Una noche en el museo

Una reseña del libro que conmemora los veinte años de existencia del Papalote Museo del Niño
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Varios autores

A papalotear

México, Papalote Museo del Niño/Ediciones El Viso, 2013, 146 pp.

 

Pareciera que los espacios comúnmente relacionados con la educación –las escuelas, las bibliotecas, los museos– están llenos de restricciones: “Hable en voz baja”, “No toque”, “No use flash”, “No saque más de tres libros a la vez”, “No coma dentro del salón de clases”. Sin embargo, esa aura de buen comportamiento no ha impedido –más bien, ha alentado– que se escriban historias divertidísimas, transgresoras e ingeniosas con escenarios como la escuela (El pequeño Nicolás, ¡Abajo el colejio!) o la biblioteca (Matilda). Son libros para niños cuya idea central puede resumirse en: ya estamos aquí, ahora hay que saltarse ese o aquel cordel de seguridad.

Pero no todos estos espacios de aprendizaje tienen que operar como un catálogo de prohibiciones, y así lo ha demostrado el museo Papalote, un proyecto que, desde sus inicios, quiso aliar el juego y el conocimiento y que este año cumple dos décadas de liberar la curiosidad en lugar de restringirla. Como una forma de celebración, el Papalote reunió a diez autores para que escribieran historias en torno al museo: Francisco Hinojosa, Ana García Bergua, Juan Villoro, Vivian Abenshushan, Luigi Amara, Fabrizio Mejía Madrid, Guadalupe Nettel, Julián Herbert, Martín Solares y Jorge F. Hernández. La propuesta –según puede apreciarse en el libro A papalotear, producto de esa convocatoria y que ha sido ilustrado por Manuel Monroy– no solo exigió un escenario común sino una suerte de visión compartida: cada una de estas narraciones explora la capacidad de asombro que puede alentar un lugar, como el Papalote, donde el conocimiento no está peleado con el juego.

Lo que maravilla de estas diez historias es el reto asumido por los autores para reinventar nuestra idea de museo y reinvindicar su valor ya sea como experiencia “científica” de la niñez, como lugar de portentos inesperados o como anécdota de grupo. Sorprenden, por ejemplo, los cuentos de Juan Villoro y Francisco Hinojosa, quienes han construido sus narraciones a partir de experimentos que han salido, por un lado, bien y, por el otro, mal. Villoro cuenta la historia de Marilú, la niña que nunca había visto llover, y de Walter, su peluche pesimista. En la visita que ambos personajes hacen al Papalote,Marilú descubre que es posible embotellar una nube y que no es necesario esperar a la época de lluvias para ver por primera vez un chubasco. Francisco Hinojosa, por su parte, convierte una tranquila visita familiar en una delirante aventura para liberar al señor Yácatas de la burbuja de jabón en la que se ha metido (no importa lo sencillo que parezca este proceso; poco ha servido un quitaesmalte, unos cerrillos, un sacacorchos y un serrucho).

No todas las historias son necesariamente fantásticas, lo que no significa que renuncien a ser imaginativas. Julián Herbert ha escrito una comedia de enredos donde Bernardo, el chico al que le disgustan los apodos, intenta adivinar en qué trabaja su padre (al que todo el vecindario conoce como el “Ratón”). Por los moretones con los que llega a casa algunas noches, Bernardo sospecha que su papá labora, en efecto, de roedor. ¿Qué pasará cuando lo vea entusiasmado corriendo en la rueda de hámsteres del Papalote? ¿Y cuando finalmente visite su lugar de trabajo? Lo mismo sucede con el cuento de Ana García Bergua, quien ha apostado por una comedia de la acción: una rana ha quedado suelta en horas de clase y recorre el Papalote, para desesperación de Ramón, que ha prometido regresarla sana y salva. Se trata de ese “caos controlado” con que Paul Johnson identifica el ejercicio del humor y que funciona también en “La inolvidable noche de las narices nuevas”, de Vivian Abenshushan, la historia de una ciudad donde todo marcha bien y la gente vive en constrante júbilo hasta que Bartolo, el vigilante del museo Papalote, descubre que le disgusta su nariz. Esa pequeña inconformidad provocará que otros habitantes de Guasutlán Abajo también quieran liberarse de sus propias narices. El resultado es una surrealista escena que ilustra qué sucede con una comunidad, una vez que se ha sembrado la semilla del descontento.

Pero este libro encierra más historias: la de un niño flotante que encabeza un concierto de rock, la de un cerdo robado, la de Norah que ha encontrado un tiburón. El libro cierra con un emotivo texto de Jorge F. Hernández que ha imaginado a todos los colaboradores de la antología jugando de noche en el Papalote. Como viñeta final es inmejorable porque transmite la misma sensación que deja la lectura de estos cuentos: no la de un grupo de adultos reencontrándose con su niñez, sino la de aquellos que han sabido identificar en la ficción el artefacto idóneo para seguir sorprendiéndose con el mundo.

 

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