¿Cómo responder al agravio cotidiano?

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PRIMERO DE JUNIO

Hace unos días me pidieron en la Editorial Trilce, que dirige la osada cuanto inquieta editora Deborah Holtz, que repondiera algunas entrevistas que acompañarían el “lanzamiento” del libro éste, El encarguito, que recoge las crónicas que publiqué en la osada cuanto incisiva revista Letras Libres desde que comenzó su vida en 1999. Esto de las entrevistas –le comenté a la tenaz cuanto persistente señorita Victorina, encargada de difusión de la editorial— no sirve para absolutamente nada: la gente dejó de leer hace muchos años. Además, siempre queda uno como un imbécil, porque si menciona a Gilberto Owen, el reportero prefiere llamarle “el vate mexiquense” y parece que, en fin. Pero negarse a hacerle un favor a un editor mexicano independiente sería imperdonable: son las únicas (os) heroínas (héroes) auténticas (os) que restan, junto a los bomberos (as).

Reproduzco aquí la que me hizo el audaz cuanto agudo joven reportero Víctor Núñez Jaime del periódico Milenio:

¿Cómo le ha ayudado el sentido del humor para sobrevivir?

El buen humor sirve para equilibrar la tristeza, supongo. Son las dos caras de la misma moneda, la moneda de vivir, más que la de sobrevivir. Pero eso suena a manual de auto-ayuda. México abunda en frustraciones cotidianas, hay una insólita capacidad para el agravio en culturas como la nuestra, donde desde el camión de la basura hasta la vida parlamentaria, o la lectura de los periódicos (esos catálogos de la ignominia) o el trato con la burocracia, son formas muy sofisticadas del agravio. Y pues yo supongo que a veces las crónicas esas que escribo son defensa personal, formas eficaces de purgar el malestar. No sé si ayude, pero me alivia y a veces me divierte.

¿Qué le dice su espejo por las mañanas?

Primero me dice “Tempus fugit”, el tiempo pasa. Y luego me dice “Carpe diem”, atrapa al día. Es un espejo muy culto.

Tiene fama de hombre duro y pedante. ¿Es así? ¿Qué hay debajo de esas características?

Hablar de las características supondría aceptar que en efecto soy duro y pedante. Quizás lo de “duro” me viene por cierta fama de profesor estricto que me he ganado a pulso. El resultado es que casi no tengo alumnos y rara vez se me pide que dirija una tesis. Hace años me empeñé en reprobar a un alumno en su examen profesional, y el resultado es que nunca más se me ha invitado como sinodal. Pero reprobó. Y en la UNAM, cosa curiosísima, la elección del jurado es privilegio del alumno. Así, veo que hay estudiantes que hacen tesis sobre López Velarde, a quien he estudiado mucho, y su director de tesis es especialista en “El Cid campeador”. Por otro lado, no creo ser pedante, pues no me tengo especial estima como persona. Esa opinión sin duda viene de alguien muy modesto que mide a los demás con un rasero excesivo.

¿Cuáles son sus neurosis?

Soy maniaco-depresivo clásico, certificado y de alto rendimiento.

¿Cuándo una crónica sobre una noche loca de Guillermo Sheridan?

Sería tedioso. Mi noche ideal es la compañía de mi familia, una película en blanco y negro sin explosiones y sin gente que diga “fuck you”, un vaso de escocés con agua mineral y un buen libro. O una noche de pókar con mis amigos, que suelen acabar como enemigos. La gente que sí vive “noches locas” diría que esa es la definición de una “noche loquísima”.

De El Encarguito: “Es recomendable enfadarse con los jóvenes” ¿Por qué?

Siempre hace mucho bien eso. Es bueno para impacientarse, obligarse a repensar una buena cantidad de cosas, fortalecer el ánimo dialéctico, enriquecer la conversación.

¿Qué ha aprendido al realizar las crónicas que incluye en El encarguito?

