Foto: Eneas de Troya, flickr.com/photos/eneas/6939679902, CC BY 2.0

La casa gris y el “pacto de impunidad” con la mayoría

Diversos escándalos de corrupción no han mermado la aprobación presidencial. El problema es que esa aprobación se ha interpretado como un permiso para que haya cada vez más arbitrariedad, opacidad y autoritarismo desde el gobierno.
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 “Perdió el control de la narrativa y de la agenda”. “Se le acabó el discurso”. “Está errático”. “No saben hacer manejo de crisis”. “Les salió peor el control de daños que el escándalo”. “Terminaron agravando el problema”. “No tiene buenos asesores”. Conclusiones y juicios como estos abundan en los espacios de opinión política en estos días en los que el escándalo de la “Casa Gris” acapara la atención.

Si creemos que el presidente debe seguir reglas y rituales de comunicación institucional para gobernar para todos, rendir cuentas de sus actos y preservar la confianza en las instituciones de gobierno, es fácil concluir que López Obrador está cometiendo todos los “errores” posibles:

  • A pesar de no estar directamente involucrado en la renta de la casa en Houston, personalizó el problema, en vez de tratarlo institucionalmente.
  • Priorizó la defensa de su familia sobre el cuidado de la legalidad y del prestigio y confianza en las instituciones.
  • Abusando del poder del Estado, ataca y amenaza reiteradamente a Carlos Loret de Mola y a otros periodistas, y viola abiertamente la Constitución y la ley al revelar información que debe ser resguardada.
  • Lleva el conflicto con los medios al límite en el momento en el que más requiere cobertura positiva.
  • Abrió nuevos flancos que están afectando las relaciones exteriores del Estado mexicano, como ofender a España o acusar a Estados Unidos de financiar a sus “adversarios”.

Lo que para unos son errores, para AMLO es estrategia, porque el presidente es en realidad un líder demagógico que no sigue los manuales de comunicación profesional de un gobierno democrático. Él es un populista que sigue una estrategia inescrupulosa, calculada y eficaz de propaganda dirigida a manipular la percepción del ciudadano. De este modo, él:

  • Adapta la realidad a su narrativa demagógica. Por eso ha convertido el escándalo de su hijo en un episodio más de la lucha épica entre el “bien” y el “mal” que forma la base de su relato.
  • No pierde la narrativa; al contrario, la refuerza y la lleva al extremo, usando el lenguaje como un arma cada vez más agresiva para deslegitimar e intimidar a la prensa libre, a los críticos y a la oposición, a los que trata con la furia y el odio que merecen los “traidores a la Patria”.
  • Se victimiza permanentemente. Recurriendo al drama y al argumento ad misericordiam, evita que la discusión se centre en el abuso de poder de sus familiares cercanos y logra que se enfoque en sus emociones y sus “buenas intenciones” como redentor de los desposeídos.
  • Satura la conversación pública en los términos que él dicta. Por eso convirtió el escándalo de su hijo en una confrontación personal entre él y Carlos Loret de Mola y se dedica todos los días a polarizar y avivar las llamas de ese conflicto, obligando al ciudadano a tomar partido o alejarse del asunto.
  • Recurre a la desinformación, dando a conocer cifras sobre los ingresos de Loret que no tienen sustento en la realidad y acusando falsamente al gobierno de Estados Unidos de financiar opositores.
  • Llama a sus subordinados políticos a entrar a la batalla, llenando el ambiente de una cacofonía de insultos y descalificaciones que terminan por hacer que el ciudadano concluya que “ambos lados están mal”.

Aún no se levantan suficientes encuestas para medir la reacción social ante el escándalo de “La Casa Gris”, pero puede anticiparse que el costo para AMLO será transitorio y menor. Una encuesta del diario El Economista ya muestra que 55% de la gente piensa que, aunque la investigación sea cierta y su hijo haya hecho algo malo, “el presidente no tiene la culpa”. Expertos en opinión pública como Francisco Abundis nos recuerdan que, en el pasado, los reiterados escándalos de corrupción y abuso de poder del círculo cercano a AMLO no han impactado en su aprobación. 

Esto es consistente con lo que ha sucedido a lo largo del sexenio ante crisis más graves que han costado vidas, salud y bienestar a millones. La mayoría cree, por ejemplo, que el presidente no tiene la culpa del desastroso manejo de la pandemia. Su aprobación –que promedia 64%– refleja que la gente también lo exonera de la recesión económica, de la terrible crisis del sistema educativo, de la destrucción del sistema de salud y de la inseguridad y la violencia. Si 600 mil muertos por la pandemia no le han generado un costo, tener un hijo que vive en Estados Unidos como rico no tiene por qué ser diferente.

La relación entre AMLO y sus seguidores no es transaccional, es decir, no es una relación en la que él da buenos resultados y, a cambio, recibe aprobación. Se trata de una intensa relación emocional cuyo sólido cemento está hecho de una mezcla de esperanza en el futuro y resentimiento contra un “enemigo común”. Quienes apoyan a AMLO le perdonan todo, porque creen que todo vale la pena con tal de castigar a quienes ven como responsables de sus agravios. Además, a estas alturas del sexenio muchos de esos seguidores han hecho una elevada inversión emocional en López Obrador. Han cerrado los ojos a la evidencia, se han alejado de amigos y familiares y se desgastan en discusiones cada vez más agrias. Apoyarlo es ya parte de su identidad, por lo que sienten que no pueden simplemente decir “me equivoqué” y comenzar a criticarlo.

El problema es que el presidente está convencido de que esa aprobación mayoritaria le da permiso para ser cada vez más arbitrario, opaco y autoritario. El “pacto de lealtad” entre López Obrador y la mayoría de la sociedad mexicana se ha convertido en un “pacto de impunidad” cada vez más nocivo. Por eso, se puede anticipar que el desenlace del escándalo de la “Casa Gris” será muy bueno para el presidente… y muy malo para México.

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