Esto era el canon

¿Qué queda del arte de las monografías?
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Supongamos que nada de esto existe todavía. No existen las computadoras, o apenas hemos oído de ellas y el rumor afirma que son más grandes que un refrigerador grande. Todavía nadie discute por la forma correcta del verbo googlear, no existe Encarta –¿alguna vez existió?– ni, por lo tanto, Wikipedia. Supongamos que somos estudiantes y que parte de la tarea consiste en averiguar sobre literatura mexicana. No hay bibliotecas cerca ni enciclopedias a mano. En este momento, la investigación escolar depende del surtido de monografías de la papelería más cercana: todo el conocimiento sobre un hecho o una época resumido en un solo pliego de papel mal dibujado.

La monografía número 1099 –la única que había– se titula Literatura española (mexicana) y ofrece una valiosa lección de civismo en letra chica: “Conserva limpia tu ciudad”. Los ocho elegidos son:

 

 

Sor Juana Inés de la Cruz (1651-1695)

La única mujer, su biografía es la más corta de todas. Sobresalen dos acontecimientos: “Trató de entrar a la Universidad pero no se lo permitieron” y “Destacó por sus dotes poéticas desde muy niña”.

 

 

 

 

Joaquín Fernández de Lizardi (1776-1827)

“Abandonó el Colegio de San Idelfonso sin haber terminado los estudios” –porque, claro, de haberlos terminado no habría incurrido en abandono. También era muy respondón: “Al triunfo de la Independencia se puso al frente de la prensa de Iturbide, pero desilusionado lo empezó a atacar, lo mismo que a la Iglesia”.

 

 

Ignacio Manuel Altamirano (1834-1893)

Se dice que fue un “indio de raza pura” –lo que sin duda es importante– “fue diputado al Congreso” y “se consagró a la cátedra y a la burocracia”. ¿De qué época serán estos documentos que la “burocracia” es algo a lo que uno se consagra?

 

 

 

 

Justo Sierra (1848-1912)

Un adelantado. Abogado de profesión, “se dio cuenta de que le era más grato el magisterio y las reuniones literarias” –obvio– “por lo que principió a enseñar y a escribir”. Lo que no queda claro claro es cómo sabía que la cátedra y la vida bohemia le gustaban si todavía no las practicaba. El verbo "principiar" sí está registrado en el DRAE. “Como poeta fue estimado por su inspiración, por su viva expresión, por su imaginación”. Porfirio Díaz lo convirtió en diputado por Veracruz.

 

Juan de Dios Peza (1852-1910)

“No estudió en escuelas públicas” –él no era un cualquiera– “sino que tuvo profesores particulares de latín, francés y matemáticas” –con eso la armó. “El resto de su cultura la adquirió en la biblioteca de su padre y de los libros que recibía de Francia”. Y sí, también fue diputado. “Su mayor expresión poética está en sus Odas breves donde descubre su buen gusto y su dominio de la forma” –mucha clase. Y por si comenzáramos a dudar de las fuentes de esta pequeña biografía: “Cuenta con una abundantísima bibliografía directa e indirecta. Tiene diferentes ediciones en verso y en prosa”.

 

Manuel Gutiérrez Nájera (1859-1895)

“Fue hijo de un militar que llegó a Ministro de Guerra en el Imperio de Maximiliano” –tssssss– “cursó los estudios preparatorios e ingresó a la Facultad de Medicina donde cultivó estrecha relación con el malogrado Manuel Acuña” –alguien tenía que decirlo de una vez por todas– “era diputado federal cuando murió en 1910" –claro.

 

 

 

 

Amado Nervo (1870-1919)

“Su verdadero nombre era Juan Crisóstomo Ruiz de Nervo” –lo que comprueba que no todo pseudónimo atina–, “se dio a conocer como poeta a la muerte de Gutiérrez Nájera, repitiéndose el caso de Zorrilla a la muerte de Larra” –idénticos, los cuatro– “sus escritos han influido grandemente en México, Hispanoamérica y España, donde es uno de los poetas más leídos”.

 

 

 

Enrique González Martínez (1871-1952)

"Enseñó en la cátedra y ocupó elevados cargos de gobierno y diplomáticos, todo lo cual no le impidió realizar una obra poética consierable por su extensión y calidad”– menos mal.

 

 

***

¿Qué queda del arte de las monografías? Las cuartas de forros, la educación artística basada en datos y no en experiencias, una visión machista de la literatura, los escritores de traje y corbata –aunque de esos hay cada vez menos. Eso sí: los bigotes casi han desaparecido, por fortuna.

 

 

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