“La conspiración de leer”

Sobre el fomento a la no-lectura
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Así se llama el artículo que el escritor nicaragüense Sergio Ramírez publicó, el último viernes de febrero, en el diario La Jornada en México, y en El Nacional de Venezuela, y en El Tiempo y en La opinión de Colombia, y La Nación de Costa Rica, y en su blog en El boomerran(g), y en su página de internet, etcétera.

Dicen que cuando alguien gana tantos y tan prestigiosos premios literarios su voz se escucha en todos los rincones del planeta.

Y lo que hay en sus palabras es lo siguiente: la reproducción de ese mismo discurso hueco y vacío sobre la lectura.  A veces, leyendo textos así, parece que algunos defensores y promotores de la lectura escriben y pregonan siempre lo mismo pero en diferente orden: que hay que disfrutar de la lectura, que leer es bueno, que no leer es malo, que leer por obligación es peor y que la gente que obliga a los otros a leer tienen un lugar asegurado en el infierno.

Lo demás son variantes de los mismos temas:

Dice Sergio Ramírez que:

1. “La lectura es sensual. Se abre un libro para gozarlo. El primer deber de un libro de ficción es distraer, y aun las lágrimas que se vierten al leer sobre dolores y desventuras son parte de ese mismo gozo.”

Y la preguntas son: ¿no habrá leído nunca el autor un libro que lo aburra o lo agobie o lo moleste? ¿Imponer un deber a la ficción no es simplista, sobre todo cuando se privilegia el entretenimiento como la obligación principal de la lectura y la escritura? ¿Hay alguna diferencia entonces entre leer y, por ejemplo, ver la televisión o charlar o dar un paseo en el parque? Cuando se habla de la lectura en estos términos, la literatura se convierte en algo genérico, lo que resulta paradójico pues se entiende que la voluntad de un texto como éste es distinguir la lectura como algo excepcional, no confundirla con cualquier otra cosa.

2. “No hay que creer entonces en quienes nos dicen que sólo debemos aceptar lecturas serias o edificantes porque entonces nunca vamos a ser lectores adictos. Cuántos buenos lectores se han perdido por causa de las imposiciones escolares, que mandan leer por fuerza de los programas de estudios libros pesados e indigeribles, o que por falta de método son presentados como tales.”

Es curioso cómo el discurso en contra de la lectura obligatoria termina, usualmente, en la creación de otro imperativo: que la lectura tiene que disfrutarse. Los extremistas de la lectura por placer olvidan que “el derecho a no leer” (Daniel Pennac) de todo lector incluye también el derecho a que los otros no te digan lo que tiene que gustarte o no. Cuando se distingue entre “buenos” y “malos” lectores, la imposición escolar es el menor de los problemas, porque entonces leer, que es la aspiración de todo discurso de fomento a la lectura, no basta.

3. "Y quien no aprende nunca a leer, quien no se vuelve desde temprano un vicioso de los libros, no sabe lo que se pierde. Se expondrá a llevar una vida mutilada”

Y cuando leer no basta empieza la confusión. Los no-lectores están condenados; las personas que leen un libro y no les gusta, también. Leer, según estos términos, forma parte de un “deber hacer” basado en jerarquías y castigos. Aquí hay dos salidas: que la gente que lee “eso que se debe leer” reproduzca este discurso y camine por la vida sintiéndose superior a quienes no leen; y que la gente que no lee continúe sin acercarse a los libros por una ansiedad normal que proviene de la lectura al pie de la letra de las cosas: leer implica responsabilidades que no toda la gente tiene por qué desear.

4. "¿Cómo crearse ese vicio? Empezando por un cuento de los hermanos Grimm, luego yendo a uno de Chejov, o de Rulfo, antes de llegar por fin a una novela de Faulkner, o al Ulises de Joyce, ya no se diga. O yendo primero a los capítulos y pasajes más divertidos de El Quijote, o a alguno de los cuentos de Las mil y una noches."

Si ya antes se había hablado de una “falta de método” para contagiar la lectura (porque esto es lo otro: según esto leer es una enfermedad), con la ausencia de criterios que justifiquen esta lista, todo lo que se dice es susceptible de intercambio. ¿Por qué los hermanos Grimm y no cualquier otra persona? Estamos de nuevo ante la presencia del carácter genérico y reemplazable de estas ideas.

5. "Para que un niño o un adolescente adquiera el vicio de la lectura, antes deben adquirirlo los padres y los maestros, con espíritu cómplice, lejos de la severidad de quien encarga una tarea."

Menudo problema éste que combate la severidad de quien encarga una tarea con la severidad de imponerle otra a la gente: se dice “no obligues a los demás a leer” al mismo tiempo que se condiciona el gusto de la lectura, o su adquisición, al hecho de que todos leamos y disfrutemos igual.

6. "Ser parte de la conspiración de leer, comportarse como cabeceillas de una hermandad de iniciados. Abrirles una puerta al paraíso, donde espera la manzana dorada entre las frondas del árbol del bien y el mal."

Una manera más efectiva de enfrentar los retos de la promoción a la lectura consiste en darnos cuenta de que la intención no es suficiente. Considerar como “iniciados” a los lectores fomenta estratificaciones basadas en criterios morales que en principio no tienen nada que ver con leer, actividad que no se resgringe a la ficción y que excede “las frondas del árbol del bien y del mal”

Para reelaborar estos y otros lugares comunes quizá habría que empezar a concebir el hecho de no leer como la forma más radical de lectura.

Y empezar todo de nuevo.

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