Sobre la marcha

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Sobre Av. Chapultepec se distinguen pequeñas tropas semi uniformadas —como si fuera el cambio de turno en Centro Médico— que intentan afanosamente conseguir un taxi. Es de noche y hace poco que la lluvia, a diferencia de los sedanes verdes y los tsurus rojos, se detuvo. Quienes ocupan los asientos de pasajeros insultan a los peatones vestidos de blanco. Unas señoras son llamadas “¡Culeras!” y a unos muchachos se les espeta “¡Votaron por Calderón, ojetes!” Estamos cansados y no queremos agregar a nuestras espaldas la fatiga de la espera. Optamos por probar suerte con el metro en Salto del Agua y allí presencio cómo la boletera —cualquier otro día de laconismo cartujo, tan acostumbrada a los escuetos “Deme dos”— responde de buena gana a una madre que se desvive agradeciendo su amabilidad, cómo alguien pregunta el precio del pasaje y otros, más incautos, revisan con atención el mapa subterráneo de la ciudad. Quizá entonces recordaron su primer viaje a Nueva York o París.

A riesgo de parecer naíf, el autor de esta crónica constata que la marcha contra la inseguridad del sábado evidenció como nunca el abismo entre las clases sociales de la ciudad. Nótese que habla de algo tan concreto como marcas de pantalones, el color de la piel y un camión del Colegio Vistahermosa estacionado sobre Balderas; no de “conciencia” o “legitimidad”. Bajo los lentes de su trasnochado republicanismo, allí donde no hay ciudadanía predomina la identidad socioeconómica, esa misma que provoca discusiones sobre la justicia de las demandas no tanto por la validez de su contenido como por el acento de quien las profiere. Y esto, aunque no pueda argumentar si es bueno o malo, produce enormes contradicciones. Menciona una sobresaliente: el hecho de que estuvieren subrepresentados quienes más padecen la tara de la inseguridad, a saber, aquellos con menores recursos. Y otra inadvertida: que hablar de “fresas” y “ricos” aplana la diversidad de quienes conformaron esa larguísima columna sobre Paseo de Reforma; así como hubo quienes hicieron de Casa Bell su punto de reunión y aprovisionamiento, el autor también observó, a su paso por las colonias Juárez y Roma a familias enteras que salían de edificios arruinados para participar en la marcha. La misma diversidad además quedó manifiesta en las actitudes de los marchantes. Había quienes reclamaban justicia, los menos y quienes aprovecharon el escenario para conmemorar a un amigo o familiar difunto; unos cuantos, para quienes la manifestación era un adiestramiento de fraternidad cívica, regalaban abrazos; los otros, amplia mayoría, presentaban comportamientos variados, desde la gravedad que se espera de los peregrinos hasta el aire despreocupado de un paseante dominical.

El autor utiliza el gastado recurso de la tercera persona para mostrar su extrañamiento. Curtido en la práctica de la protesta, le asombró la ausencia de consignas en voz alta. Sospecha que el silencio es un no brainer y que a falta de un afilado instinto político, no queda otro recurso para cubrir el vacío que las porras: “¡México! Tras, tras, tras. ¡México! Tras, tras, tras.” Porras, la verdad sea dicha, inaudibles y esporádicas. Debimos pasar a un costado del templete de TvAzteca para que la muchedumbre se sacudiera su timidez. A falta de teorías propias el autor explica su malestar recurriendo a Peter Sloterdijk y lamenta con nostalgia aquellas asambleas masivas donde miles de personas “hacían la inmensa experiencia de sentirse un colectivo dotado de voluntad que reclamaba sus derechos, tomaba la palabra y del que emanaba poder”. Estoy de acuerdo con él pues no es difícil advertir la incapacidad de las sociedades actuales para percibirse a sí mismas de otra manera que no sea a través de símbolos mediáticos de masas. Porque el único grito general de esa masa sabatina era frente a la cámara —último espejo capaz de reflejarnos. Para experimentarse al día siguiente en el noticiero, para mejor representarse en el espacio de una primera plana, la masa inundó el Zócalo con el único lenguaje que conoce: el de los inicios de justas deportivas y los conciertos de música pop: playera, himno y fuego.

Al autor también le extrañó la insensibilidad de la izquierda y sus legiones progresistas para cualquier confluencia que ocurra sin su amparo. Las multitudes agrupadas entre el Ángel y Palacio Nacional no asistieron a una reunión involuntaria (la única clase de reuniones cotidianas en esta sociedad) pero tan poco eran multitudes con una finalidad más allá que la de atestiguarse a sí mismas. Para la izquierda una masa será revolucionaria o no será; a sus ojos la desorganización, es decir, que los movilizados no conformen un frente, que sus pasos no se traduzcan en votos, es una suerte de onanismo político y nada hay más obsceno que desperdiciar la simiente de la rebeldía. Quizá los individuos que participaron en la marcha no se preocupen por lo público y sus exigencias provengan de su fracaso para erigir refugios privados inmunes a la delincuencia organizada. Es fácil denostar a quienes defienden sus propios intereses. Las élites políticas e intelectuales mexicanas siempre han endilgado nuestros fracasos como sociedad a la falta de virtuosos ciudadanos, individuos que defiendan todo menos sus intereses particulares (aquí sigo a Fernando Escalante), cuando el problema no es la carencia de virtud sino la ausencia de Estado.

El autor leyó a un articulista ufanarse de su conciencia política y ofrecer como razón para no asistir a la marcha que ha ido “a casi todas aquellas que han pugnado por el respeto a los derechos humanos de las minorías sexuales”. El autor desconoce si su decisión es fruto del desencanto (nada pasa en el país de la impunidad) o de la discriminación; en la mente del progre o se abrazan todas las causas o no es legítimo abrazar ni una. Para terminar comenta que escuchó a muchas personas justificar su ausencia criticando el repentino espíritu cívico de quienes participarían. El autor consiente: es muy probable que los marchantes del 30 de agosto no salgan a las calles para involucrarse en otras causas. Aún así entre el compromiso específico y el compromiso generalizado, casi siempre autosuficiente, el autor se queda con el primero. Los que quieren transformar el mundo seguido menosprecian a quienes simplemente desean habitarlo, en este caso, sin miedo. No es necesario tomarnos del brazo, compartir cada una de nuestras convicciones, para caminar juntos.

– J.E.G. Baranda

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