En abril de 2011 Álvaro Pombo, espigado y enérgico, participó en un mitin político y se hizo meme. Poco se recuerda de su intervención más allá de unas siglas que pronunció como un gruñido: u-pey-de, u-pey-de. Quince años después poco queda de esa rotunda figura: encorvado y con la piel pegada a los huesos, hoy el escritor apenas sale de casa, y cuando lo obliga algún compromiso literario — ya sea una presentación en una librería del barrio o el pleno semanal de la RAE— se desplaza en una silla de ruedas. Su universo físico se ha hecho exiguo y previsible. El intelectual, sin embargo, sigue siendo inabarcable. Ya sea en sus obras más recientes o en las raras ocasiones en las que se exhibe en sociedad, Pombo demuestra que su característico monólogo interior lleno de digresiones y paradojas sigue fluyendo con brío, cual río caudaloso y torrencial.
En los últimos años, cuando el mañana ya no se plantea con la certeza arrogante de la juventud sino como una duda razonable —algo que puede o no ser—, resulta tentador darse a la grafomanía, a dejar por escrito cuanto sea posible. Así, Pombo se ha entregado a una actividad literaria frenética para deleite de su editor. Esta es una grafomanía ejercida de forma vicaria: por esos achaques consustanciales a la edad, desde hace varios años Pombo ya no escribe —si entendemos escribir como un acto puramente mecánico—, sino que dicta. Quien escucha es Iñaki Laguna, un entrenador personal reconvertido en mecanógrafo que tiene el privilegio de recibir sin filtros, límpido y salvaje, el flujo de conciencia del autor santanderino. Su último trabajo ha consistido en transcribir los treinta y tres relatos profundamente pombianos del segundo tomo de los Cuentos autobiográficos, publicados el pasado mayo. Siguiendo el método del primer volumen, Pombo adopta en estos cuentos distintos nombres y fisonomías, pero no hay engaño posible: sus topos y obsesiones (la mujer, la muerte, la religión, la filosofía, la sexualidad, la familia, el terruño), todos están aquí.
Dice T.S. Eliot en East Coker, el segundo de sus cuatro cuartetos (la traducción es de Andreu Jaume): “En mi comienzo está mi fin”. Y también: “El hogar está donde uno empieza. A medida que envejecemos / el mundo se vuelve más extraño, más complicado el orden / de vivos y muertos”. En un artículo de 1988 para Diario 16, Pombo dejó constancia explícita de la influencia que ha tenido el poeta en su obra, expresándose con ese contrasentido tan suyo: “Eliot es uno de esos contrarísimos poetas-personajes en quienes uno llega a reconocerse casi por entero sin llegar a parecerse a él en casi nada”. El Pombo de ochenta y siete años acusa esa extrañeza ante el mundo de hoy y se guarece en el recuerdo del hogar.
El hogar donde Pombo empezó, ese stomping ground omnipresente en estos cuentos, es un espacio que limita al norte con el islote de Mouro, un peñón sobre las aguas del Cantábrico que guarda la bahía de Santander y cuyo faro, ya sin fareros, da fe de que el hombre ha conseguido vencer sus intrincados accesos. Al sur se extiende hasta la finca palentina de La Dehesilla, apenas un yermo castellano donde solo el milagro del regadío mecanizado hizo que allí brotasen las remolachas. Y entre ambos Santander, orgullosamente burguesa, que todavía se lamía las llagas de un fuego que en dos días de 1941 arrasó su casco viejo. Fue en ese hogar más bien reducido, pero infinito en la mirada de un niño, donde Pombo empezó a tomar conciencia de su poliédrica singularidad.
En ese hogar de los primeros años no habitaba aún, sin embargo, una autora que junto a Eliot —y tantos otros— fue crucial en la formación del Pombo escritor. En 1989, y también para Diario 16, escribía así sobre la íntima relación que estableció con Iris Murdoch a través de los libros de esta: “Lo más característico de esa familiaridad es un doble sentimiento, que cada nueva novela confirma, de verse adivinado y a la vez en condiciones de adivinar todo lo que ese autor piensa”. El relato El cuidado de don Ángel, en efecto, es una deformación grotesca de la ya de por sí grotesca novela de Murdoch Una cabeza cercenada. Desde hace más de cincuenta años la dublinesa ha sido para Pombo una inspiración, un norte, una llama que no se agota.
Pombo no es un autor fácilmente accesible, ni sus libros deben leerse con la atención distraída ni para coger el sueño. Aun con predisposición y la cabeza despejada, sus frases sinuosas pueden requerir de varias lecturas para captar, al menos, una fracción de su esencia. Con estos relatos, más enjundiosos que los del primer volumen, han sido varias las ocasiones en las que he tenido que hacer una pausa, a veces de varios días, para asimilar qué estaba leyendo. El universo de Álvaro Pombo es extraño, sí, pero fascinante.