El pueblo de mi madre

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Aquella es la Osa Menor y si unís los puntos veréis que aquello de allí es el Carro. Mientras mi tito Antoñito ponía orden y nombres al caos celeste, pasó una estrella fugaz. Lo único que sabía yo sobre el cielo nocturno era que en tal caso tenía que pedir un deseo y eso hice: cuántos deseos hemos pedido en nuestras vidas, al soplar las velas de una tarta, al tirar monedas a una fuente, al ver estrellas fugaces, deseos que hemos olvidado y que por tanto jamás sabremos si se cumplieron o no. No he olvidado en cambio aquellas rudimentarias instrucciones para comprender la cartografía de la noche. Con los años se me confunden las esquinas y los museos y los cafés y las plazas de las ciudades que he visitado, pero los recuerdos de los días que pasé en el Pueblo persisten en su concreción, como una estrella que, aunque se encuentre a cuatro o cinco años luz de distancia de nuestra pupila y por eso nos parezca que vibra pero permanece, en realidad se hace y se deshace perpetuamente.

En el Pueblo todo tenía otros nombres. Mi tío era el dueño de una “cochera” o “cocherón”. Yo era un “quillo”, es decir, un “chiquillo”, pero no quería serlo, porque en Mataró, “quillo” significaba “gamberro” o “delincuente juvenil” (la violencia de barrio, los pequeños hurtos, el tráfico de costo o los atracos con navaja eran protagonizados por los hijos de los inmigrantes andaluces). “Cucha”, decían mis primas como abreviación de “escucha”, como modo de llamar tu atención o simplemente como interjección. También las expresiones, más allá de las letras que no se pronunciaban o se pronunciaban de manera distinta, eran diferentes. Las que atañían al calor, por ejemplo, que en verano dejaba desierto el Pueblo entre las doce de mediodía y la seis de la tarde, no existían en mi vida cotidiana de trescientos cincuenta días al año. Eran expresiones exclusivas de las vacaciones. “Hace un calor para reventar.” “¡Osú, qué calor!” (de “Jesús”, “Jesú”, “osú”). Mi tío Antoñito siempre decía “ni mijita” y todavía lo dice y sigo sin entender realmente a qué se refiere.

En el Pueblo los sabores eran más intensos: el aceite de oliva, que provenía de los olivos de mis tíos o, al menos, del mejunje de olivas de la cooperativa de la zona, impregnaba casi todos los platos. En Semana Santa, mi tía Pepita freía bacalao y preparaba grandes fuentes de cóctel de gambas. En verano, el aceite quedaba flotando en la jarra del gazpacho y en el plato de salmorejo. Pero esos sabores no eran exclusivos del Pueblo, porque muchos de ellos vivían también en mi casa y en mi barrio de andaluces inmigrados a Cataluña. Mi abuela Pepa nos preparaba salmorejo, migas, croquetas, torrijas, pestiños, madalenas. En la churrería del barrio vendían porras aceitosas, dignas solamente de aquellos domingos por la mañana en que mi padre freía huevos y asaba carne. Solo la manteca colorá era exclusiva de Santaella. El aceite venía en el maletero del coche y duraba algunos meses: durante ese tiempo el Pueblo vivía en nuestros platos y en nuestros paladares, pero se iba acabando durante el otoño y se extinguía finalmente en invierno, hasta ser el recuerdo de otra vida, la que no vivimos, la que no era ya posible y no provocaba nostalgia sino renuncia, como un camino cancelado.

Mi abuela Teresa y mi padre, su hijo, a menudo cuentan en fanegas de tierra o en perras gordas. Cuando yo era niño casi todo el mundo hablaba de la Avenida General Álvarez Buylla, pese a que hiciera ya tantos años que había sido rebautizada como Pablo Picasso. El mismo mecanismo explica ambos desplazamientos. Las hectáreas, las pesetas o los euros y la democracia son elementos de un presente para el que ellos no fueron educados. Sencillamente, llegó: llegaron. En la Andalucía de los años cuarenta y cincuenta era mucho más probable la emigración que el fin de la dictadura, de modo que mis abuelos y mis padres sí que fueron educados en la posibilidad de emigrar. Y llegó: emigraron. Las fanegas de tierra y las perras gordas se quedaron en el Pueblo, como lo harían con el tiempo la dictadura y su jerarquía militar. Con el paso de las décadas, mi abuela Teresa ha ido pensando cada vez con más ahínco en su infancia y su adolescencia, en los disparos y las bombas y el hambre, en el cortijo, en aquel otro país que ya no existe, rural, y que es el único en que pueden suceder sus pesadillas y sus sueños. El país que ellos dos invocan cada vez que cuentan en unidades en desuso, en dinero que desapareció, en palabras enmascaradas que casi nadie sabe ya qué significan.

