Como la vida misma

AÑADIR A FAVORITOS

 

Ya sé que usted, como todos los periodistas, quiere saber qué fue exactamente lo que ocurrió y cómo. Reconstruir los hechos y ver si eso arroja una verdad. Hay muchos testigos y no le será difícil armar un relato coherente. El problema, supongo, será lograr que los hechos hablen. Porque si bien en principio todo esto tiene una fácil explicación, o más de una, en el fondo verá que hay algo inexplicable, incapaz de ser atrapado por el sentido. Como la vida misma, por cierto.

Soy el cuidador de las canchas del estadio. No me pagan mucho y me hacen correr un montón, Elizardo por aquí, Elizardo por allá, pero heredé este trabajo de mi tata, Dios lo tenga en su santa gloria, y aquí me he de morir. Todos los días, por la mañanita, recibo una planilla con la lista de quiénes utilizarán las canchas auxiliares. Hay campeonatos de todo tipo, ligas intercolegiales, torneos fabriles, interbancarios, no aficionados A, prácticas de los equipos de primera, de segunda, un largo etcétera. ¿Fuma?

El partido del sábado es una tradición bien larga pues… Cuándo habrá comenzado, no lo sé. ¿Una latita más? Después la paramos… Está abierto a todos los ex futbolistas profesionales. Yo vengo desde hace tres años… Como muchos, vengo con mi familia. Mi mujer, los hijos. Una especie de reunión de camaradería. Alguno trae sandwiches de chola, otro refrescos… Se acercan las anticucheras, aparecen los heladeros y los dulceros, y muchos espectadores, un clima de partido de verdad. Cruzamos apuestas, algunos billetes, a veces la cuenta de la comida después del partido.

Elizardo. Elizardo Pérez. ¿Ya se lo dije? Hay tantos partidos y canchas, a veces se producen confusiones. Así que no sólo cuido las canchas sino que me encargo de aclarar las confusiones, mandar a éstos a la cancha de por allá, a los otros a la de más acá. A veces vienen coladores, tipos que no han alquilado cancha y quieren jugar un amistoso, y los tengo que sacar. A veces no me hacen caso. Estoy solo pues, no tengo ayuda de las fuerzas del orden, ¿qué puedo hacer? Veo uno que otro partido, pero minutos nomás, todo un correteo es pues.

Vienen jugadores que estuvieron en la selección nacional, como Cordero, famoso porque una vez le metió un golazo a Brasil en el Maracaná. De cuarenta metros, la mandó a guardar… Viene en su BMW, le ha ido muy bien, colgó los cachos y abrió una escuela de fútbol y ahora tiene como seis tiendas de ropa deportiva en todo el país. Es de los pocos, la mayoría siempre anda peleándola, con deudas, con problemas… Pantoja, por ejemplo, bien dado a los alcoholes es, cualquier rato le rematan la casa. Qué gran arquero que era, que ágil, un tigre. ¿Lo vio atajar en los River Boys? Seguro que sí. Dígame, ¿ha visto algo más triste que un ex futbolista? Usted debe andar por los treinta y cinco, si no me equivoco. Treinta y cuatro, qué le dije. Y está recién comenzando a ser conocido y con todo por delante… Nosotros, a esa edad, estamos jubilándonos. Y tenemos media vida por delante para vivir de recuerdos. A veces me sorprendo cabeceando al aire, como si estuviera en medio de un partido. Otras noches me viene el insomnio cuando revivo una mala jugada mía que ocasionó un penal, y trato de construir una historia paralela en la que llega a destino mi pase retrasado a un compañero de defensa. Es duro. Friecita, como me gusta, ya se abrió la tripa, agarrate Catalina que vamos a galopar… Ahora, nada de eso justifica lo que ocurrió el sábado. Así que no se confunda y no crea que estoy tratando de buscar excusas para Portales.

Lo que jamás me pierdo es el partido de los sábados de los de la mutual. Juegan en la mejor de las canchas que tenemos, la grama bien cuidada, las rayas marcadas. Ahí sí, me pueden estar llamando porque se armó una bronca en el otro costado, no me muevo ni a palos. Un lujo, ver en acción a las viejas glorias del fútbol nacional. Ya están viejitos, no corren mucho, una barriga que da miedo, pero igual, el que sabe, sabe y punto. Cómo tratan a la redonda, con qué elegancia. Son eufóricos, se toman su fútbol bien en serio, cualquiera diría que están jugando la final de un campeonato profesional. Es que el fútbol es nomás una gran pasión. Aun así, jamás hubiera pensado que llegaría a ser testigo de lo que presencié el anterior sábado. De sólo acordarme me da escalofríos.

