Verde que te quiero verde

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Con el proverbial pragmatismo de un empresario de variedades, las agencias de información saben muy bien que no conviene emplear en exceso ningún asunto, que las noticias empiezan a fundirse en cuanto perciben la luz de los focos, que el público se cansa pronto y hay que procurar relevos, nuevas distracciones, algo que los tenga bien sujetos a su banca. Cierto, las rotaciones no son arbitrarias y suelen responder a una realidad previa, eso que llamamos acontecimiento y que apenas si conocemos por medio de unas pocas fotos y tomas de cámara escogidas. Pero sólo el cansancio o el miedo al cansancio (esa falta de excitación que tanto asusta a las revistas pornográficas y que dicta el grado de visibilidad de sus modelos) puede explicar que la luz de las agencias se desplace con agilidad desmemoriada entre escenarios intercambiables y extrañamente contiguos, como si las montañas del norte afgano fueran una prolongación natural del World Trade Center en ruinas, o el estruendo de las cacerolas en Caracas y Buenos Aires envolviera como una epidemia sonora ciudades vecinas. Sin duda es lógico que hoy no hablemos, o hablemos menos, de Manhattan, Argentina o Afganistán, y que el foco se haya desplazado a Ramala, a Jerusalén, a Caracas, donde los hechos tienen la vida violenta de una chispa o de un fuego ingobernable. Pero la lógica se torna macabra cuando los espectadores nos convertimos en turistas de la información, dócilmente sensibles al hastío, y abandonamos a su suerte lo que dejó de perturbarnos.
     La historia de la búsqueda de Sharbat Gula, la mujer afgana cuyo rostro infantil dominó la portada del National Geographic de junio de 1985, plantando sus grandes ojos verdes en la iconografía de nuestro pasado reciente, es la historia de un foco memorioso que trata de conocer los frutos de la historia; pero es también, por inferencia, la historia de lo que ocurre entre dos destellos, de ese hueco negro que media entre relámpagos y nos hace imaginar lo peor. El fotógrafo Steve McCurry hizo el retrato de la joven Gula, entonces una huérfana de doce años, en el campamento de refugiados Nasir Bagh de Pakistán durante la guerra contra la invasión soviética. La fotografía fue una de tantas y sólo al revelarla percibió McCurry su magnetismo, su profundo poder de sugestión. Pero ya era tarde para buscar de nuevo a la niña o averiguar un nombre que no había preguntado. La foto se publicó un año más tarde y pronto adquirió rango de emblema. Todos la conocemos o creemos conocerla, aparece en libros, carteles y hasta alfombras, ha sido la portada más famosa de National Geographic en sus 114 años de existencia. Sabemos ahora, por la propia Sharbat Gula, que nadie sino McCurry la ha fotografiado nunca, y el dato tiene algo de confirmación, como si el fotógrafo hubiera recibido la totalidad de su alma en una sola toma, sin las parcelaciones o tenuidades de lo reiterado.

Fruto del azar, la foto es también el marco de unos ojos líquidos que riman con el verde del fondo y ese otro, más denso, que asoma bajo los jirones de la túnica granate: dos colores terrestres que enmarcan un rostro anguloso y tiznado, del color de la arcilla, donde los labios guardan su frescura infantil. Pocas veces el azar ha procedido con tanta deliberación, ligando los detalles en torno a dos ojos que no han depuesto su rara franqueza, su candor vulnerable. El poder de sugestión de esta imagen descansa, con todo, en su anonimato, en la facilidad con que hemos sabido sustraerla de sus circunstancias inmediatas. Su magnetismo es la respuesta a nuestras proyecciones, el eco que nos devuelve nuestro deseo de inocencia, la búsqueda del niño que nos redime y alivia de nuestra adultez. Dice McCurry que a lo largo de estos 17 años la gente no dejó de preguntarle por la niña de la foto, que fueron cientos las cartas interesándose por su nombre, por su paradero. No lo dudo, y sin embargo ese interés no cuadra con el efecto que esta foto, que todas las fotos que el tiempo ha sellado, tienen en nosotros: el icono no tiene cuerpo ni historia, está fuera de la existencia y la preside de manera abstraída, intermitente, como algo que aparece en el momento en que extendemos la mano.

