Toda clase de humanos

No hay dos cosas más diferentes en este mundo que las subjetividades de dos humanos distintos.
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Yo me digo que todos los humanos somos hermanos, y de ahí deduzco el resto, pero luego me quedo sorprendida con algunas prácticas y movimientos que me resultan tan ajenos que no sé cómo defender la filiación. Pondré un ejemplo que creo que no ha causado muertes, sobre una noticia que he leído hace poco. Para la promoción de una película de Hollywood se fabricaron unos recipientes especiales con la forma de un animal de la película, que servirían para llenarlos de palomitas y que se vendían por veinte euros adicionales con la entrada al cine. Resulta que hubo gente que compraba varios de esos recipientes, más de los que necesitaba para comer su ración de palomitas, con la idea de hacerlos desaparecer y venderlos luego más caros. Su plan de acaparamiento funcionó y se generó un mercado negro de recipientes, por los que, según he leído, se ha llegado a pagar 2.400 euros (por unidad). La verdad es que es asombroso que alguien pague esa cantidad por un cuenco de plástico no muy bonito −aunque dejaré fuera, por subjetivo, este juicio estético−, fabricado en serie. Me pregunto si no se podría hacer, por menos dinero, un prototipo con una impresora en 3D, en el caso de unas ganas irresistibles de poseer el cuenco. De todos modos, me doy cuenta ahora, mientras escribo, de que es probable que los compradores dispuestos a pagar precios mucho más altos por los cuencos no lo hacían movidos por su deseo de tenerlos, sino seguramente porque pensaban que, si los revendían a su vez, aún podrían sacar más beneficio. 

Lo releo y me parece un thriller inmobiliario.

Sean cuales sean los motivos de que estén dispuestos a esos desembolsos, me digo que no se pueden juzgar las pasiones ajenas y que el prójimo quedaría a su vez extrañado si supiera lo que yo he llegado a hacer por las mías, aunque si ahora me preguntasen no sabría qué contar. Pero todo esto me lleva a pensar en la variedad de la experiencia humana y en que no hay dos cosas más diferentes en este mundo que las subjetividades de dos humanos distintos. De lo más interesante y misterioso es cómo percibe cada cuál el mundo. Por eso apasionan las novelas o las películas. Pero no me refiero solamente a los sendos puntos de vista desde los que dos personas juzgan un mismo proceder, sino a las sensaciones más inmediatas, entre lo físico y lo anímico, como por ejemplo qué diferente es despertarse con sed en mitad de la noche si vives en un castillo en Aquitania en 1350, en una cabaña junto al Nilo en 1638 a. C. o en una comuna en Berkeley en 1969.

La percepción casual y fugaz, antes de ser intelectualizada, de cada ser humano de la miríada de cosas que le pasan a diario es un valioso patrimonio universal. Y que no sepamos cómo archivarlo ni compartirlo es una parte fundamental de nuestra naturaleza y determina nuestra manera de vivir. El hecho de que las percepciones sean tan íntimas y particulares debe de estar relacionado con esa fraternidad universal.

Juego entonces a elegir parejas de humanos con percepciones dispares. Es como elegir personajes. Por ejemplo, un carnicero de Bari de 26 años alérgico al heno al principio de la primavera de 1720 y una anciana buceadora japonesa pescadora de perlas retirada (1874). Una diseñadora de los juguetitos montables que venían dentro de huevos de chocolate en los años 90 y una geisha caída en desgracia y con tendinopatía en Sapporo. Pero quizá lo importante no son los atributos de esa clase sino las circunstancias. Varón de diecisiete años recién despertado de una siesta por un fuerte ruido seco en un pueblo en la ribera oeste del lago Victoria, a mitad de la tarde, a mitad del mes de abril y varón de cuarenta y nueve años con seis dioptrías de miopía esperando a que escampe antes de hacerse de noche para salir de la taberna donde ha cenado un plato muy grasiento en Gotinga también a mitad de abril, ambos en 1856. 

No sé si me ha salido el experimento, porque ahora sus diferencias me parecen minúsculas y ridículas. Y siento saltar de tema en tema, pero para elegir la ciudad del carnicero alérgico, que me apetecía que fuese del sur de Italia, he buscado en un mapa y he visto algo que me ha llamado la atención. Cerca de Bari hay una pequeña ciudad que se llama Bitonto. Aparece rodeada por una circunferencia perfecta. Imagino que se trata de una vía de circunvalación, que por cierto en el lado oriental tiene un tramo interrumpido, sin carretera. Es algo rarísimo que recomiendo observar. Por supuesto la ciudad se desparrama un poco a su aire en un crecimiento que supongo más o menos espontáneo, pero da la sensación de ser el centro justo del círculo. Es verdaderamente llamativo e inspira ganas de recorrerlo en moto. 

Luego es muy fácil de encontrar que se llama strada poligonale de Bitonto, y que se construyó entre 1946 y 1948 para facilitar la conexión entre las distintas carreterillas que partían en estructura radial del centro de la ciudad hacia los campos vecinos, y cuando me fijo me doy cuenta de que esa red, como chocolate fundido que cayese sobre un merengue picudo, es lo impresionante de verdad. Justo hace dos días estaba mirando un plano de Vigo y vi que a Cunqueiro le han dedicado una calle también circular. ¿Y qué quiere decir Cunqueiro? Que hace cuencos.


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