El santo escándalo de la tamalería

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Últimamente, todos los vendedores de tamales oaxaqueños en bicicleta, de esta ciudad tienen la misma voz metálica y dicen lo mismo, lacónicamente, con las mismas misteriosas pausas entre palabra y palabra: Tamales. Oaxaqueños. Calientitos. Y no es porque todos estén tristes o duden de si lo que venden son tamales, de si no serán poblanos o si no estarán helados. Es peor. Es una nueva costumbre popular que parece surgida de una mente que ha visto una película de ciencia ficción demasiadas veces y que ha decidido sustituir el grito alegre del pregonero con una grabación, dando como resultado aquel efecto melancólico. Realmente, estos vendedores no tendrían nada de particular, y hasta alegrarían nuestras meriendas si no fuera por esa manera de anunciar la mercancía con aquel magnetófono sórdido, semejante a una sirena de bombardeo. Su ofrecimiento se acerca más a las órdenes que gritan los policías desde sus fodongas patrullas, que a una apetitosa invitación a comer mole.
     Pero no se piense que los quiero condenar a la desaparición, faltaría más, si han encontrado un modo de anunciar los tamales muy efectivo y además descansado para la garganta, aunque todas las noches uno se pegue el mismo susto. Es más, cada noche que escucho, doquiera que esté, dicho balbuceo electrificado —estos tamaleros han extendido su radio de acción magnetofónica a muchos barrios de nuestra ciudad—, me inclino a pensar que algún día mis hijos o mis nietos lo recordarán con verdadera nostalgia. Yo también, para volver a la infancia, invoco el tracatrán de los tranvías que pasaban toda la noche frente a mi casa y que a más de un vecino le debía de parecer enervante, y suspiro al escuchar el aullido lastimero de los carritos de camotes al atardecer o el canto matutino del afilador. Sólo quiero anunciar el nacimiento de una tradición bien rara, al igual que estos nuevos habitantes de la noche pespuntean su llamado a nuestra gula como marcianos tartamudos: Tamales. Oaxaqueños. Calientitos. ~

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