Cristo en año electoral

Ver a Cristo aferrarse a la cruz, despoja de sentido al rito anual y da motivo para que las arengas de “¡Crucifícale!”, salgan desde el fondo del corazón de quienes se sienten defraudados.
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Cada año, los responsables de la escenificación de la pasión y muerte de Jesús en Iztapalapa, en la ciudad de México, reúnen dinero entre comerciantes y pobladores de los ocho barrios, y entre aquellos que desean formar parte de la representación religiosa.

En una de las pasadas ediciones, habitantes de la delegación acusaron a la asociación civil encargada de la organización de las actividades de Semana Santa de perpetrar un fraude; de acuerdo con un volante que hicieron circular, el comité organizador había actuado de manera deshonesta al enderezar la votación en favor de sus familiares y cancelar la oportunidad de participar a otras personas en el drama callejero. Y es que al menos cinco personajes importantes quedaron en manos de familiares de la mesa directiva del comité.

Una de las aspirantes al personaje de la Virgen María habló de una elección “por dedazo”, sin importar si los designados eran idóneos para el papel: “¿De qué me sirvió hacer dieta y cuidarme el cutis, si escogieron a las más feas solo porque son hijas, hermanas y parientes de los organizadores?”

El escándalo se volvió mayúsculo cuando los integrantes del comité organizador descalificaron a todos los aspirantes al papel de Cristo con el argumento de que "no cumplían con el perfil requerido", y nombraron de manera directa a Emmanuel Guillén Roldán para interpretar por segundo año consecutivo a Jesús en el Vía Crucis. Cristo y los suyos pretendían reelegirse e iniciar su reino en la Tierra… al menos en Iztapalapa.

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Las elecciones, escribió en el pasado José Woldenberg son una construcción civilizatoria; permite la competencia de diferentes opciones no solo diferenciadas sino incluso enfrentadas. Pero para que la contienda transcurra y termine con relativa tranquilidad, son necesarias dos condiciones: reglas y jueces que ofrezcan garantías para quienes entran a la disputa.

El interés privado se opone radicalmente a la construcción colectiva, y si bien genera malestar el hecho de que a muchos no les gustan los competidores, lo que corresponde es abrir las puertas para que aquellos que no se identifican con ninguna de las ofertas existentes puedan generar sus propias propuestas y participar.

La credibilidad de los procesos electivos se debilita cuando se vota en un marco de inequidad flagrante. Si quienes juzgan el resultado de una competición no tienen autonomía total respecto de quienes se presentan a ella, si no actúan con plena independencia se vulnera uno de los pilares fundamentales de cualquier contienda.

En su más reciente colaboración, el mismo Woldenberg apunta que las elecciones son una llave que abre unas puertas pero no otras. “No son un sombrero de mago”, dice. Si la gente pasó del entusiasmo, la participación y la auténtica esperanza al cansancio y malestar por cada nueva elección, se debe a los fenómenos de corrupción e impunidad que se documentan casi todos los días.

Ver a Cristo aferrarse a la cruz, despoja de sentido al rito anual y da motivo para que las arengas de “¡Crucifícale! ¡Crucifícale!”, salgan desde el fondo del corazón de quienes se sienten defraudados por quien lejos de encauzar su sentir y representarlos, los llevan de vuelta a un pasado que se creía superado.

 

 

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