A Gerardo Portales lo conocemos como Gery. Gran delantero, oiga, tan grandote, lo mirás y decís un tanque cualquiera, y sin embargo un nueve de esos con una gambeta loca y un oportunismo que ni Tucho. Jugué con él tres años. Tipango además, siempre un chiste, una sonrisa, una travesura en los camarines. Le gustaba imitar a los locutores, destapar el tarro de las esencias, le pesan las botas, un partido de ida y vuelta, coleccionaba esos dichos. Decite que una vez ocultó los cachos de todos los defensores antes de un partido clave contra el Bolívar. Mantuvo la joda hasta el final, por poco se tuvo que suspender el encuentro. Lástima que se rompió los ligamentos de la rodilla derecha en la plenitud. Pudo volver a jugar, pero ya no fue el mismo. No pisaba bien, las peores lesiones son las de la rodilla. Además la sicológica, tenía miedo y no le entraba con fuerza a la pelota. Una sombra del que fue. Una pena, se retiró del profesionalismo antes de los treinta.

En la mutual volvió a ser un astro, goleador todos los años, siempre en buen estado físico y oliendo a Ben-Gay. Claro, con todos jugando en cámara lenta, no se nota tanto su problema. Le decimos cosas de mal gusto, lo llamamos diciéndole “ven, gay, ven, gay”, y él nunca se ha molestado. Es de los que con más ansias espera el partido de los sábados. Siempre llega con su mujer y sus dos hijos. Juega fútbol con ellos en la Playstation, arma unos campeonatos increíbles aunque al menos sólo le interesa la parte de los penales y claro, por más realista que sea la cosa no es lo mismo. Los chicos son de siete y cinco, y creo que a él le apenaba que no lo hayan visto jugar en sus momentos de gloria. Así que el partido de los sábados es un premio consuelo.

Gery llegó con su mujer y sus hijos. Los chiquillos, muy parecidos entre sí, el pelo negro, bien rizado, como su papá. De sonrisas grandes, de ojos abiertos. Eso es lo que más pena me da. Que hayan visto todo. Y no sólo ellos, sino también el hijo de Aldunate, que es un poco más grande, unos once años, y comprende lo que ocurrió. Todos ellos corrieron a ver lo que pasaba. Como todos, por cierto. Si no hubieran estado ellos, podría haber aceptado un poco más lo que pasó. ¿Para qué joder así la vida de unos críos?

Algunos dicen que es un buen tipo. No me consta. Muy orgulloso, se cree la muerte. Según él, si no hubiera sido por su lesión, habría llegado a la selección nacional, y quién sabe si hubiera terminado en el extranjero. Para mí que la lesión le permitió construirse un mito del destinado a cosas mayores al que el azar le jugó una mala pasada. Como para una película de segunda. Yo creo, más bien, que es un chiquito de buena familia, al que no le ha faltado nada nunca, y que por eso le falta temple. No sudaba la camiseta. Los verdaderos grandes han podido volver de lesiones peores. Él se achicó. Pero como somos nomás clasistas, nadie dijo la verdad. Y ahora resulta que el periodismo se compadece de él y trata de justificar lo que hizo. Aldunate viene de una familia humilde y no habrá muchos que lo defiendan. Excepto los hechos mismos.

Ah, Aldunate. Una pulga en la oreja. A mí me caía bien, se paraba a charlar conmigo, me daba una propina. Al verlo tan chiquito y nada menos que de defensor central, uno lo subestimaba. Pero tenía unos reflejos admirables, se enfrentaba a los más grandotes y no sé cómo hacía, en el último segundo estiraba la pierna y se quedaba con la pelota. Los delanteros lo odiaban. Si no hubiera sido cuidador habría sido futbolista profesional, y hubiera jugado de defensa central, en el puesto de Aldunate. Parece que le está molestando el humo. Mi mujer siempre se queja de eso, estos cigarrillos muy mal huelen pues.

Gery odiaba jugar contra Aldunate, se ponía de mal humor cuando lo veía llegar. Aldunate no era de los que venían todos los sábados, tenía un taller en el que hacía placas y demás fierros para dentistas, a veces tanto trabajo que no salía todo el fin de semana. La verdad, Aldunate era impasable para Gery, y eso lo tenía mal al pobre. Gery me dijo una vez que Aldunate usaba tácticas sucias, pincharlo con alfileres en los córners, jugarle la sicológica diciéndole que era un hijito de papá que se había inventado la lesión porque le pesaba la camiseta, esas cosas. A mí no me consta, oiga. Claro que eso es normal entre futbolistas, hay tantos que no nos podemos ver en la cancha y después del pitazo final nos vamos a comer una parrillada a una de las churrasquerías cerca del estadio.

