Visitando a Fidel

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“Nadie ha sido más difamado que los judíos”
(7 de septiembre, 2010)

Hace un par de semanas, mientras estaba de vacaciones, sonó mi celular. Era Jorge Bolaños, jefe de la Sección de Intereses de Cuba en Washington (nosotros, claro, no tenemos relaciones diplomáticas con Cuba). “Tengo un mensaje para ti de parte de Fidel”, me dijo. Esto hizo que me irguiera en la silla. “Ha leído tu artículo sobre Irán e Israel en The Atlantic. Te invita a ir a La Habana el domingo para discutir tu texto.” Siempre estoy dispuesto, desde luego, a interactuar con los lectores de The Atlantic, así que llamé a una amiga del Consejo de Relaciones Exteriores, Julia Sweig, destacada experta en Cuba y América Latina, y le dije: “Nos vamos de viaje.”

Partí rápidamente de la República Popular de Martha’s Vineyard hacia el más tropical paraíso socialista de Fidel. A pesar de la contraproducente prohibición estadounidense de viajar a Cuba, tanto Julia como yo, periodistas e investigadores, calificamos para un permiso del Departamento de Estado. El vuelo chárter que salió de Miami estaba repleto de cubano-americanos que llevaban computadoras y televisores de pantalla plana para sus familias, desprovistas de tecnología. Cincuenta minutos después de haber despegado llegamos al Aeropuerto Internacional José Martí, casi vacío. La gente de Fidel (a pesar de haber renunciado hace algunos años, debido a una enfermedad, a su rol de comandante en jefe, Fidel todavía tiene mucha gente) nos contactó en la pista. Pronto fuimos llevados a una “casa de protocolo”, dentro de un complejo gubernamental cuya arquitectura recuerda a las urbanizaciones bardeadas de Boca Ratón. El otro único huésped en este amplio recinto era el presidente de Guinea-Bissau.

Estaba yo al tanto de que Castro se encontraba preocupado por la amenaza de un enfrentamiento militar en el Medio Oriente entre Irán y Estados Unidos (e Israel, país al que él llama el “gendarme” de Medio Oriente). Desde que salió, a principios de este verano, de una reclusión de cuatro años debida a motivos médicos (varios problemas gastrointestinales se habían combinado hasta casi matarlo), Fidel, de 84 años, ha hablado mucho sobre la catastrófica amenaza de lo que él ve como una guerra inevitable.

Me daba curiosidad saber por qué veía el conflicto como inevitable y me preguntaba, claro, si su experiencia personal –la crisis de los misiles que por poco provoca la aniquilación de la mayor parte de la humanidad en 1962– había influido en su creencia de que un conflicto entre Estados Unidos e Irán crecería hasta convertirse en una guerra nuclear. Me daba más curiosidad, de cualquier modo, echar un vistazo al gran hombre. Pocas personas lo han visto desde que cayó enfermo en 2006 y su estado de salud ha sido objeto de repetidas especulaciones. Existen preguntas, también, sobre el rol que juega hoy en el gobierno cubano –oficialmente entregó hace dos años el poder a su hermano menor, Raúl Castro, pero no queda claro de cuántos hilos sigue tirando.

A la mañana siguiente a nuestro arribo a La Habana, Julia y yo fuimos llevados a un cercano centro de convenciones y escoltados, escaleras arriba, hasta una oficina amplia y despejada. Un frágil y envejecido Fidel se levantó para saludarnos. Llevaba una camiseta roja, unos pants y unos tenis New Balance negros. El cuarto estaba lleno de funcionarios y familiares: su esposa Dalia y su hijo Antonio, así como un general del Ministerio del Interior, un traductor, un médico y varios guardaespaldas, los cuales parecían haber sido reclutados entre el equipo cubano de lucha. Dos de estos guardaespaldas sostenían a Fidel de los codos.

Nos dimos la mano, y Fidel saludó con gusto a Julia, a quien conoce desde hace más de veinte años. Se dejó caer suavemente en su asiento y así empezó una conversación que continuaría, con interrupciones, por tres días. Su cuerpo puede lucir frágil, pero su mente se mantiene aguda, su nivel de energía es alto, y no solo eso: resulta que el Fidel de la última etapa es dueño de un autocrítico sentido del humor. Cuando le pregunté durante el almuerzo acerca de lo que yo he terminado por llamar “el asunto Christopher Hitchens” –es decir: si la enfermedad había provocado que cambiara su idea acerca de la existencia de Dios–, me respondió: “Lo siento, pero sigo siendo un materialista dialéctico.” (Esta respuesta es todavía más simpática si uno se declara, como yo, un ex socialista.) En otro momento, Fidel nos mostró una serie de retratos recientes de sí mismo, en uno de los cuales aparece con una expresión feroz. “Así es como se veía mi cara cuando estaba enojado con Kruschev”, nos dijo.

