Adiós, muchachos

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La revista Gatopardo del mes de enero publica un trabajo periodístico que, de tan profundo y esclarecedor, casi conmueve. La pieza lleva por nombre “Tango en el exilio”, y va firmada por Cristian Alarcón, un periodista que, de acuerdo con la revista, tiene un currículo difícil de resumir: “Ha pasado por todos los medios habidos y por haber en la Argentina. […] tiene una lista de premios interminable […] y es profesor de maestrías de periodismo en media docena de facultades.” En suma, un titán, un reportero a la altura de su misión. ¡Y vaya encomienda la de Alarcón! Los editores de Gatopardo le pagaron un viaje a la capital mexicana para adentrarse en la nueva generación de argentinos que han llegado a México, el exilio postcacerolazos, y encontrar una respuesta a la tesis de su reportaje: “¿Los argentinos en df viven entre la prostitución de lujo y el coqueto arte de saber agradar y aprovechar las oportunidades?”
     La primera parada de la aventura alarconiana en México es el Living, un bar gay. Ahí, el reportero se encuentra con dos bellas argentinas (“hasta lo más exclusivo de lo local reconoce que ellos y ellas suben el voltaje de ciertos sitios”, añade el esteta). Las damas en cuestión le confiesan, antes de decidir a qué after van a ir, boludo, que no planean regresar a Buenos Aires sino hasta haberles sacado “la plata a todos los mexicanos”. Al día siguiente, Alarcón viaja a Coyoacán. Ahí, se encuentra con Ágata, también periodista. Ágata ya había estado en México. Prometió nunca volver tras ser abrumada por las “adversidades cotidianas”. Un indignante episodio de abuso logra, por un instante, avergonzarme de ser mexicano: Ágata dice haber roto en llanto cuando un mesero, “en lugar de quitarle el picante, le dedicó una doble ración del más despiadado chile”. ¡El horror del mesero xenófobo! Ágata regresó a México sólo cuando Buenos Aires se volvió un callejón sin salida: “Están buscando cajeras en Carrefour”, le dijo una amiga. Entonces, Ágata colocó en sabia balanza su proyecto vital: Carrefour o México. Su trabajo le costó decidir. Pero hela aquí. Antes de despedirse, Ágata le confiesa a su colega que lo peor de México son los hombres: “Mexicanos, ¡Todos cobardes!”
     La siguiente parada es una agencia de modelos. Ahí, Mariano, el director, explica que la mayoría de sus modelos son argentinas porque en México, “además de no haber tantas chicas lindas”, las chicas locales no son realmente carne de pasarela: “las mexicanas no quieren ser modelos, se quieren casar”, sentencia el hombre. Antes de subir de nuevo a un taxi, Alarcón, conmovido por la candidez del sociólogo-modelo, reflexiona y cita: “El argentino es un sobreviviente. Por eso no pueden acabar con nosotros. Resurgimos de la cenizas. Tenemos algo genético que nos hace triunfar.” Y eso lo lleva, naturalmente, hasta Olga Wornat, la non plus ultra del exilio argentino en México.
     Doña Olga no se toca el corazón: los mexicanos “sienten que el argentino es superior. Con el gringo también les pasa. Se refleja en la estética, hay una obsesión con ser rubio”. ¿Las pruebas de la periodista?: de lo primero, no tiene; de lo segundo… narra una visita al salón de belleza: “Pido una iluminación en el pelo y no hay forma ¡me hacen mechones rubios!” No cabe duda: el ojo del periodista, cuando está afinado, es algo sublime.
     El viaje de Alarcón termina frente a Constanza Cavalli, una rubia (son mi obsesión, lo siento) que “fue la imagen de la tienda más fashion de México a los diecisiete y provocaba con microminis a estos hombres poco acostumbrados al destape […] Tiene 33 años y está sola. Es feliz, pero está sola.” Constanza confiesa que “al principio era un personaje polémico porque aquí nade hace lo que verdaderamente quiere hacer. Le tienen pánico al compromiso y mucho más si se trata de sentir”. Hay en la voz de Constanza algo de tristeza, de las cicatrices inconfundibles del desamor. Y es que su vida amorosa ha sido dura en México: “Constanza, al comienzo, tuvo novios que eran hijos de presidentes, pero no funcionaron. Luego probó con estrellas de rock. Pero también se pusieron incómodos ante su amor desparpajado.” Resignada ante el desdén de tan representativa muestra de la sociedad mexicana, Constanza “se lamenta en su oficina de princesa pop antes de una sesión de fotos para la revista Quien“: “Prefirieron la apariencia y mantener el estatus a jugarse por un sentimiento”. Los mexicanos para ella también son “cobardes”, son “maricones”. Al menos no dice feos.
     Al final, a Cristian Alarcón lo abruma la experiencia. Recuerda a las boludas de la plata, a la coyoacanense Ágata, a Mariano y sus bellezas, a la Wornat y sus luces y a la despechada Constanza: “dudo sobre la utilidad de mi experiencia, pongo en crisis la idea de una crónica”. Por fortuna, el reportero supera la crisis, se sienta a escribir y sueña con un nuevo premio para añadir a la “interminable” lista. Él, como sus entrevistados, resurge de las cenizas; seguro es la genética que, desde el lugar común, lo hace triunfar. –

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