Discúlpeme, no puedo hablar. Mi Gery… mi Gery. El sábado por la mañana fuimos al supermercado. Los que hacen cosas así no van al súper. Discúlpeme, no diré una sola palabra más. Él hizo eso, y sin embargo fue al súper conmigo, así que hay algo aquí que no entiendo.

 

 

Ser árbitro no es una vocación. Es un destino. Yo estudiaba filosofía en la facultad en La Paz cuando me di cuenta que lo mío era otra cosa. Alguien debía vestirse de negro y hacer de Dios para las multitudes dominicales. Un Dios más humano, un Dios capaz de equivocarse, alguien que controlara el curso de los acontecimientos en base a aciertos y errores, que fuera insultado, maldecido y ramas afines. Nunca llegué a dirigir un partido en primera, pero ésa es otra historia, se la contaré si me lo pide. Dirijo a mucha honra los partidos de la mutual. Lo que ocurrió… lo que ocurrió. Imposible que mis palabras hagan justicia a los hechos. Lamentablemente para usted, y para mí, el lenguaje es insuficiente para dar cuenta de la realidad. Por eso yo prefiero no abrir la boca en la cancha, y dejo que el pito hable, y mis tarjetas.

Una semana muy tranquila, ninguna queja, nada de nada, Gery es de los que no levanta la voz, acepta las cosas como vienen, gran carácter. Jamás me mencionó que tenía animadversión al… al… disculpe, no puedo pronunciar su nombre. Pobre su familia. Su esposa, su hijo. ¿Hará frío en las noches? Me han dejado entregarle un par de frazadas, pero dice que el Hilakata se las ha quitado.

 

 

Lo único que quiero es justicia. Que la muerte de mi marido no sea en vano. Que ese hijo de puta se pudra en la cárcel.

 

 

Mi hermano vive por y para el fútbol. Desde chiquito fue así. Tiene los videos de todos los mundiales. Videos con lo mejor de Maradona, de Pelé. Compacts con los himnos del Barcelona, del Boca Juniors, del Flamengo. Posters del River Boys, del Oriente, del Strongest. Camisetas que le dieron al final del partido, una de Borja, manchada de sangre, otra de Gastón Taborga, con quien se identifica, porque dice que si no fuera por sus múltiples lesiones Taborga hubiera sido fácil el mejor jugador de la historia del fútbol nacional.

Pelotas de partidos históricos, una firmada por Jairzinho. Autógrafos en servilletas, en pañuelos, en entradas al estadio, de Erwin Romero, Baldivieso, el Diablo. Montones de ejemplares de El Gráfico. Me pregunto si alguien que es capaz de coleccionar todo eso, de guardarle semejante devoción al fútbol, es el mismo que hizo lo que hizo. Y no lo creo. Yo no estuve allí, no vi lo que ocurrió, de modo que no me la creo. Hay muchos que dicen que sí, es verdad, no hay vuelta que darle. Quizás se trate de una alucinación colectiva. Quizás mi hermano, bromista como es, fingió darle a Aldunate con el tubo, y Aldunate se tiró al piso y ahí nomás se rompió la cabeza.

 

 

Mucho verde. Verde y líneas blancas, y camisetas amarillas y rojas, y shorts negros y azules, y medias blancas y rojas, y cachos negros, sucios, viejos, y banderines rojos, manchas cafés en el fondo, detrás del verde y el blanco, y un azul en realidad medio celeste, y puntos negros sobre nuestras cabezas, y el olor de los anticuchos, y el polvo, y a los bordes de las líneas blancas las cabezas sobre las ropas, sobre las camisas y los pantalones, y el cemento gris de la caseta. Mucho verde.