Castro abrió nuestro encuentro diciéndome que había leído con cuidado mi artículo en The Atlantic y que este había confirmado su idea de que Israel y Estados Unidos se estaban moviendo precipitada y gratuitamente hacia una confrontación con Irán. Desde luego que su interpretación no era inesperada: Castro es el abuelo global del antiyanquismo y un severo crítico de Israel. Su mensaje a Benjamín Netanyahu, el primer ministro israelí, dijo, era sencillo: Israel solo estará seguro si renuncia a su armamento nuclear, así como el resto de las potencias nucleares solo encontrará seguridad si renuncia a sus armas. La renuncia global y simultánea al armamento nuclear es un propósito loable, claro, pero no es, al menos en el corto plazo, realista.

Su mensaje a Mahmud Ahmadineyad, el presidente de Irán, era menos abstracto, sin embargo. En el transcurso de nuestra primera discusión, que duró cinco horas, Castro condenó en varias ocasiones el antisemitismo. Criticó a Ahmadineyad por negar el Holocausto y explicó que el gobierno iraní serviría mejor a la causa de la paz si reconociera la historia “única” del antisemitismo e intentara comprender por qué los judíos temen por su propia existencia.

Castro siguió esta discusión describiendo sus primeros encuentros con el antisemitismo. “Recuerdo el Viernes Santo cuando yo era niño, hace mucho tiempo, tendría yo cinco o seis años y vivía en el campo. ¿Cuál era la atmósfera que respiraba un niño? ‘Guarda silencio, Dios ha muerto.’ Dios moría cada año entre el jueves y el sábado de la Semana Santa, y esto producía una profunda impresión en todos. ¿Qué había pasado? Decían: ‘Los judíos mataron a Dios.’ ¡Culpaban a los judíos de haber matado a Dios! ¿Te das cuenta?”

Continuó: “Bueno, yo no sabía qué era un judío. Sabía de un pájaro llamado ‘judío’, así que para mí los judíos eran esos pájaros. Esos pájaros tenían grandes narices, y no sé por qué se les llamaba así. Eso es lo que recuerdo. Así de ignorante era toda la población.”

Afirmó que el gobierno iraní debe entender las consecuencias del antisemitismo teológico. “Esto se ha prolongado tal vez por dos mil años”, dijo. “No creo que nadie haya sido más difamado que los judíos. Diría que mucho más que los musulmanes. Han sido mucho más calumniados que los musulmanes porque son culpados y difamados por todo. Nadie culpa a los musulmanes por cualquier cosa.” El gobierno de Irán debe comprender que los judíos “fueron expulsados de sus tierras, perseguidos y maltratados en todo el mundo como aquellos que habían matado a Dios. En mi opinión esto fue lo que les pasó: selección inversa. ¿Qué es selección inversa? Por más de dos mil años fueron sometidos a una terrible persecución y luego a los pogromos. Uno pensaría que con eso habrían desaparecido; creo que su cultura y su religión los mantiene juntos como una nación”. Prosiguió: “Los judíos han vivido una existencia mucho más dura que la nuestra. No hay nada que pueda compararse con el Holocausto.” Le pregunté si le diría a Ahmadineyad lo que me estaba diciendo a mí. “Te digo esto para que tú puedas comunicárselo”, me respondió.

Castro pasó entonces a analizar el conflicto entre Israel e Irán. Dijo entender el temor iraní a una agresión israelí-americana y agregó que, en su opinión, las sanciones estadounidenses y las amenazas israelíes no disuadirían a los dirigentes iraníes en su objetivo de tener armas nucleares. “Este problema no se va a resolver, porque los iraníes no van a dar marcha atrás ante las amenazas. Esa es mi opinión”, dijo. Después apuntó que, al contrario de Cuba, Irán es un “país profundamente religioso” y que los líderes religiosos son menos propensos a negociar. Recordó que incluso la Cuba laica ha resistido diversas demandas estadounidenses en los últimos cincuenta años.

Durante esta primera conversación volvimos varias veces a su temor de que una confrontación entre Irán y Occidente pudiera degenerar en una guerra nuclear. “La capacidad de Irán para infligir daño no se ha apreciado”, dijo. “Los hombres piensan que pueden controlarse a sí mismos, pero Obama podría reaccionar de forma excesiva y una escalada gradual podría terminar convirtiéndose en una guerra nuclear.” Le pregunté si este miedo suyo estaba determinado por su experiencia durante la crisis de los misiles en 1962, cuando Estados Unidos y la Unión Soviética casi se fueron a la guerra a causa de unos misiles nucleares instalados en Cuba (instalados ahí, claro, a invitación de Castro). Le mencioné la carta que él mismo había escrito a Kruschev, el premier soviético, justo en el punto más álgido de la crisis, en la que le recomendaba considerar el lanzamiento de un ataque nuclear contra Estados Unidos si los estadounidenses atacaban Cuba. “Ese sería el momento de pensar en liquidar para siempre tal peligro a través del derecho legal a la autodefensa”, Castro escribió en esa carta.