A mi edad no aprendo, compruebo. Por otro lado, so riesgo de confirmar que soy pedante, me atrevo a pensar que hay algunas que no están del todo mal escritas, que tienen cierto ritmo y color, y aún cierta pericia expresiva.

Diga tres adjetivos aplicables a su libro.

Bueno, bonito y barato. Es como un tostador de pan. ¿O será barato? No tengo idea de cuánto cuesta, pero quizás sea caro, pues los tirajes son pequeños, y además hay que administrar el problema ese del “precio único” que la insondable estupidez del gobierno impidió implementar.

¿Por qué la gente debería leer este recopilatorio de crónicas?

No creo que califique como libro obligatorio. Le falta moral o le falta inmoralidad, dependería de cada quien. Y en todo caso, lo leerán unas cuantas personas. En México se dejó de leer más o menos por 1942.

¿Un ejerció de auto análisis. A) ¿Qué cree usted que está mal en su forma de escribir? B) ¿De qué habilidades carece? C) ¿Cómo se ha decepcionado de sí mismo?

Esto lo podría contestar un crítico, supongo. Yo no podría, por aquello de que halago en propia boca es vituperio. Si me alabo, pasaré por pedante; si me critico pasaré por modesto, que es lo mismo que pedante, pero peor. La última pregunta es encantadora: el psicoanálisis medido en cuadratines (o en “bits”).

¿La literatura mexicana sería igual sin usted?

A juzgar por la cantidad de premios, fiestas y ceremonias que la engalanan, la literatura mexicana es una muchacha lozana y vivaracha que ni se ha enterado de que existo, y ni falta le hace, y hace bien.

¿Qué le recomendaría al mexicano común para comportarse bien en el extranjero?

Se suele comportar bien, ¿no? excesivamente cargado de culpa y de conciencia de sí, se subordina de manera gustosa a un orden que echa de menos en su propio país. Cuando cruza la frontera con Laredo, instantáneamente obedece las leyes y se detiene en los semáforos y respeta a los peatones. Y además, si no lo hace, sabe que corre el riesgo de enfrentar a un policía que ni se va a amedrentar ni se va a corromper. Esto le suele producir enorme estupor al compatriota que, para aliviarse, se apresura hasta el centro comercial más cercano a comprar un calzón. La otra actitud, más observable en Europa, es la de asumirse superior a lo que observa, declarar que la colonia Narvarte es más bonita y obrar en consecuencia, comportándose como si le estuviera haciendo un favor a París por visitarla. Muy extraño.

Se ha topado con pelados, tontos, mal educados, lidercillos, seudo escritores… ¿no se ha encontrado con alguien normal?

En México eso es lo normal.

Odia el día de muertos, la Semana Santa, los turistas, los políticos omnipresentes, varios aspectos de la ciudad de México… ¿hay algo que le guste?

Me gustan muchas cosas de la ciudad, sobre todo los domingos temprano, cuando no hay nadie y salgo a tomar fotos. Los domingos muy temprano el riesgo de morir atropellado o secuestrado disminuye notablemente, pues los hampones duermen luego de haber celebrado sus ganancias de la semana en el burdel de su preferencia. El riesgo de quedar encerrado en un embotellamiento también es menor, pues los líderes duermen luego de haber celebrado sus conquistas sociales de la semana en el burdel de su preferencia.

También me gusta mucho el olor de las alheñas en flor mezclado con la lluvia. El cafecito al que acudo todas las tardes, ya no me gusta mucho porque llegan los cantantes callejeros, uno que aparentemente está muy, pero muy enamorado, y otro que admira al Ché Guevara. Entonces ya no se puede leer en paz. También me gusta dar clases. Y me gusta la poesía, que acostumbro leer y estudiar.

¿Por qué salió tan criticón y respondón?

La actividad crítica es obligatoria en la modernidad. Ignoro si soy respondón, un concepto que implica formas de autoridad que sólo toleran la sumisión. Y yo soy esencialmente anarquista.

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