 

 

El equipo de Alfonso Aldunate ganaba uno a cero al final del primer tiempo, gol de Alvarenga, tiro libre al rincón donde duermen las arañas. Un par de empujones entre Portales y Aldunate, cobrados por el árbitro a favor de Portales y sigue el juego, la redonda va y viene, quién iba a pensar que la sangre llegaría al río. El segundo tiempo, Aldunate le entra fuerte a Portales, intercambio de insultos, el árbitro los separa y le muestra el cartón amarillo a Portales. Dos a cero, cambio de frente espectacular de Cordero para el Cholo Marzana, éste que le gana a su defensa y se mete al área y encara y le cuelga la esférica al golero. Espectacular. Viejos y todo, aquí deberían venir los profesionales a aprender. Faltan veinte minutos para el final. Gran jugada de Portales, un túnel a Aldunate y se le va, está a punto de pisar el área grande cuando Aldunate lo tira al piso. Último hombre, yo diría que roja sin contemplaciones. El sepulturero camina más que corre, está un poco gordo el pobre. De pronto, Portales se levanta y comienza a agarrarlo a patadas a Aldunate. Nos metemos a separarlos. El sepulturero expulsa a Portales y amarilla para Aldunate. Una equivocación, debía haber expulsado a los dos.

 

 

Digamos que no soy su médico de cabecera, pero sí, he tenido acceso al historial del señor Portales. Yo lo operé de la rodilla. El ligamento anterior cruzado, una operación común. Tenía principio de artritis, los huesos y los cartílagos estaban en muy mala condición, vale decir que él se lesionó hace mucho, digamos en el colegio, pero no lo operaron, y él creyó que no era para tanto y siguió jugando. Después de la operación le receté unas pastillas para controlar la inflamación de la rodilla. Hace unos meses le di unas pastillas para dormir, nada fuerte, de las que se consiguen en cualquier farmacia. Tenía problemas para dormir, pero no me dijo los motivos, y digamos que yo no pregunté. He leído el historial, nada fuera de lo normal, si me permite decirlo. Sé de esas teorías de que los criminales nacen, y esas otras de que se hacen, que su medio ambiente, que un golpe en la cabeza de chiquito, bla bla bla. Digamos que en el historial médico del señor Portales no hay nada de eso. Que yo sepa, al menos. Quizás sus vecinos, sus familiares, le puedan informar mejor que yo. Digamos.

 

 

Gery salió de la cancha por donde estaba el arco rival… No hubiera pasado nada, pero se dio la vuelta y se encontró con la sonrisa de Aldunate. Una sonrisa que le decía, te volví a joder. Y quizás no hubiera pasado nada de no ser porque tirado en el pasto, al lado del arco, había un tubo de metal… El cuidador es un viejito, se ocupa bien de las canchas pero todo el espacio adyacente a las canchas es una porquería, un basural. Para mí que ahí el cuidador tuvo la culpa. ¿Otra latita? Gery vio el tubo y perdió el control… Yo creo que ni siquiera tuvo tiempo de pensar nada. Alzó el tubo y entró corriendo a la cancha detrás de Aldunate, que le daba la espalda. Todos reaccionamos tarde. Incluso los que vimos lo que iba a pasar, no nos la creímos… Yo creo que el primer golpe fue suficiente, directo a la nuca, si no lo mataba por lo menos lo hubiera dejado paralítico. Aldunate cayó al gramado y antes de que alguien detuviera a Gery ya había recibido unos seis o siete golpes… Había sangre por todas partes.

 

 

Mi hijo tuvo una infancia muy linda. Todo a su disposición, creció en un hogar sano. Su papá y yo jamás nos peleamos, claro que después el infeliz me dejó de la noche a la mañana, pero a esas alturas Gerycito ya estaba grandecito y jugando en primera. Amigos de las mejores familias, muy buen chico, un estudiante no de los mejores, pero bueno. Una que otra pelea en el colegio, ya sabe cómo son los jóvenes. ¿Está usted insinuando…? Lo siento, ya no hablaré más con usted. ¿Cómo se atreve?

 

 

Alfonso tenía en su casa fotos enmarcadas de su carrera de futbolista. No muchas, decía que quería evitar las trampas de la nostalgia. Idolatraba a Beckenbauer, a Passarella, esos defensores de temple capaces de ponerse a un equipo a los hombros. A veces le hubiera gustado ser un poco más alto, pero se decía que si con su tamaño Maradona había llegado tan lejos, no había que hablar más del tema. No leía mucho los suplementos deportivos de los periódicos, ni las revistas, ni le gustaba ver los programas deportivos en la tele. Decía que endiosaban a los delanteros y se olvidaban de los arqueros y de los defensores. “El mundo parece ser de los que atacan”, le escuché decir más de una vez, “y a nosotros que nos coma el gato”. En los últimos años le había dado por el tenis, y practicaba todos los días de siete a ocho de la mañana. No quería que su hijo fuera futbolista. Quería que fuera dentista.