Le pregunté: “En cierto punto le pareció lógico a usted recomendar a los soviéticos que bombardearan Estados Unidos. ¿Lo que recomendó entonces le sigue pareciendo lógico hoy?” Me respondió: “Después de haber visto todo lo que he visto, y sabiendo lo que sé ahora, no valía para nada la pena.”

Me sorprendió que Castro expresara dudas acerca de su propia actitud durante la crisis de los misiles –y me sorprendió también, lo admito, que expresara tanta simpatía por los judíos y por el derecho de Israel a existir (derecho que apoya inequívocamente).

Tras esta primera reunión le pedí a Julia que me explicara por qué Castro me había invitado y cuál era la razón de su mensaje a Ahmadineyad. “Fidel está en una fase temprana de su reinvención como estadista, no ya como jefe de Estado en un escenario local, sino en el escenario internacional, que ha sido siempre una prioridad para él”, me contestó. “Los asuntos relacionados con la guerra, la paz y la seguridad internacional son un tema central; la proliferación nuclear, el cambio climático, esos son los temas más importantes para él, y apenas está empezando, está usando la plataforma de cualquier medio para comunicar sus puntos de vista. Ahora tiene en sus manos un tiempo que ya no esperaba tener. Y está revisando la historia, y su propia historia.”

Hay mucho más que decir acerca de esta conversación y de las que le siguieron. Empezaré describiendo uno de los días más raros que he vivido, un día que empezó con una simple pregunta de Fidel: “¿Les gustaría ir conmigo al acuario a ver el espectáculo de los delfines?”

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“El modelo cubano ya no nos funciona ni siquiera a nosotros”

(8 de septiembre, 2010)

Hubo muchas cosas extrañas en mi reciente viaje a La Habana (además del espectáculo de los delfines, al que voy a llegar pronto), pero una de las más inusuales fue el grado de autorreflexión de Fidel Castro. Tengo una experiencia limitada con los autócratas comunistas (tengo más experiencia con autócratas no comunistas), pero me pareció de verdad sorprendente que Castro estuviera dispuesto a admitir que había jugado mal su mano en el punto más álgido de la crisis de los misiles.

Todavía más sorprendente fue algo que dijo durante el almuerzo el día de nuestro primer encuentro. Estábamos sentados alrededor de una mesa pequeña; Castro, su esposa Dalia, su hijo Antonio, Randy Alonso (una figura importante en los medios de comunicación, administrados por el gobierno) y Julia Sweig –la amiga que me acompañaba, entre otras razones, para impedirme decir cosas estúpidas. Al principio yo solo estaba interesado en ver a Fidel comer –al fin y al cabo había sido una combinación de problemas digestivos lo que casi lo había matado–, así que decidí hacer un poco de “kremlinología” gastrointestinal y echar un ojo a lo que comía (para el registro: porciones pequeñas de pescado y ensalada, un poco de pan mojado en aceite de oliva y una copa de vino tinto). Pero durante la conversación, en general alegre (después de haber pasado tres horas hablando de Irán y el Medio Oriente), le pregunté si él creía que el modelo cubano seguía siendo digno de exportación.

“El modelo cubano ya no nos funciona ni siquiera a nosotros”, me dijo.

Esta frase me golpeó como la madre de todas las revelaciones. ¿En verdad el líder de la Revolución había dicho lo que había dicho?

Después le pedí a Julia que interpretara esa afirmación tan impresionante. Me dijo: “Él no estaba rechazando las ideas de la Revolución. Yo lo tomé como un reconocimiento de que bajo el ‘modelo cubano’ el Estado tiene un papel demasiado grande en la vida económica del país.” Julia señaló que uno de los objetivos de dicha frase podría ser crearle espacio a su hermano Raúl, quien es ahora el presidente, para impulsar las reformas necesarias de cara a las previsibles resistencias dentro del Partido y la burocracia. Raúl Castro, de hecho, ya está relajando el control del Estado sobre la economía. Recientemente anunció que pueden operar pequeños negocios y que los inversores extranjeros pueden comprar bienes raíces cubanos. (La ironía de este nuevo anuncio, por supuesto, es que no se permite a los estadounidenses invertir en Cuba, pero no a causa de la política cubana sino de la estadounidense. En otras palabras, Cuba está empezando a adoptar el tipo de medidas económicas que Estados Unidos le ha demandado desde hace mucho, pero los estadounidenses no tienen permitido participar en este experimento de libre mercado por la política hipócrita y autodestructiva del bloqueo. Ya nos arrepentiremos de esto, está claro, cuando los cubanos se asocien con los europeos y los brasileños para comprar todos los mejores hoteles.)

