Ilustración: Manuel Vargas

The happy few: leyendo a Stendhal

La décimo séptima entrega de la serie es sobre Stendhal, quien sabía que su público ideal, el de las pocas personas felices, era necesariamente minoritario.
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La anécdota, contada por el propio autor en Roma, Nápoles y Florencia, es bien conocida: al contemplar los frescos de la iglesia de Santa Croce, en Florencia, Stendhal es presa de una gran emoción; se le acelera el pulso, siente vértigo, se marea y está a punto de desmayarse. Así nace lo que posteriormente la psicología bautizaría como el Síndrome Stendhal, o sea, una reacción psicosomática extrema frente a una gran obra de arte. Sin embargo, creo que podríamos hablar de otro Síndrome Stendhal: el causado por él mismo y la fascinación por su obra. Yo lo contraje la primera vez que leí Rojo y negro y espero no curarme nunca.

Leí Rojo y negro relativamente tarde, o sea, no en la adolescencia, cuando leía, enfebrecido, a los novelistas rusos, sino un poco después, a los veintidós o veintitrés años. Un buen día, en una librería de uso que había en la esquina de mi casa y en la que adquirí muchos libros, La Rueca de Gandhi, aparecieron decenas de volúmenes empastados en piel de la vieja editorial Calpe (Compañía Anónima de Librería y Publicaciones Españolas), antes de fusionarse con Espasa. Compré varios, entre ellos el de Rojo y negro (Madrid, 1919), que cumplió hace poco cien años. Es un volumen grueso, con pasta española, dividido en dos tomos y que desprende un inconfundible olor a piel y papel viejo. Sobra decirlo, todo verdadero amante de los libros ama también sus olores y es capaz, en los mejores casos, de distinguirlos por ellos; a la fecha, cada vez que compro un libro, aunque sea nuevo y materialmente no valga nada, lo primero que hago es abrirlo a la mitad y oler sus páginas.

Poco tiempo después de publicar Rojo y negro, en 1830, Stendhal escribió que jugaba una lotería cuyo premio mayor era ser leído en 1935. Esa lotería ya la ganó sobradamente y, de hecho, está a punto de duplicarla, pues la novela, qué duda cabe, será leída en 2035. Stendhal es un hombre de, por lo menos, tres siglos: hay un Stendhal dieciochesco, ilustrado y libertino; hay un Stendhal decimonónico, romántico y realista, y el Stendhal plenamente moderno, el ganador de la lotería, del XX. Podríamos preguntarnos ahora si logrará abarcar también el XXI, pero la pregunta correcta sería más bien: ¿será el siglo XXI digno de Stendhal? Confío que sí.

Los lectores de novelas bien podrían clasificarse en tres clases según la Santísima Trinidad de la novela francesa: los que prefieren a Balzac, los partidarios de Flaubert y los que aman a Stendhal. Yo soy, desde aquella primera y fervorosa lectura del Rojo, un stendhaliano incondicional.

Henri Beyle, verdadero nombre de Stendhal, fue un novelista más bien tardío. Podríamos decir, parafraseando a Píndaro, que le tomó tiempo convertirse en el que era. Antes de adoptar el nom de plume que lo haría famoso, ensayó muchos otros: Dominique, Salviati, Barón de Cotandre, William Crocodile… Pionero de la heteronimia, había en él una tenaz voluntad de ocultarse y ser otro. “Con gusto usaría una máscara y me cambiaría de nombre”, escribió alguna vez. Publicó Rojo y negro cuando tenía cuarenta y siete años. Antes había publicado libros de diletante sobre música (Vidas de Haydn, Mozart y Metastasio), pintura (Historia de la pintura en Italia) y libros de viajes (Paseos por Roma). Sin embargo, es el típico caso del escritor que, siendo un narrador de raza, necesitó un largo tiempo de maduración para dar sus mejores frutos, que luego fueron apareciendo, uno tras otro, sin aparente esfuerzo: Rojo y negro, Vida de Henry Brulard y La cartuja de Parma. Leonardo Sciascia, novelista italiano y eminente stendhaliano, dice en su libro Adorable Stendhal que el stendhalianismo tiene tres etapas: en la primera prefieres Rojo y negro, luego pasas a La cartuja y finalmente reconoces que lo mejor es el Henry Brulard. Gustándome las tres, será que aún no paso de la primera, porque me sigo inclinando por el Rojo, aunque me queda claro que el futuro pertenece al Henry Brulard –ese será, creo yo, el Stendhal del siglo XXI–, esa autoficción antes de la autoficción.

