1001 usos de la mentira

El gobierno de Sánchez era célebre por su manejo de la comunicación, pero parece haber perdido ese control ante los casos de corrupción.
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La principal virtud del gobierno de Pedro Sánchez ha sido el manejo de la comunicación. Es verdad que tenía ventajas, como recursos publicitarios, una complicidad que a menudo se convierte en servidumbre voluntaria y la torpeza de sus oponentes, pero eso no anula su mérito. En los últimos tiempos parece haber perdido ese control ante la profusión de tramas y problemas judiciales.

Intenta repartir los papeles. Así, tiene figuras que tratan de conservar el principio del decoro poético, como el ministro Carlos Cuerpo, y otras que no se sienten vinculadas por ninguna atadura institucional o fáctica, como Óscar López, y ni siquiera civilizatoria: es el caso de Óscar Puente. 

Otros repiten las excusas de hace tres o cuatro semanas, como si no les llegaran bien los datos al teléfono. Es el caso de la ministra de Ciencia Diana Morant. Cuando ya sabemos que Leire Díez se reunió con el número dos de la Fiscalía General del Estado o con la directora general de la Guardia Civil con la intención de desacreditar y chantajear a funcionarios que realizaban investigaciones incómodas para el Gobierno, la ministra sigue diciendo que era una outsider. Quizá Morant se equivoca sistemáticamente al abrir los argumentarios. O quizá lo hace para que las viejas trolas no dejen de circular: mejor que sigan ahí, porque siempre hay gente dispuesta a creerlas.

Otro truco consiste en diluir. Las joyas de Zapatero se presentan como un regalo (antes eran una herencia, etc.). El presidente pretende que no se sabía qué hacer en esos casos, eran otros tiempos. La apropiación ilícita no era un problema, tampoco lo es no declarar a Hacienda esas posesiones. Y cómo iba a sentirse vinculado el expresidente por el Código de Buen Gobierno que aprobó, vaya, su Gobierno. Si hace falta, oiremos que el soborno o el asesinato no tenían reproche social ni legal en España hasta el momento que convenga al presidente y a sus asociados. 

Otras veces la chatarra argumental es aún más evidente, porque se aplica a cuestiones donde no hay incertidumbre. Las elecciones, dice Sánchez, no se adelantan porque las legislaturas duran cuatro años. Ya sabemos que ha adelantado elecciones antes, siguiendo el mecanismo previsto, y que incumple el mandato constitucional de presentar presupuestos.

No son argumentos destinados a convencer a los ciudadanos, y ni siquiera a enardecer a los partidarios del Gobierno. Son, como explican Ivan Krastev y Stephen Holmes a propósito de Putin, mentiras descaradas, cuyo principal propósito es la provocación. Cuanto más ridícula y escandalosa es la explicación, mejor. Prefieren que hablemos de las mentiras que cuentan a que pensemos en los hechos que intentan ocultar.

Publicado originalmente en El Periódico de Aragón.


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