Pero divago. Hacia el final de este largo y relajado almuerzo Fidel nos mostró que está en verdad semirretirado. El día siguiente era lunes, cuando se espera que los líderes máximos estén manejando por sí solos la gestión de sus economías, arrojando disidentes a prisión y demás. Pero la agenda de Fidel estaba libre. Nos preguntó: “¿Les gustaría ir conmigo al acuario a ver el espectáculo de los delfines?”

Yo no estaba seguro de haberlo escuchado correctamente (esto ocurrió varias veces durante mi visita). “¿El espectáculo de los delfines?”

“Los delfines son animales muy inteligentes”, dijo Castro.

Le dije que teníamos una reunión programada para la mañana siguiente con Adela Dworin, presidenta de la comunidad judía en Cuba.

“Tráiganla”, dijo.

Alguien en la mesa mencionó que el acuario cerraba los lunes. Fidel dijo: “Mañana estará abierto.”

Y así fue.

A la mañana siguiente, después de recoger a Adela en la sinagoga, nos encontramos con Fidel en las escalinatas del acuario. Besó a Dworin, no casualmente delante de las cámaras (tal vez otro mensaje a Ahmadineyad) y nos dirigimos todos a una habitación amplia, iluminada con una luz azul y situada frente al inmenso tanque de vidrio de los delfines. Fidel explicó que el espectáculo de delfines del acuario de La Habana era el mejor espectáculo de delfines de todo el mundo, “totalmente único”, de hecho, porque el espectáculo ocurre bajo el agua. Tres buzos entran al agua, sin equipos de respiración, y llevan a cabo complejas acrobacias con los delfines.

“¿Te gustan los delfines?”, me preguntó Fidel.

“Me gustan mucho los delfines”, le contesté.

Fidel llamó a Guillermo García, director del acuario (todos los empleados del acuario, se me informó, se habían presentado “voluntariamente” a trabajar, por supuesto), y le dijo que se sentara con nosotros.

“Goldberg”, me dijo Fidel, “hazle preguntas sobre los delfines”.

“¿Qué tipo de preguntas?”, pregunté.

“Usted es periodista, haga buenas preguntas”, me respondió, y luego se interrumpió a sí mismo: “De todos modos él no sabe mucho acerca de los delfines”, me dijo señalando a García. “En realidad es un físico nuclear.”

“¿En verdad?”, pregunté.

“Sí”, me dijo García, como disculpándose.

“¿Y por qué administras el acuario?”, le pregunté.

“¡Lo pusimos aquí para evitar que fabrique armas nucleares!”, me dijo Fidel, y luego se partió de la risa.

“En Cuba solo usaríamos la energía nuclear con fines pacíficos”, dijo con sinceridad García.

“No es que yo creyera que estuviéramos en Irán”, contesté.

Fidel señaló el pequeño tapete bajo la silla giratoria que su guardaespaldas trajo para él.

“¡Es persa!”, dijo y se rió de nuevo. Después agregó: “Goldberg, haz tus preguntas sobre los delfines.”

Volteé hacia García y le pregunté: “¿Cuánto pesan los delfines?”

Pesan entre 100 y 150 kilos, me dijo.

“¿Cómo los entrenan para hacer lo que hacen?”, pregunté.

“Esa es una buena pregunta”, dijo Fidel.

García llamó a uno de los veterinarios del acuario para que le ayudara a responder las preguntas. Su nombre era Celia. Unos minutos más tarde Antonio Castro me dijo su apellido: Guevara.

“¿Eres la hija del Che?”, le pregunté.

“Sí”, me dijo.

“¿Y eres la veterinaria de los delfines?”

“Yo cuido a todos los animales de este acuario”, me contestó.

“Al Che le gustaban mucho los animales”, dijo Antonio Castro.

El espectáculo estaba por empezar. Las luces se apagaron y los buzos entraron al agua. Sin describirlo exhaustivamente, diré que una vez más, y para mi sorpresa, coincidí con Fidel: el acuario de La Habana presenta un excepcional espectáculo de delfines, el mejor que he visto, y como padre de tres hijos he visto muchos. También diré: nunca he visto a nadie disfrutar el espectáculo de los delfines como lo disfrutó Fidel Castro. ~

 

Traducción de Lorena Marrón

© 2010 The Atlantic Media Co.,

publicado originalmente en The Atlantic Magazine.

Todos los derechos reservados.

Distribuido por Tribune Media Services.

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