Historias de la prepa (uno)

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El 20 de julio (según leo en un periódico caracterizado por su objetividad), la Secretaría de Educación Pública (SEP) enteró a la Universidad Nacional Autónoma de México (UNAM) de que si su sistema de bachillerato no acepta la Reforma Integral de la Educación Media y Superior (RIEMS), no recibirá los apoyos económicos correspondientes.

La Dra. Rosaura Ruiz, secretaria de Desarrollo Institucional, una dependencia de la UNAM creada en 2004 (que antes era la Secretaría de Planeación y Reforma Universitaria), declaró de inmediato que ello representa “una presión” para obligar a la universidad a sumarse al proyecto. En opinión de la funcionaria, se trata de una determinación “incorrecta e inaceptable… Si hay recursos para el bachillerato, a la Universidad le tocan esos recursos esté o no en la RIEMS”.

Ahora bien ¿por qué no quiere la UNAM aceptar la RIEMS?

Porque la UNAM –dice la Dra. Ruiz- mantiene una perspectiva diferente sobre lo que debe ser el objetivo central del bachillerato.

Es muy interesante que, según la Dra. Ruiz (que también es presidenta de la Academia Mexicana de Ciencias), la diferencia de perspectiva radica sobre todo en que la UNAM educa preparatorianos para que continúen sus estudios de licenciatura, mientras que la SEP “ha señalado que se requiere gente para el trabajo”. En la UNAM, declaró entonces la Dra. Ruiz, “no queremos formar técnicos”. Y si bien un estudiante “se puede incorporar como técnico, el objetivo no es que ahí se quede.”

Así pues, el objetivo de la UNAM no es que el ténico “se quede” como técnico, sino que se convierta en ingeniero, en maestro en ingeniería, en doctor en ingeniería y hasta en ingeniero emérito. Es decir, se trata de que no sea un técnico, sino un profesionista liberal (es decir, que no sea un obrero, sino un burgués).

Es una discusión interesante.

Me recuerda, necesariamente, el conflicto que hubo en 1933 entre la SEP que presidía el Lic. Narciso Bassols y la UNAM que rectoreaba Manuel Gómez Morín. En ese entonces el secretario Bassols, devoto de la “escuela de la acción”, convencido de que la educación sólo servía, precisamente, para formar “gente para el trabajo”, criticaba ácremente el objetivo de la UNAM de formar profesionistas liberales a quienes consideraba poco menos que zánganos del capitalismo. La idea de escuela que defendía Bassols consistía en llevar a los estudiantes a la estación de trenes donde, según él, ocurría todo lo que un estudiante necesitaba aprender.

Por eso dijo Bassols ante la Cámara de Diputados a una semana de que iniciara el rectorado de Gómez Morín: “¿Qué interés podrían tener los verdaderos proletarios, los que viven de un jornal arrancado con esfuerzos cerca de la máquina; qué interés podrían tener en ser abogados, médicos, ingenieros o dentistas?”. Y se contestó: ninguno. Para eso el gobierno abre escuelas rurales y técnicas, para que los estudiantes sean buenos técnicos y no se entreguen, como los universitarios, a “ocios verbalistas” (Bassols, Obras, México, FCE, 1964, p. 245.) Tanto le irritó a Bassols la idea de gastar dinero en “licenciaturas”, y tanto entendió como un desperdicio subsidiar a la UNAM para formar “profesionistas”, que logró despojarla de su carácter “nacional”, le diezmó el presupuesto y casi logra retirarle la autonomía.

Setenta y cinco años más tarde, la discusión revive, y casi en los mismos términos… Un caso de gatopardismo, pero invertido en el espejo de la historia.

Pues lo único que ha cambiado es que, en 1933, el propugnador la educación “para el trabajo” era el marxista Bassols, y los defensores de la educación liberal eran (¡gulp!) los “reaccionarios” y “derechistas”…

(Continuará)

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