Un Yo que son muchos

Isla partida

Daniela Tarazona

Almadía,

Oaxaca, 2021,, 136 pp.

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El Cerebro – es más ancho que el cielo –
porque – colocados juntos –
el uno contendrá al otro
con facilidad – y a Ti – además –
el Cerebro es más profundo que el mar –
porque – sostenidos – Azul contra Azul –
el uno absorberá al otro

Emily Dickinson, Crónica de plata 
(trad. de Manuel Villar Raso).

“Cuando vayas, quítate la cabeza al llegar.” Esta frase, dicha por la abuela de la protagonista refiriéndose a la India, se podría utilizar como aviso a los lectores de Isla partida, la más reciente novela de Daniela Tarazona y la más audaz de las suyas. Desde El animal sobre la piedra y El beso de la liebre, sus dos libros anteriores, sabemos que sus historias se relacionan con el cuerpo y la animalidad. En ese sentido Isla partida no es la excepción, pues indaga en el tema del cerebro, sus percepciones y las huellas de sus alteraciones en el plano de la identidad. Escrita a partir de una difícil experiencia personal, aunque más allá de ella, la novela dispone, por decirlo así, los elementos de la memoria, la alucinación y la realidad en un tejido unitario a partir de su dispersión. Isla partida se hermanaría en cierto modo con la autoficción, pero lo notable es que el resultado conforma a su vez un cuadro de otra naturaleza.

La protagonista de Isla partida vive un desdoblamiento que se traduce narrativamente en dos voces, Tú y Ella, las cuales desde luego son la misma pero viven pulsiones opuestas. Desde el principio sabemos que Ella es la mujer que ha decidido viajar a una isla para morir. El personaje que se narra en segunda persona es otra mujer, un tú que es en realidad un yo que trata de evocar su vida y quizá reconstruirse. En sus recuerdos pervive especialmente y de manera entrañable su abuela Olga –amiga de la poeta costarricense Eunice Odio, presente en aquella reunión en la que estuvo Lee Harvey Oswald antes del asesinato de Kennedy–, una abuela que siguió a su maestro del Centro Yoga a la India y se puso a dar saltos en la piragua en la que surcaba la familia el río Orinoco. Es muy notable la viveza de las escenas en la casa de la abuela donde hay un retablo de las maravillas en las que figuran muñecos y piedras, las que representan viajes familiares y momentos de infancia con los primos; estas escenas poseen una fuerza y un brillo particular. También estará presente el duelo por la muerte de Olga y, asimismo, a la par del correr de la memoria y el avance de las alucinaciones, la agonía y muerte de la madre. Así, la tristeza y la locura del Tú se entremezclan con esta Ella que partirá a morir a la isla de su cerebro, donde en la frente le brotará una flor, igual que le sucede a Oswald en aquella reunión con las escritoras, donde también le nacen unos hermosos cuernos. ¿Es la locura una flor?

Los recuerdos se dispersan. La imagen es: una gota de aceite cayendo en el agua. No puedes recoger lo que sucedió dentro de ti, los impulsos y la angustia fueron tan primitivos que reniegan del lenguaje, giran, huyen, se convierten en burbujas irrompibles, blindadas como si fueran de acero.

En general, cuando tratamos de contar lo que fantaseamos, intentamos darle un orden, un sentido, una progresión, incluso al escribir echando mano del célebre flujo de conciencia. Daniela Tarazona nunca ha sido una autora proclive a la linealidad; en sus libros anteriores hemos podido ver cómo las escenas y las imágenes hablan por sí solas, mantienen su propia duración; así, en Isla partida la estructura imita un poco a la de la locura, aquellas experiencias cuya naturaleza se escapa y a su vez son de alguna manera consistentes. El inquietante resultado será un tapiz o un retablo donde las historias y los seres permanecen estáticos, pero su presencia constante les da un movimiento y una dirección perennes. Es una narrativa sin transcurso, un presente perpetuo y circular, casi fotográfico: voces que no se escuchan pero que se imponen como pensamientos.

Cuando el desdoblamiento sucedió la primera vez, no hubo voces. Nunca ha habido voces, solo pensamientos sumados de manera veloz, uno casi encima de otro. Tampoco tiene fauces; el horror es insoportable porque carece de boca.

Isla partida nos recuerda la fragilidad de aquella construcción bastante ficticia que nos sostiene, aquel Yo que en realidad son muchos y no es nadie, y que al desequilibrarse o recibir fuertes descargas eléctricas irregulares se puede disgregar, pero no es, por decirlo así, un simple testimonio: lo impactante es cómo la autora traduce eso en literatura, en imágenes fuertes y escenas intrigantes donde la claridad del estilo alcanza una gran hondura. Más cerca de Lispector, Elizondo y Robbe-Grillet, así como de la poesía como concreción y reflejo de la disolución del mundo, nos atrapa en su misterio sin dejarnos salir. No sé cómo expresar la peculiaridad de este libro, un libro bello, terrorífico y abismal.

¿Cómo se vive sin creer en nada? A veces, cedes ante la luz. Eres susceptible a la belleza. La luz del sol es un ejemplo. Luego pierdes esa capacidad. A cambio, miras alrededor para comprobar que la percepción engaña: ningún suceso tiene importancia. Construimos ilusiones para resistir. Bajamos la cabeza para que venga otro y nos la corte. ~

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