En Mataró yo hablaba en dos idiomas y durante cinco horas a la semana en un tercero, intermitente; en Santaella, en cambio, solo uno era posible. Por eso allí todo era más simple. Los horarios se concentraban. Los hombres pasaban muchas horas en el bar y las mujeres, en casa. No había estrés laboral. Ni universidad cercana. Ni museos. Ni playa. Ni tren. Ni bilingüismo. Aunque algún día nos cruzáramos con alguna culebra, aunque nos cayéramos de la bicicleta, aunque nos enzarzáramos a pedradas, en el Pueblo nos sentíamos mucho más seguros; por eso el tiempo se dilataba y uno podía estar en la calle hasta la una o las dos de la madrugada. Si a esa hora el calor no había cedido, el tito Antoñito sacaba los colchones a la terraza y pasábamos la noche a la intemperie.

Hasta los nueve o diez años de edad, siempre que volvíamos del Pueblo me traía conmigo el acento. Durante dos o tres semanas hablaba como un andaluz y provocaba las risas de los familiares que no habían viajado en aquella ocasión. Pero pronto regresaba a mis idiomas y a la voz con que los he hablado casi desde siempre.

Ahora me doy cuenta de que cuando terminaba la Semana Santa o el verano y regresaba al colegio buena parte de las clases estaban dedicadas al Pueblo. El sector primario, el reloj de sol, los nombres de las hortalizas, el ciclo del agua, al-Ándalus, la dureza de los minerales, la anatomía de la vaca, la geografía de España, los poemas de Lorca o de Machado, ciertas palabras de origen árabe (“azada”, “acequia”, “bancal”). Pareciera como si la formación escolar mirara hacia el mundo que se estaba perdiendo o que se había perdido. Un mundo en que los ojos sabían la hora mirando el sol o si llovería al día siguiente observando el cielo nocturno, en que la boca podía degustar fruta sin conservantes ni pesticidas, en que el olfato reconocía la tierra mojada o las amapolas o el abono, en que las manos agarraban herramientas y  no se deslizaban por teclados. Solo las clases de informática, en aquella aula ganada al entresuelo mediante un altillo, nos conectaban electrónicamente con una realidad en que los animales eran dibujos animados, iconos, marcas, dígitos, unos y ceros.

Ir al Pueblo significaba representar: recuerdo el mapa de España que yo mismo había dibujado y cómo durante todo el viaje fui trazando una línea que era yo, que era la familia, el coche familiar, por autopistas que atravesaban la periferia barcelonesa y Tarragona y Castellón y se desviaban en Valencia, por carreteras nacionales que pasaban por Albacete y entraban al fin en Andalucía, anunciada por el toro de Osborne, mientras en el radiocasete sonaba Antonio Molina o Ana Reverte, avanzando hacia el Sur como la punta de un lápiz al deslizarse por un folio, guiada por la mano de un niño que en vez de mirar el paisaje mira concentrado una línea que avanza y no se detiene hasta llegar, al fin. Ir al Pueblo significaba disfrazarse: si íbamos en verano, volvía más que bronceado, negro, convertido en el niño moro que probablemente fue alguno de mis ancestros; si eran en Semana Santa nuestras vacaciones, acababa disfrazado de nazareno, con un cirio en ristre y la túnica verde de la cofradía de San Juan que es, si no recuerdo mal, a la que sigue perteneciendo mi primo Gonzalo, siguiendo con los pasos el ritmo lúgubre de los tambores.

En la vida real, solo me disfrazaba en Carnaval y en la función de final de curso. También en ella existía cierta tendencia a hacer pervivir en nosotros el pasado que solo era presente en el Pueblo. Una vez representamos una obra de teatro en que yo hacía el papel de molinero. En otra ocasión nos vestimos, por parejas, con los trajes regionales de toda España y cantamos a voz en cuello una canción típica de cada comunidad autónoma. La mayoría éramos hijos de andaluces, murcianos, extremeños y catalanes, de modo que ni se planteó la posibilidad de que cada cual se disfrazara de la tierra de sus orígenes. De hecho no recuerdo ni una sola alusión, en ocho años de escolaridad, a nuestros orígenes inmigrantes, como si la catalanidad que en aquellos definió Jordi Pujol (“catalán es todo aquel que vive y trabaja en Cataluña”) siguiera el mismo proceso de normalización que regulaba la enseñanza de la lengua. Creo que me tocó el traje regional de Asturias y cantar “Asturias, patria querida, / Asturias de mi amores”.

En Mataró tenía tres tíos y tres tías y en Santaella, en cambio, solo tenía uno de cada. En Mataró yo era dos, Jorge y Jordi; en el Pueblo, en cambio, era solamente uno. Como la Osa Mayor, como el salmorejo, como la torrija, como el olivo, como el toro de Osborne que señalaba la llegada. Seguí teniendo dos idiomas y hablando a veces en un tercero; continué teniendo dos nombres; y sospechando que el Sur, en cambio, que en cambio en el Sur, que allí, tal vez, en cambio: quién sabe.

