de Borges sobre Lorca podría extenderse a cubanos, colombianos, mexicanos o argentinos “profesionales” centrados en abordar momentos históricos o actuales del país natal. Las excepciones de talento apuestan más bien por la desmesura y por difuminar fronteras. Este es el caso de Carlos Granés con su ensayo Delirio americano. A lo largo de más de quinientas páginas atraviesa cien años por decenas de países –destaco la incorporación de Brasil– y sus manifestaciones artísticas, desde la pintura, la arquitectura, y, por supuesto, la literatura. No dejará indemne al lector porque va mucho más allá del aparente llover sobre mojado que podría sugerir el título: América Latina como continente delirante, desbocado, salvaje. Granés no va por ahí. Si se entrega a revisar de nuevo esa historia es porque encuentra otra fundamentación y otro objetivo. A su manera continúa dos de sus libros anteriores: El puño invisible. Arte, revolución y un siglo de cambios culturales (2011) y Salvajes de una nueva época. Cultura, capitalismo y política (2019). Me corrijo: más que continuación, síntesis y método. Si en el primero lo relevante era entender el prolongado sentido de las vanguardias (qué decisivos el dadaísmo, el futurismo y su pose histriónica), y en el segundo el peso de la estetización de la política y el puritanismo de lo políticamente correcto, en Delirio americano –suerte de panel final de un tríptico– esa mirada se aplica de manera retrospectiva para revelar que el continente fue parte de ese mismo laboratorio que refinó el exceso y hasta lo exportó con la imagen del Che Guevara en camisetas y la secuela camaleónica del Subcomandante Marcos.

¿Cómo fue posible que tantas generaciones incurrieran en desvaríos utópicos, nacionalistas, raciales, internacionalistas, fascistas, comunistas, populistas, y a quienes poco les valieron las vidas humanas cuando estas no se sometían a sus creencias? ¿Qué explica el desvarío final de Lugones, del Dr. Atl, de Plínio Salgado y hasta de Julio Cortázar? ¿Qué nexos hubo entre los artistas y los políticos? ¿Quiénes y en qué incidieron los intelectuales? ¿De qué manera los políticos utilizaron a los artistas para sus delirios visionarios? No bastaron los casos más memorables de Vasconcelos y los muralistas en México, o de Juscelino Kubitschek en Brasil con los arquitectos Niemeyer y Lúcio Costa para la creación de la única ciudad utópica llevada a la realidad, Brasilia, ya que Granés los encuentra replicados en Argentina, Nicaragua, Ecuador o Bolivia, y de ahí a los museos actuales de todo el mundo “con la finalidad reivindicativa, la buena causa, la denuncia de la opresión, la exaltación de la víctima, la corrección política de la obra”.

El afán por una perfección ideal deriva en desastre al no comprender la voluble naturaleza humana. Por eso Delirio americano se articula en tres partes cronológicas con su afán respectivo: los delirios de la vanguardia (1898-1930), los delirios de la identidad (1930-1960) y los delirios de la soberbia (1960-2022), esta última remarcada desde Fidel Castro a Pinochet, y la secuela de Hugo Chávez, Alberto Fujimori, Rafael Correa y Nicolás Maduro. Para Granés todo inicia cuando José Martí muere frente a una columna española el 19 de mayo de 1895, en las riberas del río Contramaestre, en Cuba. El final sería otra muerte cubana, la de Fidel Castro, el 25 de noviembre de 2016. Parece un siglo largo y cubano. Sin embargo, el mismo ensayo revela con fuerza otras fechas menos espectaculares y decisivas: la publicación en 1900 del ensayo de José Enrique Rodó, Ariel, y el final, la gran clausura, la publicación en 1998 de la novela Los detectives salvajes de Roberto Bolaño. Ariel –heredero del Zaratustra de Nietzsche como bien recordaba Gutiérrez Girardot– articuló el deseo de resistencia frente al fantasmón del imperio norteamericano, que se bifurcaría en arielismos de izquierda y de derecha, una verdadera ceguera para eludir que el peor enemigo era el fanatismo interno que necesitaba echarles la culpa a otros. Los detectives salvajes sería la constatación desencantada del delirio continental, un abrir los ojos para descubrir un erial de fanáticos sin rumbo en el que nosotros éramos los monstruos y no solo la CIA, la KGB o el Mossad. Esta novela también es un rechazo de los límites nacionales en Latinoamérica. La mujer que buscan los detectives, la poeta Cesárea Tinajero, es una ilusión que será a su vez un nuevo desencanto o un pretexto para que uno de ellos inicie un exilio de regreso a Europa donde solo quedan los fantasmas de una vanguardia hace tiempo desaparecida. Más bien en Europa la nostalgia de la izquierda seguiría mitificando a una América Latina que les conviene revolucionaria, delirante, afantasmada, desde Gianni Vattimo a Pablo Iglesias y Podemos, como señala el autor.

