Señor presidente, ¿es usted un alcohólico?

El periodismo echa mano del rumor. Todo el tiempo. Pero ejercer la profesión se funda en investigar, en buscar sustento antes de difundir; en pedir una prueba sólida a quienes acusan antes que exigir explicaciones al inculpado.
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Lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas por el resto de su vida. Nuestras palabras pueden destruirlas. Ryszard Kapuściński. Los cinco sentidos del periodista

 

Lo que escribimos sobre las personas se queda con ellas por

el resto de su vida. Nuestras palabras pueden destruirlas.

Ryszard Kapuściński. Los cinco sentidos del periodista

 

La anécdota a cuento. El pasado 4 de febrero, diputados del PT desplegaron en el Salón de Plenos de la Cámara de Diputados una manta con faltas de ortografía en la que se reproducía una diatriba del diputado Gerardo Fernández Noroña, quien afirma que el presidente Felipe Calderón es un borracho.

Sin fundamento sólido que respaldara esa afirmación, excepto el escarnio y los comentarios en las redes sociales, la periodista Carmen Aristegui dio por bueno el rumor y en su espacio radiofónico lanzó a Presidencia una pregunta a la que exigió respuesta seria, formal y oficial: ¿tiene o no Felipe Calderón problemas de alcoholismo? Dos días más tarde, bajo el argumento de que Aristegui habría transgredido el código de ética firmado con MVS Radio, al dar por válida una presunción, la empresa dio por terminada la relación contractual entre ambos.

Hasta el momento del cese de la conductora, su caso ameritaba una discusión seria sobre responsabilidad periodística, más allá del debate legítimo acerca del derecho de la gente a saber sobre asuntos de interés público. Asumir que en periodismo no hay pregunta prohibida (como se repitió innumerables veces) no es sino retórica vacía y superficial, por tanto que refleja una visión complaciente y poco autocrítica del alcance de nuestro trabajo.

El periodismo echa mano del rumor. Todo el tiempo. Pero ejercer la profesión se funda en investigar, en buscar sustento antes de difundir; en pedir una prueba sólida a quienes acusan antes que exigir explicaciones al inculpado. Esa es muestra de responsabilidad frente a las audiencias.

En poco más de cuatro años de la actual administración, no existe registro de que el presidente Calderón se haya ausentado de acto público alguno por motivos de salud, nunca se le vio ejerciendo funciones de gobierno en estado inconveniente o particularmente desarticulado para sospechar que estuviese intoxicado. El derecho de la audiencia a saber, sin recurrir a la ofensa y a la caricaturización —como explicó Aristegui—, se vulnera justamente cuando la base del periodismo que se alega ejercer es un rumor que ofende y caricaturiza al personaje.

La imputación sobre el supuesto alcoholismo de Felipe Calderón, atribuida a diversas fuentes (voceros oficiosos de Andrés Manuel López Obrador incluso presumían ser los responsables), en realidad parece haberse incubado en la frustración de un grupo que encuentra en la humillación del presidente una revancha mezquina que no satisface ningún cuestionamiento de fondo a sus errores en la conducción del gobierno.

Desde el momento en que MVS hizo público el despido de Aristegui, comenzó a especularse sobre “las verdaderas razones” por las que se le corría de MVS, pero fueron nada menos que periodistas “serios” quienes se apresuraron a divulgar mentiras. La versión de que la empresa había pedido a Carmen ofrecer una disculpa pública, fue enriquecida por Lydia Cacho, quien sin pruebas difundió que la carta de disculpa había sido escrita directamente en Los Pinos. Unas 14 horas después de que el nuevo rumor había contaminado la discusión, la escritora tuvo que enmendar la versión y disculparse en el entendido de que “una cosa es mentir intencionalmente y otra diferente opinar con información parcial”.

Otro ejemplo, es el comunicado de la organización Reporteros sin Fronteras que lleno de adjetivos y suposiciones emitió un juicio sobre la responsabilidad de la autoridad federal antes de que la supuesta afectada se hubiera siquiera manifestado.

En la conferencia de prensa ofrecida por Aristegui el miércoles 9 de febrero en Casa Lamm, ésta no solo culpó al gobierno federal de ejercer presiones para su salida, sino que desdeñó el principio cardinal que decía defender, al negarse a responder preguntas de los otros periodistas. De la misma manera que MVS no acreditó la violación al código de ética cometida, ella omitió presentar pruebas de su dicho y exhibir la carta supuestamente elaborada para “satisfacer la ira presidencial”. Palabra contra palabra, ni más ni menos.

Lo mismo pasó en enero de 2008, cuando después de cinco años al aire, la conductora dejó los micrófonos de W Radio, una vez que Javier Mérida, director general de Televisa Radio, y Daniel Moreno, en ese entonces director la estación, decidieron en definitiva no renovarle el contrato después de un año de negociaciones fracasadas.

Pese a contar con cuatro horas enteras en su noticiario, durante aquella despedida la periodista tomó apenas cuatro minutos para explicar a su audiencia las razones por las que dejaba la conducción del matutino. Aristegui fue vaga en los cambios específicos que W Radio le pedía. No detalló, por ejemplo, que estos cambios consistían en modificar cláusulas del contrato referentes a cambios en el modelo de su noticiario que entre otras cosas consistían en respetar cortes comerciales, no decidir unilateralmente qué pautas publicitarias contratadas por los anunciantes se pasaban y cuáles no mientras ella estaba al aire, y permitir que se incluyeran resúmenes informativos cada hora.

Tampoco habló de censura; para ello esperó a hacerlo en una entrevista con el semanario Proceso en la cual sí se usaron términos como “acoso gradual” y “silenciamiento”, pero convenientemente se omitían los términos que se le pedían renegociar y las razones de la empresa para hacerlo (como la caída de 50% de su audiencia entre 2007 y 2008).

Como afirmaba Ikram Antaki, nos hemos constituido en un poder mediático-jurídico ignorante, inculto, que destroza reputaciones y para el que la repetición de una mentira le tuerce el cuello a la demostración. Hemos puesto —decía ella— toda la sabiduría popular y los dichos al servicio del linchamiento público y hemos permitido que la verdadera historia de este país sea no otra cosa, sino lo que se ve por el ojo de la cerradura.

El fin del espacio de Carmen Aristegui es una pérdida, sin duda; con su salida se acaba uno de los espacios que aportaban a la diversidad de la radio y por esa razón MVS Radio, como la propia conductora, tienen una responsabilidad con el público: explicar. Lo demás es un acto de fe, que limita cualquier otra discusión sobre la responsabilidad del periodista.