Ilustración: Hugo González

El libro no leído: Un paraíso ilegible

Todos lo hemos hecho. Alguna vez nos han preguntado, ¿y ese libro, ya lo leíste? Sin pensarlo mucho fingimos un sí. Esta serie de ensayos se enfoca en los libros que no hemos leído y que nos acompañan toda la vida como reclamos, como fantasmas. En esta entrega, Jorge Comensal habla del Paraíso de Dante.
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A diferencia de Borges, que se “figuraba el Paraíso / bajo la especie de una biblioteca”, de niño yo solía imaginarlo como una nube cubierta de sillones reposet. Desde esos cumulonimbos reclinables me vigilaban mis abuelos y los santos, la Virgen y Jesucristo. Así era el Cielo para mí: un asilo voyerista en la estratósfera; ni banquetes ni concubinas, como en la Yanna islámica, ni guerreros ni valquirias, como en el Valhalla nórdico. El mío era un paraíso tan desabrido que no fue difícil abandonar la esperanza de alcanzarlo tras la muerte.

En primer lugar culpo a esta insipidez celestial por desanimarme cada vez que intento ascender al Paraíso de Dante Alighieri. Disfruté el Infierno en la adolescencia, y luego volví a leerlo, junto con el Purgatorio, hace unos años. Reconozco que la Divina comedia es “una de las cumbres de la literatura universal” (Wikipedia dixit), pero subir la cuesta de sus versos no me emociona tanto como subir a cumbres como la Eneida, las Soledades o el Paraíso perdido. Confesar esto me avergüenza casi tanto como aceptar que me gustan los duetos de Ozuna (intérprete puertorriqueño de reguetón que los lectores de Dante probablemente no conocen).

No me pueden acusar de no echarle ganas a la Comedia: he recurrido a tres traducciones y cuento con el texto original para no perderme la experiencia acústica de los tercetos encadenados de Dante. He leído y escuchado varias veces la conferencia que Borges dedica al poema en Siete noches (incluso él reconoce que la intensidad del poema decae en ciertos lugares del Paraíso). Hay cantos que me fascinan (el famoso V, el XXVI, el XXXII del Infierno, el XIII y el XXVIII del Purgatorio), y a pesar de que el poema está plagado de pasajes sublimes (tanto en un sentido poético como narrativo), el avance se me vuelve cada vez más tortuoso y me derrota antes de salir del Paraíso terrenal rumbo a la Luna.

Sospecho que esta flaqueza también se debe al cambio de psicopompo en el canto XXX del Purgatorio, cuando Virgilio desaparece y Beatriz desciende en una nube de flores para tomar su lugar como guía de Dante (¿a poco no es sabrosa la palabra “psicopompo”, guía de almas?). Beatriz, de quien Dante se enamoró a los nueve años de edad, le habla con aires de majestuosa superioridad y con una dureza casi malvada (“regalmente ne l’atto ancor proterva”), aunque más adelante se muestre “gimiente y pía” (c. XXXIII). Dante nos la presenta como una dama santísima, gloriosa, tanto que me parece inhumana. Es demasiado pura como para ser chistosa (y mucho menos cachonda). Al lado de ella, lo confieso, no me dan ganas de hacer un tour por el Paraíso.

Como representante de la fe católica, Beatriz me remite al desencanto juvenil con la iglesia, a episodios tristes con un sacerdote excesivamente cariñoso y con legionarios de Cristo que se distinguían por su codicia, elitismo y maledicencia. Creo haber perdido la fe no tanto por las inconsistencias del relato bíblico como por el disgusto moral ante sus jerarcas.

Sin embargo, la Divina Comedia no está perdida para los incrédulos. Infierno, Purgatorio y Paraíso pueden entenderse como alegorías seculares de nuestra vida psíquica y social. Italo Calvino lo formula muy bien al final de Las ciudades invisibles: “el infierno de los vivos no es algo que será; hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos”. De la misma forma, podemos concebir un paraíso cotidiano, uno que hacemos estando juntos. Alguna vez lo visité y no supe reconocerlo. Gocé la compañía de maestros virgilianos y de una Beatriz mucho más simpática y alivianada que la dantesca.

Mientras no haya leído el Paraíso me sentiré culpable, inculto, pusilánime. A pesar de estos remordimientos, no estoy listo para hacerlo. Quisiera convocar a un grupo de amistades para que leamos, juntos y en voz alta, cada uno de los cien cantos que forman la Comedia. Podríamos aderezar las veladas con vino, queso, aceitunas; con micrófono y proyector en la pared, como si fuera karaoke. Podríamos contrastar traducciones, leer notas a pie de página, googlear a los personajes históricos del poema (en resumen: echar relajo). Podríamos disolver la pena en Chianti para desafiar a Dante recitando el principio del segundo canto paradisiaco, donde advierte (en versión de Abilio Echeverría): “”¡Oh los ansiosos de escucharme, cuantos / en frágil barquichuela habéis seguido / tras mi leño, que el mar cruza entre cantos, / volved al puerto del que habéis salido! / No os arriesguéis al piélago, que acaso / se ha de dar quien me pierda por perdido”. Para no hundirnos en el intento, podríamos construir, entre amigos, una barca más robusta, y zarpar rumbo al paraíso.

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