Reprobando al rector

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Hace unos días se presentó la Iniciativa México, que convoca a la ciudadanía a presentar ideas que mejoren cinco aspectos de nuestro convulsionado país: calidad de vida (salud, educación, cultura); desarrollo comunitario (vivienda, espacios, proyectos económicos y productivos, seguridad); medio ambiente (agua, basura, transporte); derechos humanos (cultura de la legalidad, minorías); buen gobierno (transparencia, anti-corrupción).

Las convocantes son diversas empresas de comunicación, varias instituciones de educación superior, como la UNAM, el IPN, el ITESM, así como la Asociación Internacional de Universidades. Los convocantes divulgarán las iniciativas en los medios y el público y un consejo técnico votarán las más atractivas y promisorias, que recibirán financiamiento para ser puestas en práctica o para ser desarrolladas.

Las inumerables izquierdas unidas no tardaron en coincidir en que la tal Iniciativa México es “un fraude”. Esto las llevó a lanzar una primera iniciativa, que consiste en abstenerse de tener iniciativas. Y una segunda: en caso de tenerlas, abstenerse de presentarlas. Me parece bien: cada quien puede tener, o no tener, las iniciativas que se le antojen, o las que le ordenen, o las que disponga la dialéctica.

Ahí habría quedado la cosa, de no ser porque unos días después el periódico que es como un oasis en el desierto publicó una furiosa carta firmada por una treintena de “miembros de la comunidad de la UNAM”. Como invariablemente ocurre, estos abajofirmantes, gracias a un veloz abracadabra, se convirtieron en “la opinión de la UNAM”. Como siempre, por mi raza de 350 mil universitarios habló el espíritu de 30 (esto se llama plebiscito automático).

Pues estos abajofirmantes que, desde luego, hacen bien en criticar lo que les parece mal (o por lo menos parte), expresaron su “profunda preocupación” por la “presencia legitimadora” del rector de la UNAM en el “reality show” que, según ellos, es la Iniciativa México. El rector, acusaron, ha “doblegado a la UNAM ante el pensamiento capitalista dominante”, representado por quienes “ejercen cotidianamente la explotación económica y la violencia simbólica al pueblo de México” (sic). Juzgan también que el hecho de que la UNAM participe significa que el conocimiento que genera se verá “condicionado al beneplácito de los empresarios”, lo que obviamente atenta contra “la autonomía, la libertad de cátedra e investigación y el ejercicio del pensamiento crítico”. (El accionar del PRD en la UNAM no atenta contra la autonomía por dispensa especial: es “uso y costumbre”). Dicho lo cual, los abajofirmantes censuran ácremente que el nombre de la UNAM esté relacionado con la Iniciativa y proceden a deslindarse de cualquier trato con ella.

En pocas palabras, esa “UNAM” ha desconocido al rector como “jefe nato” de la UNAM (como dispone la Ley orgánica) y lo ha acusado de vulnerar su autonomía y sus libertades.

Más allá de este juicio somero y sumario, no deja de ser positiva la repulsa, pues aún estos abajofirmantes que encarnan a la UNAM “legítima” presentaron ya, a fin de cuentas, y contra su voluntad, una iniciativa. Consiste en que “el pensamiento capitalista dominante” es muy mal pensamiento y debe ser sustituido por un buen pensamiento. Ya no dicen los abajofirmantes de cuál buen pensamiento se trata, pero quizás pueda conjeturarse -con riesgo de merecer una avasalladora repulsa- que se trata del que habrá de liberar al pueblo de todos sus males, de una buena vez y para siempre.

¡Abracadabra!

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