Los viajes en el espacio son viajes en el tiempo. Cuando voy al extranjero suelo entrar en algún supermercado. Siempre me sorprende que haya sitios donde la cadena Spar sigue siendo importante.
Desde 1962 hasta su jubilación, a finales de los 80, mi abuelo trabajó en Spar. Era cajero jefe en la oficina de Avenida de Cataluña. Antes había sido muchas otras cosas: niño enfermo de polio, masovero, listero de mina, comerciante de tejidos, dueño de una carbonería (y una oca) que adquirió porque le habían dejado algo a deber, comercial y chapuzas/proto servicio técnico en una empresa de aparatos de peluquería, donde según mi abuela las peluqueras decían que “no se le burlaba nada”. Luego revendió chatarra sobrante de la fabricación de la base estadounidense. Le ayudaban chavales del pueblo que estaban haciendo la mili en Zaragoza. Con lo que sacó pagó parte de la entrada del piso y mis abuelos se pudieron casar. El dormitorio lo hizo con sus manos, como Ulises.
Spar es una empresa holandesa, su nombre significa abeto, sugiere ahorro y las siglas indican algo así como “a través de la cooperación conjunta todo el mundo se beneficia regularmente”.
Cuando trabajaba allí, mi abuelo iba a comer a casa y luego a la vuelta se quedaba dormido en el autobús. El conductor decía al acercarse a su parada: “El cajero de Spar, que se despierte, que ya hemos llegado”.
Parece que un día entraron a robar en la oficina y no estaba mi abuelo, que era el único que conocía la combinación de la caja fuerte, así que los ladrones se fueron de vacío.
Algún viernes por la tarde íbamos a recoger a mi abuelo con mi madre y mi hermana, en el R8 que mi madre compartía con sus hermanos. A mi abuelo le gustaba contar que decían en la oficina: “Se le cae la baba, pero qué nietos tan majos”.
Al oír estas historias (o la anécdota de que, en un reconocimiento médico, mi abuelo había ganado en contorno de pecho a todas las secretarias), mi abuela decía a veces: “Qué exagerado eres Leoncio. Y luego dicen de los andaluces”.
Mi abuelo se jubiló por anticipado tras sufrir un accidente. El local donde estaba el Spar más cerca de casa de mis abuelos, y donde trabajaron de jóvenes algún verano mi madre y sus hermanos, fue cambiando de nombre. Una época tuvimos la inercia de ir al supermercado que hubiera. Luego ya no.
Cuando empecé el instituto me fui a vivir con mis abuelos. Un día mi abuelo, que apenas podía andar ya y no salía de casa, me hablaba orgulloso de las horas extra que había hecho. A mí me parecía incomprensible.
Ahora, veo un Spar en el extranjero y no suelo entrar, pero pienso -aunque no sé si es verdad- que me alegra que vaya bien el negocio.
Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.