Concurso de cuento temático: Cuento ganador

Este es el cuento ganador del concurso temático de este mes: el fin de la escritura. Muchas gracias a todos los que participaron. 
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Gris Infierno       

Lo imagino así: Oscurece. Desde la ventana de un motel, el Columnista vigila la banda asfaltada que corre de vuelta hasta una posible urbe industrial. Se oculta en una lóbrega habitación anónima. Las luces apagadas. Los ojos bien abiertos. La luz del monitor iluminándole el rostro. Escribe: Si regreso por esa carretera será solo cuando todo se haya olvidado. Aunque debería de saber que las balas no tienen memoria y siempre van hacia adelante.

Cuando termine el texto, presionará el botón de publicar y seguramente todo habrá terminado.

Al principio sus palabras no lastimaban, pero digamos que exhibían a algunas personas. Mientras la Gente no lo leyera, El Periódico podía publicarlo sin problemas. Pero luego la ciudad cayó, y la historia del Columnista comenzó como todas, en el momento en que todo se va a la mierda.

Con los meses su columna diaria y las publicaciones de su blog cobraron importancia. Fue ahí donde la Gente comenzó a buscar respuestas. Hablaba sobre tipos de cuello blanco, de saco café, sus allegados. De Ellos. Y, aunque las respuestas estaban en las banquetas, en las calles, en los lugares públicos, el Columnista se limitaba a reunirlas, con un ácido sentido del humor, en los pocos caracteres que El Periódico le imponía como límite y en la libertad que la red le brinda a los escritores. Antes había otros como él, con diferentes estilos, mordaces, de pluma fina. Pero esas mismas firmas terminaron cerrando textos insulsos, fríos y acartonados. Así que, como dije, empezó a recibir atención. Los editores pensaron en cancelarle el espacio, pero la Gente habría cuestionado la honestidad de El Periódico. Así que lo dejaron escribir, alborotar, escandalizar. Al fin que era solo uno.

Pasaron algunas semanas más y en los periódicos nacionales las notas y las columnas eran ya cuerpos fabricados. Aprobados. Llegaban archivos con textos listos para revisión y publicación. Todos dejaron de teclear. El único que todavía seguía haciéndolo cada noche era el Columnista: durante el día para El Periódico, por la noche, como bloguero. Con eso llegó a ser el principal líder de opinión de una ciudad de aire fabril. La Gente lo comentaba en las calles, pero no en los canales de televisión. Esos fingían que nada pasaba. Siguieron las cartas. Los plantones en la entrada de los medios, de las oficinas, de los palacios. Se desató una pandemia de investigadores ciudadanos.

Pero Ellos se hartaron. Acordaron que lo mejor para la ciudad sería desaparecerlo, era su turno, lo habían aguantado de más. Al final, la culpa como siempre la tendrían los Otros. Hicieron una llamada. Enviaron al mejor, a alguien letal. Pienso en un asesino sin cara, un instrumento.

Al día siguiente, un coche le cerró el paso al Columnista, cerca de El Periódico. Regresó sobre sus pasos. Dos hombres armados se acercaron. Detrás de ellos, alcanzó a ver un sombrero negro. Entró a un edificio, salió por la azotea. Luego, una persecución por entre los callejones del centro de la ciudad que concluyó hasta la central de autobuses. Creyó haberlos perdido, pero varias personas, después interrogadas, lo vieron subir al número 356, rumbo al Sur. Para perderlos, se bajó en medio del desierto, en algún lugar entre los estados de, digamos, Nuevo León y Coahuila.

Todo aquello lo tiene ahora en esta habitación. Afuera, los lejanos ruidos del desierto; motores de coches invisibles, despavoridos, desplazándose hacia el Norte, huesos que crujen, alaridos suprimidos enterrados en tumbas olvidadas, formando una necrópolis norteña. Adentro, el espejo del baño no refleja un rostro, sino un moreno amasijo con dientes amarillentos y larga melena negra. Asustado. Vuelto mierda. El agua le escurre a tropezones. Solo pasa el tiempo, sabe que alguien lo busca. Un depredador asombrerado que no tarda en encontrarlo. Pasan los minutos. El silencio es total. El Columnista enciende un cigarro y atora la puerta. Se siente sobre la cama. Sostiene una pistola en su mano torpe, que no servirá para defenderlo, sino para justificar que lo maten. En la televisión, los canales locales arrojan escenas nocturnas de calles abandonadas. Desde los puentes peatonales, sobre las calles desiertas, algunos coches atraviesan las avenidas. Le dejan apenas unos minutos para recordar aquel gris infierno. Entiende que no tiene caso correr. Pudo haber ido más lejos, al Norte o al Sur, pero sólo hubiera dilatado el final.

Ni hablar, hasta aquí llegué, piensa.

Vuelve a la ventana. Los ojos le piden descanso. Escribe algunas palabras más en su blog, un último post. En ese momento unos faros estáticos apuntan a su habitación. Una figura baja, se acerca. Es parte de él, de sus padres, de todos los habitantes de lo que hay detrás de las montañas. Llega para llevárselo al abismo, para callarlo. Atisba las alas del sombrero, los anchos hombros. Alcanza a ver que debajo de los brazos no hay un par de manos, sino dos negros cuernos de chivo. Antes de presionar el botón de publicar, escribe estas líneas: “Este no es un asesino, no es un hombre el que me busca, no es uno, son pocos, esta sombra es… Abadón”.

(Imagen)

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