El fenómeno Volpi, una meditación

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En El fin de la locura, Jorge Volpi (México, 1968) siguió un modelo cervantino: criticar una mitología poniendo en clave de farsa las convenciones del género que la ha producido; ser a la novela latinoamericana con agenda sentimental de izquierda —no tanto Rayuela o Cien años de soledad como sus intragables reencarnaciones— lo que El Quijote a los descendientes de Amadís de Gaula.
     El libro comienza cuando Aníbal Quevedo, un psicoanalista mexicano de pasado indefinido, recupera de golpe la conciencia en París, durante mayo del 68. Salido de madre, el personaje se reinventa a sí mismo a través de una historia de amor mitad trágica mitad grotesca que lo va llevando por los núcleos de la radicalidad política e intelectual francesa y latinoamericana. Quevedo analiza a Lacan y Fidel Castro, espía la correspondencia amorosa de Althusser, sirve como secretario de Foucault, estudia de cerca a Allende; en la segunda parte —mexicana— del relato le da terapia a Salinas de Gortari, comparte una comisión de la verdad con Monsiváis, platica con el Subcomandante Marcos, se pelea con Octavio Paz. Todo o casi todo lo que le sucede tiene origen y encuentra sentido en la persecución de Claire, una francesa rubia y consecuente —una suerte de nietzscheana silvestre— que busca apasionadamente la perfección moral en estados revolucionarios: situaciones de la política, pero también del arte, el pensamiento o el cuerpo en que las fronteras entre aspiración y realización se borran momentánea y violentamente.
     En una primera instancia El fin de la locura es una novela divertida, intensa y transparente: la venganza del doctor en filología contra los figurones que se tuvo que soplar para sobrevivir a las demandas de pensamiento teórico durante su paso por la academia. Cualquier figura que ha sido alzada a los pedestales de la historia política o intelectual resulta necesariamente cómica en el instante en el que el ejercicio de naturalización de la novela le pone en movimiento, y Volpi sabe que basta dejar a Fidel Castro siendo Fidel Castro para que su ridiculez provoque risa. Lo mismo sucede con personajes menos peligrosos pero igualmente mitificados como Althusser o Barthes.
     Si en la segunda parte del libro la voluntad satírica de Volpi pierde furor —no es lo mismo reírse de Lacan que de Monsiváis, que vive a la vuelta—, las tensiones de la correspondencia amorosa entre Quevedo y Claire, sumadas al drama que supone la caída de un intelectual cercado por la astucia de sus enemigos, sostienen el interés del lector hasta la última página de la novela. Hay un único resbalón —y es comprensible— en la coherencia del autor con su trabajo: Volpi actúa como los mandarines a los que parodia cuando escarnece a la crítica —la novela contiene una reseña idiota de la novela—, como si en México los articulistas literarios influyeran de algún modo en la recepción de un libro y las reseñas que publican fueran algo más que una arena para la discusión de las ideas producidas en nuestra estrecha pero airosa República de las Letras.
     El planteamiento general de El fin de la locura es tan similar al de En busca de Klingsor que resulta elocuente sobre un proyecto literario de larga ambición y envergadura: una suerte de historia intelectual de la segunda mitad del siglo XX sometida a un proceso de digestión novelesca y vista con el escepticismo propio de ese margen de Occidente que es México. La novedad en la propuesta de Volpi estriba en que no formula su meditación sobre el pensamiento vigesémico atendiendo a la voluntad formal de lo narrativo, sino que plantea una suerte de antología del esfuerzo intelectual que se va entrecruzando con las miserias existenciales de los personajes que pasaban por ahí. Se describe, por ejemplo, a Lacan, se explica parcialmente su pensamiento y hasta se presenta algún texto apócrifo suyo, pero la narración permanece intocada; no se lacaniza ni en términos de forma ni en términos de dicción. Lo mismo sucede con todas las demás figuras históricas que aparecen en el texto, salvo Foucault —otro nietzscheano—, con quien el autor parece ceder por simpatía. Hay entonces una desproporción voluntariamente articulada entre el calibre de lo contado y el esfuerzo formal —claro, sencillo— mediante el que se cuenta. Esta desproporción puede explicar el justo éxito de Volpi entre los lectores comunes —una especie que sale poco a la calle en nuestro país— y la fervorosa, envidiable incomodidad que produce su trabajo entre la recia tribu de los literatti del Distrito Federal —si hay un novelista cuyos libros se discuten milimétricamente en el corredor Coyoacán-Condesa, es él.
     El espacio ciego en las novelas de Volpi —el gap que deja la desproporción de fuerzas entre los contenidos totalizadores y la reducción al mínimo de la voluntad formal en la escritura— podría tener razones históricas que se revelan de manera más o menos casual en El fin de la locura.
     Si la crítica de las revoluciones ha sido hecha sólida y constantemente por sus supervivientes, la del espíritu revolucionario —todavía sagrado hace una generación— necesariamente tenía que ser hecha por un autor totalmente ajeno a cualquier proceso de rebeldía política: no un converso sino un natural; un caso que probablemente no tenía posibilidades de éxito literario —aunque sí de existencia— antes de la caída del muro de Berlín y la democratización de las sociedades hispanoamericanas.
     Jorge Volpi es un novelista conservador de pura cepa, es por eso que tiene más fe en la claridad que en la escritura o la forma. También es esa la razón por la que sus personajes encuentran su destino trágico cuando son incontinentes —se acostaron fuera del lecho matrimonial— o cuando son rebeldes: aspiraron a un cambio de estamento buscando un lugar fuera del marco social que la llamada paulina les asignó por nacimiento. Es por eso también que sus personajes femeninos más poderosos y vitales son el vehículo del mal: le tienden a sus adanes la manzana de la discordia y ellos se la comen.
     Esto no generaría incomprensión —Volpi se parece más a un escritor español o a un fiction writer estadounidense que a un novelista latinoamericano— de no ser porque la estirpe literaria a la que pertenece ha sido descartada del canon mexicano debido a que los aparatos de promoción editorial —las casas de publicaciones, las bibliotecas, las escuelas y universidades— han estado, con notables excepciones, en manos de progresistas y relapsos desde el triunfo de la Revolución de 1910: hay ediciones, pero no una biblioteca de la producción intelectual conservadora en México.
     Resulta tan difícil cercar críticamente al autor de En busca de Klingsor y su éxito porque en general nos faltan las herramientas de su tradición: hemos leído, estudiado y diseminado a Guzmán o Fuentes, pero no —y es lamentable— a Maqueo Castellanos o José María Benítez. Es por eso también —probablemente— que las posibilidades del genio literario de Volpi tuvieron que ser descubiertas en España, donde la extraordinaria resistencia temporal del franquismo permitió la creación de una base amplia de lectores con ideas conservadoras —los reacios vinieron a editar y producir lectores a América. Volpi es nuestro escritor joven de mayor impacto: tenemos que aprender a situarlo para leerle con justicia; empezar a olvidar el siglo XX. ~

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