 

 

Todo ocurrió a cinco metros de donde yo estaba. Le mentiría si le dijera que me di cuenta de lo que ocurrió. Miré al suelo un segundo, me desconcentré, me llegó a los ojos el resplandor del sol en esa típica tarde de Río Fugitivo, tan linda y calurosa, el cielo despejado. Fue como si hubiera pestañeado, y al terminar de hacerlo un tipo que no conocía agarraba a palazos a otro tipo que yo no conocía. Creo que nunca tendré una oportunidad semejante de ver de cerca cómo mata y cómo muere un ser humano. Y me la perdí. ¿Patético, no?

 

 

Mucho verde. Y luego rojo, mucho rojo.

 

 

Malagradecidos. Tanto les he cuidado la cancha, la he regado y he hecho cortar el pasto y rellenar baches y pintar los postes y conseguir nuevos banderines para las esquinas del corner, y son capaces de decir que yo tuve en algo la culpa, por haber dejado ese tubo detrás del arco. Dígame, ¿es culpable el que deja un revólver sobre una mesa, o el que usa el revólver? Estamos hablando de gente civilizada, que ha salido en los periódicos, ha dado mil entrevistas y firmado muchos autógrafos, tiene familia y viene a divertirse unas horas un sábado por la tarde. ¿Se imagina usted un hecho de sangre en ese escenario? Así que conmigo no se metan.

 

 

No insista. Ya le dije, el lenguaje, la realidad. Mi pito, las tarjetas.

 

 

Portales estaba fuera de sí, oiga. Tan robusto, entre tres lo tuvimos que sujetar. Alguien llamó desde su celuco a la policía. Había muchos espectadores, y la noticia cundió por las demás canchas auxiliares. Al rato, toda la cancha estaba lleninga de curiosos. ¿Podremos volver a jugar los sábados? Ahí mismo, seguro que no.

 

 

Claro, es un hecho extremo, pero quién sabe, quizás permitirá que la gente comprenda un poco más lo que nos toca… El parpadeo de la gloria, del vivir en olor de multitudes, de ser tapa de revistas, ídolo de jóvenes y ancianos, y luego el turbio revés, el lento olvido, la pausada agonía… Por cierto, no estoy sugiriendo que esto no hubiera ocurrido en un partido del campeonato interbancario. Pero bueno, ocurrió aquí, y hay que tratar de entenderlo aquí.

Portales no ha hecho declaraciones. No nos ha explicado qué pasó por su cerebro en esos segundos previos al estallido. Qué pasó por su cabeza la semana previa al estallido. Los años previos. Qué frustraciones, odios o rencores se fueron acumulando en su interior, sin que ni siquiera él se haya dado cuenta. O quizás se dio cuenta y pensó que no era para tanto, ni siquiera para contárselo a su mujer o sus amigos. Hizo trizas un cuadro, y nos dejó a nosotros para que tratemos de reconstruirlo. Quizás él sepa cómo hacerlo, pero lo más probable es que no.

 

 

Todos corrieron a la cancha. Yo vi todo desde lejos, sentí que era tarde para hacer cualquier cosa, y fui el único que corrió hacia donde estaban la mujer y los hijos de Gery. Marina me preguntó qué había ocurrido. “Lo peor”, dije. “Papá parece que mató a alguien”, dijo el mayor de los chiquillos, Gery Junior. “¿Será que sigue el partido?”, preguntó el menor, Eduardito. La mujer y el hijo de Aldunate estaban cerca. A la mujer le dio un ataque de llanto. Fue corriendo a la escena del crimen. El hijo no se movió, quizás estaba shockeado por lo que acababa de ver. Yo creo que la procesión iba por dentro. Supongo. Es un chico raro, muy callado, observa todo y jamás participa.

 

 

Mi papá está muerto. Yo lo vi todo. No me pida que se lo cuente. Lo que vi, no lo vi yo, lo vio alguien por mí que está dentro de mí y que me conoce bien aunque prefiere mantenerse escondido. Yo seguiré viviendo, iré la próxima semana a la escuela, volveré a jugar con mis amigos, a soñar con ser futbolista profesional. Ese alguien se acordará por mí de todo lo ocurrido y algún día tratará de vengarse. Todavía no sabe cómo. Ya lo sabrá.

 

 

Podré entender todo, menos un hecho así en presencia de los hijos. Portales debió decir, mis hijos y su hijo están aquí, mejor espero a que estemos solos. Eso es imperdonable. Me sueño con ellos mirando desde el borde de la cancha lo que hacen sus mayores. Mejor, lo que uno hace, lo que el otro recibe.

 

 

¿Ha encontrado una explicación? ¿Frío, tibio, caliente? ¿Otra latita? ~