En Mataró había arte e historia del arte, pero en Andalucía solo había vacaciones. Descubrí el turismo mucho más tarde. No fue hasta los veinticinco años cuando visité la Mezquita de Córdoba, que se encuentra a treinta kilómetros de Santaella. Pasé aquella Semana Santa viviendo intensamente la vida religiosa del Pueblo: las procesiones, las cofradías, el alcohol debajo de las vírgenes y los cristos, las discotecas de madrugada, el coñac y el anís al amanecer, para regresar a la iglesia y cargar de nuevo el paso al hombro, el pesado peso del paso y del pasado sobre las espaldas. En un portal, un nazareno de dieciséis años se había quitado la capucha para meterse una raya de coca. Tal vez fue entonces cuando me di cuenta de que el idioma único que allí había era de una complejidad que no admitía simplificaciones. Como en la ciudad, como en todas partes.

Para escribir este texto he llamado varias veces a mi madre. En una de esas conversaciones me ha confesado que ella siempre ha tenido miedo del campo, porque durante la infancia su madre le transmitió el temor a lo que ocurría más allá de los límites del Pueblo. Nunca aprendió a nadar y por eso del mar también tiene miedo.

Recuerdo casi todos los días que pasé en el Pueblo. Son recuerdos diáfanos, completos hasta en el último detalle, atravesados por una luz extraña que los hace vibrar. El patio trasero de la casa vieja, donde celebramos mi cumpleaños entre gallinas. La casa vecina; la casa de Matías y de Manolo y del hermano mayor, cuyo nombre no recuerdo y no quiero averiguar. La pátina sombría de aquella casa. El tío de aquellos niños, que era fotógrafo y excéntrico y con el tiempo se convirtió en una persona muy triste. Las habitaciones grandes y compartidas de la caja vieja. Las largas siestas, la telenovela de la tarde en blanco y negro. El pecho desnudo de mi prima Loli, de perfil, mientras se quitaba el pijama en la penumbra, cuando ella debía de tener unos veinte años y yo era todavía un niño. Aquellas lagartijas que tomaban el sol en el muro que había al fondo del patio y que se confundía con la ladera del barranco. Los novios de mis primas que después fueron los maridos de mis primas y ahora son los padres de las hijas de mis primas, pues cinco niñas tuvieron. Aquella excursión que nos ocupó toda la mañana y durante la que creímos orientarnos por la posición del sol. Las mujeres, tan maquilladas, con sus mantillas negras, en la feria. Las calles de Santaella, por la mañana, después de una noche de procesiones, cubiertas por una grumosa capa de cera derretida y fría. Las carpas de la feria: las jóvenes bailarinas de sevillanas, bellísimas, con los pómulos coloreados y los labios muy rojos, rodeadas de sillas y mesas de madera iluminadas por miles de bombillas. El sabor primerizo de la sangría. Los besos adolescentes de Mari Jose y Gonzalo. Aquel concierto de Los Refrescos que fue mi primer concierto. El trayecto desde la casa vieja hasta la plaza donde cada mañana se apostaba la vendedora de churros (los vendía por unidad, gruesas porras en el aceite hirviente). Cada una de aquellas tardes en la piscina municipal, cuando el Pueblo se expandió en dirección a los olivos del tito Antoñito, mucho antes de que se mudaran a aquella zona Mari Jose y Gonzalo después de los años que pasaron en Madrid y en Sevilla. El piso de mis tíos, tras la venta de la casa vieja, que tenía que haber sido derribada pero ahí sigue, sola y vieja y vecina, encerrada en su propio abandono. Mi primera discoteca. Cada una de aquellas estrellas que colmaban el cielo y de aquellos colchones que llenaban la terraza de las noches más calurosas del verano, cuando aún la realidad no estaba saturada de nombres, es decir, de palabras, es decir, de máscaras, quién sabe: tal vez.

Quién sabe, tal vez sea el duelo el mecanismo interno que nos hace humanos. Cómo asumimos todo lo que perdimos, hemos perdido, estamos perdiendo: los caminos tomados y los no tomados, las oportunidades aprovechadas, las opciones perdidas. Ahora me doy cuenta de que mi padre se ha pasado toda la vida elaborando el duelo por el cortijo, por el campo, por la Alpujarra que perdió. Durante muchos años tuvo una hectárea de tierra a media hora de Mataró, cuatro o cinco bancales  donde crió tomates y patatas y habas y manzanos y nísperos y peras. Íbamos los domingos a pasar el día. Mi abuelo Pepe murió de un ataque al corazón en su propia parcela, a menos de un kilómetro de la nuestra. Solo una noche pasamos en aquella casa de madera que mi padre y mi tío construyeron para guardar las herramientas, las mesas y la vajilla, porque mi madre tenía miedo de los ratones de campo. No recuerdo cómo era el cielo nocturno, pero supongo que no muy distinto del de Mataró. En cambio, sí sé cómo es el de la Alpujarra: un mapa celestre y oscuro saturado de luz, es decir, de estrellas. Para bien o para mal, quién sabe, un fenómeno aquí inexistente. ~


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