Magritte pintó una vez una pipa con la leyenda: "Esto no es una pipa". La foto de Sharbat Gula viajó a Occidente y cobró vida propia, pero no era Sharbat Gula, sino el reflejo de un instante que ahora recuerda con asombro. Sharbat Gula permaneció en el campamento de refugiados, se casó con un hombre llamado Rahmat Gul, regresó a mediados de los noventa a su pueblo en las cercanías de Tora Bora, y ahora, a sus treinta años, cuida de tres hijos junto a un puñado de terrazas donde crecen pequeños cultivos de maíz, trigo y arroz, mientras su marido, ausente la mayor parte del año, trabaja en una panadería de Peshawar, cerca del antiguo campo de refugiados donde crecieron. El tiempo, que respetó su retrato, ha pasado por sus rasgos sin remisión, endureciéndolos con lenta violencia: no se trata sólo de los ojos, reducidos y apagados, donde el negro de la pupila vuelve a dominar, también es el brillo de cuero en las mejillas, la blandura de la mejilla, el vello de la madurez, el levantamiento del labio superior en una mueca involuntaria de desdén o desconfianza. Por su vida han pasado la guerra casi constante, la orfandad, el exilio, la maternidad, el trabajo manual y la pobreza rutinaria. Es necio sorprenderse, pues, de los cambios que ha experimentado su apariencia, echar de menos a una niña que pervive en el retrato pero que en la vida real no tuvo posibilidad de elección. Hasta que McCurry la descubrió, luego de una búsqueda compleja con intermediarios y algunas pistas falsas (como las que fabularon, sin temor a lo inverosímil, una juventud de modelo y profesora de inglés de los hijos de Bin Laden), Gula ni siquiera sabía que su imagen infantil había dado la vuelta al mundo, algo sin duda paradójico cuando se piensa que esta mujer suele esconder su rostro en una burka.
     Este dato nos da la medida de lo que sucede cuando el objetivo se aparta de la escena, en ese hueco de negrura entre dos destellos. Las dos fotografías de Steve McCurry vienen a marcar en el tiempo los dos momentos en que Occidente ha hecho acto de presencia en la historia reciente de Afganistán: la invasión del ejército ruso y la reciente operación de castigo de las fuerzas estadounidenses que trajo consigo el derrocamiento del régimen talibán. Entre estos hitos se extiende un periodo de olvido o indiferencia que propició el ascenso del fanatismo y la barbarie, pero que muchos afganos evocan con nostalgia, si hemos de creer la respuesta con que Sharbat Gula compensaba sus blandas críticas a un régimen tiránico que había impedido la educación de sus hijas: "La vida bajo los talibán era mejor. Al menos había paz y orden".
     Uno escucha esta respuesta con melancolía y piensa que el trecho entre las proyecciones que ha despertado su retrato de niña (ese retrato que hemos convertido tan fácilmente en símbolo de los buenos sentimientos) y las palabras actuales de Gula rebasa con amplitud los 17 años que McCurry tardó en reencontrarla. Es un trecho en el que conviven por igual la pobreza y la ignorancia heredadas, la resignación de quien no conoce otra cosa que su propia existencia angosta y trata de acomodarse a ella con el menor daño posible.
     Guiados tal vez por una mezcla de mala conciencia y compasión genuina, y conscientes sin duda de que la protagonista de la foto ha sido la única en no obtener réditos de su fama, McCurry y National Geographic han establecido el Afghan Girls Fund, un fondo de ayuda para estimular la educación de las mujeres afganas y combatir los prejuicios que las encierran en el cerco de sus hogares, mermando sus libertades básicas. La pretensión, supongo, es que Occidente siga presente en sus vidas aunque los objetivos de las cámaras enfoquen otros paisajes. Podría ser un buen final para esta historia, y uno estaría dispuesto a respirar aliviado si no tuviera ya demasiadas pruebas para el escepticismo. –