“¿Usted era David Niven?”

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(DEL CINE Y SUS FANTASMAS)

Un hombre nacido allá por la cuarta década del siglo XX, si es un cinéfilo que ha visto (como hace poco calculé haber visto yo) cuando menos tres mil films, tiene su existencia poblada con meros reflejos intemporales que fueron actores y actrices. El cine ha aportado a nuestras vidas incontables fantasmas que, siendo en una o varias décadas astros y estrellas fugaces o persistentes, habitantes de films famosos, “de culto”, pasaron a una mitología del siglo. Y para que se dé esa recurrente fantasmalización no es necesario que las divas y los divos hayan muerto: basta que su auge ya sea pretérito.

En una casi poética novelita al borde de la literatura fantástica y del género “gótico”, El castillo de los Cárpatos, Julio Verne, con una trama de folletín y trucos de linterna mágica y de fonógrafo, presenta un ersatz de la star cinematográfica: el fantasma de una muy amada y ya fallecida diva de la ópera. Así, Verne anticipa las stars fantasmas, digamos Lillian Gish, Francesca Bertini, Rodolfo Valentino, Greta Garbo, Louise Brooks, Betty Boop, James Dean, Marilyn Monroe, Brigitte Bardot, Sofía Loren, etc., y ahora Leonardo di Caprio, Catherine Zeta Jones, Brad Pitt, Liv Tyler, capaces de poseer (en el sentido de la demonología) a cinéfilos de varias generaciones…

Pero, ¡ay, estrellas fugaces, astros inmortales del momento! En principio, cada uno o una de esos astros o estrellas es un ser de belleza para siempre, puesto que el cine lo fija en unos instantes de intensa presencia visual, pero le llega el momento en que comenzará a ser un inmortal de ayer. Los semidioses que palpitaban en las pantallas a 16 o a 24 imágenes por segundo ahora empiezan a dejar de ser: los has been. Sin embargo, ahí están las películas, en las salas de cine, en la pantalla de televisión, en los videodiscos, y, como ocurre con el retrato de Dorian Gray, si el modelo envejece, su imagen se mantiene en ese su mejor momento…

Y entonces, en un elevador, una señora inocentemente desalmada le pregunta al muy buen comediante David Niven (quien después, sin autocompasión, con seco y elegante humor british, lo contó en su autobiografía):

— Disculpe, caballero, ¿usted era David Niven?

Ocurría que la señora, una fan de un fantasma, había encontrado al fantasma (en carne y hueso) del fantasma (de luz y 24 fotogramas por segundo).