No quisiera que la amplitud y dimensión de los temas de este ensayo dejen a un lado el estilo paratáctico de la escritura de Granés, que se evidenció en El puño invisible. Salta de un país a otro en un vaivén de yuxtaposiciones que seguramente hará que los investigadores especializados y los historiadores en sus departamentos académicos se ofendan y echen en falta ciertos momentos o figuras, lejos de percibir la totalidad propuesta. Resulta que el procedimiento hace palpable la restricción nacional a la que se han visto condenados sus países, y que pocos creadores e intelectuales superaron con un cosmopolitismo siempre mal entendido desde los prejuicios ideológicos. Los nacionalismos abocarán siempre al reiterado laberinto de la soledad, cuando parte de la riqueza latinoamericana consiste en escapar de sus propios países sin sentirse extranjeros del todo en otros sitios: el nicaragüense Rubén Darío escribe desde La Nación de Buenos Aires contra la ingenuidad del Manifiesto futurista de Marinetti; Borges necesita formarse en Ginebra y Madrid para tener una fascinación nostálgica de Buenos Aires y darse cuenta después de que está bien la infancia perdida, pero que la creación requiere del lado de allá, del lado de acá y de otros lados, sin maniqueísmos; y García Márquez descubre, camino a Acapulco, cómo escribir con perspectiva su gran novela sobre Macondo.

A esto se suma el más delirante de los dramas: la poca vocación democrática. Es decisivo que el autor recupere el mea culpa de Vicente Huidobro cuando en un artículo de 1938 reconocía el despropósito de “la exacerbación del sentimiento nacionalista despertado por los países fascistas”. Los latinoamericanos habíamos replicado la dinámica de los países fascistas, aclara Granés. Esta imitación no se aleja de esa otra exacerbación también copiada de otro país, irónicamente del tan denostado Estados Unidos: las militancias del victimismo y las defensas identitarias, hábilmente estetizadas. En medio de esos furores del siglo XX, concluye Granés, “hubo de todo menos un miserable poema a la democracia”. Este es el gran reproche a la traición de los intelectuales latinoamericanos que corrieron detrás de una épica, un baluarte, una simplificación polarizada y, sobre todo, un líder redentor, no importa si de derecha o de izquierda, al que le perdonaron cualquier cosa, incluidas muertes, corrupción o escraches, porque devolvió el orgullo de la patria o de cualquier consigna de turno.

Hay dos mujeres decisivas para Granés, en un continente poco dado a darles protagonismo más allá del utilitario melodrama peronista de Evita: me refiero a dos intelectuales y artistas como Marta Traba y Tarsila do Amaral. No es menor que junto a ellas estuvieran otras dos mentes lúcidas: Ángel Rama y Oswald de Andrade. El Abaporu, el “hombre que come” que pintó Tarsila en 1928, es la figura que hace visible la antropofagia del manifiesto de Oswald de Andrade que para Granés es la mejor vía latinoamericana: tener los pies grandes arraigados en la tierra, pero seguir nutriéndose de todo el mundo, porque “sin Europa, el Abaporu no habría podido existir”. De Traba toma su lucidez para comprender que el talento exigía escapar de la “ruda demagogia” de un Guayasamín y todos los epígonos identitarios (debidamente institucionalizados) y apostar por esa búsqueda de estructuras más auténticas proyectadas al mundo, lo que la llevó a detenerse en pintores como Alejandro Obregón, Araceli Gilbert, Fernando de Szyszlo o Enrique Tábara. Así era posible trazar nuevos mapas de América Latina a partir, no de la nacionalidad ni de la ideología, menos aún de la figuración, sino del talento. Mapas que todavía necesitan nuevas visitas y profundizaciones. Quizás esto me hace falta en este gran ensayo, la parte de la lucidez frente a la del delirio. Pero confío en que vendrá. Granés ha dado mucho y tiene más por dar. Heredero de Henríquez Ureña, Octavio Paz y Marta Traba en la soltura y capacidad para recorrer culturas, movimientos y países, ha entendido que Latinoamérica exige una lectura comparada, abierta y crítica, y una escritura en espiral, no circunscrita. Aunque la prudencia lo lleve a subtitular su libro “una” historia, luego de leerlo no cabe duda de que recorre “la” historia central a la que hay que seguir remitiéndose. A esa historia le saca aristas y digresiones, nuevas miradas. Al escenificar a decenas de países de América Latina, se lee la misma historia de siempre de la humanidad. Pragmático, Granés subraya que las sociedades se saldrán siempre de tono. Lo único que impide perpetuar el delirio es la pedestre y sana alternancia que defienden los demócratas. ~

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