Julien Sorel, el protagonista, es el primer héroe novelesco plenamente moderno: complejo, contradictorio, problemático. Alguien podría calificarlo de egoísta, ambicioso, hipócrita y oportunista, y tendría razón, y otro podría decir que es generoso, noble, franco y desinteresado, y también tendría razón, porque es todas esas cosas y más. Julien –muchacho de orígenes humildes, devoto admirador de Napoleón, cuyo talento e inteligencia le permiten un ascenso meteórico, si breve, en la Francia de la Restauración– representa, ante todo, la energía y la ambición de la juventud. Rojo y negro –Stendhal todo– es, en ese sentido, eminentemente juvenil. ¿Y qué joven con sangre en las venas no ha sido, en un momento u otro, como Julien? La primera vez que aparece en la novela lo vemos trepado en una viga del aserradero de su padre, leyendo. La imagen es emblemática de su destino: Julien estará siempre solo, más alto. Es precisamente esa singularidad la que lo hace sobresalir, pero también la que lo vuelve víctima de odios y envidias.

En su Diario, Stendhal escribió una vez que él seguramente no sería nunca un buen novelista porque no le gustaba describir. La descripción, a veces morosa, de personajes y objetos –pace Flaubert– es, en efecto, una de las principales características de la novela realista del siglo XIX. Paradójicamente, es esa aversión a las descripciones y la inclinación decidida por la narración la que creo que hace a Stendhal tan moderno. Porque Stendhal, como novelista, es, ante todo, un extraordinario narrador de acciones, que se suceden una a otra con un ritmo vertiginoso. Por esto, con razón Ortega y Gasset lo llamó “el archinarrador ante el Altísimo”. Pocas obras ejercen de tal forma el embrujo de lo novelesco como la suya.

Sin embargo, por lo que más amo a Stendhal es por su filosofía vital, el beylismo, que se trasluce en cada una de sus obras. En otra entrada de su Diario, a propósito de un amigo suyo que penaba excesivamente de amores, escribía: “Crozet sigue enamorado de A… está triste y entristece a los demás. Se lo digo a cada rato para volverlo un poco beylista, pero se resiste. La voluptuosidad nunca tendrá en él un adorador verdadero. Me parece casi irrevocablemente consagrado a la tristeza”.

¿Qué es el beylismo? Antes que nada, la persecución de la felicidad, le bonheur, palabra con un significado muy especial en la obra stendhaliana. Comienza, por lo tanto, por un rechazo categórico a los encantos de la tristeza, la melancolía, la gravedad y el sufrimiento (todos ellos ídolos del Romanticismo), y una afirmación no menos categórica de la alegría, el entusiasmo y el placer. El beylismo es un epicureísmo y un hedonismo. ¿Cuáles son las fuentes de la felicidad stendhaliana? Los placeres sensuales de la naturaleza, la comida y la bebida; los intelectuales de la imaginación y la creatividad; la emoción estética dada por la literatura, la pintura o la música; la amistad, el amor y el sexo. La felicidad sería una mezcla afortunada de sentidos, imaginación, intelecto y voluntad (esta última resulta fundamental pues a la dicha hay que buscarla activamente y no esperarla sentado), y el beylista una persona radicalmente individual, independiente, que se forma sus propios juicios, auténtica, franca, introspectiva y resuelta.

Stendhal sabía que su público ideal era forzosamente minoritario, que las almas afines a la suya no abundaban. Por eso, a partir de cierto punto, puso a todos sus libros la misma dedicatoria: “To the happy few”. Esa minoría feliz es el auténtico público stendhaliano. La frase probablemente la tomó del Enrique V de Shakespeare. El rey arenga a sus tropas antes de una dura batalla: “we few, we happy few, we band of brothers”. Y los lectores de Stendhal, a lo largo y ancho del mundo y a través del tiempo, constituyen también una especie de fraternidad.

Cuando voy a París, me gusta darme una vuelta por el cementerio de Montmartre, donde está enterrado Stendhal, que murió fulminado en plena calle por una apoplejía –como él había pedido en Los privilegios, una muerte rápida y sin dolor– el 23 de marzo de 1842. Su epitafio, última máscara, reza: “Arrigo Beyle. Milanese”. Después, tres verbos: “Escribió. Amó. Vivió”. La tumba siempre tiene flores.

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