La santificación del progreso

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La tradición milenaria de elogiar la agricultura y vituperar la vida urbana hace perder de vista una tradición más antigua: la de elogiar la vida nómada y vituperar la agricultura. El sermón de Cristo sobre el abandono a la divina providencia puede leerse como un elogio de los recolectores y un vituperio de los agricultores:
"Mirad las aves del cielo que no siembran, ni cosechan, ni recogen en graneros; y vuestro Padre celestial las alimenta." Y en el Quijote puede leerse un encendido elogio de la vida anterior a la agricultura: "Dichosa edad y siglos dichosos aquellos a quien los antiguos pusieron nombre de dorados […] porque entonces los que en ella vivían ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío. Eran en aquella santa edad todas las cosas comunes: a nadie le era necesario para alcanzar su ordinario sustento tomar otro trabajo que alzar la mano y alcanzarle."
     La agricultura puso "puertas al campo", como se queja todavía el refrán, y como lo demuestran los pleitos a muerte que todavía se dan por los derechos de paso y pastoreo por tierras comunales. Pleitos que se remontan a la furia de Caín, el sedentario agricultor, contra su hermano Abel, el nómada pastor. En El origen de la desigualdad entre los hombres, Rousseau explica cómo terminó el paraíso y empezó la civilización: "El primer hombre que, después de haber cercado un terreno, tuvo la ocurrencia de decir: Esto es mío, y se encontró con gente tan simple como para creérselo, fue el verdadero fundador de la sociedad civil."
     Con la vida sedentaria se desarrollaron las artesanías: el tejido de canastas y telas, los utensilios de cerámica, cobre y hierro. Pero, sobre todo, la ambición (y el castigo) de producir, el espíritu previsor y acumulativo, el cálculo astronómico y contable que, a su vez, dio origen a la escritura (los primeros escritos que se conocen son notas de inventario y remisión). Apareció la producción excesiva, el trueque y el comercio de excedentes, la defensa de los graneros y ganados contra las incursiones de recolectores y cazadores, que seguían creyendo en el paraíso de que no hay mío ni tuyo, y ahora resultaban asaltantes. Apareció el Estado, la desigualdad, la propiedad, la ley, la moneda, el mercado, el capital, la esclavitud.
     La prosperidad agrícola desembocó en la llamada revolución urbana. El antiguo campamento nómada se vuelve permanente y desarrolla a su alrededor campos de cultivo y ganadería; se defiende, se amuralla y se convierte en una ciudad Estado donde viven el rey y sus guerreros, sacerdotes, letrados, artesanos y comerciantes. En la perspectiva del homo faber, su aportación revolucionaria es la rueda (para tornos de alfarero y vehículos) y, sobre todo, la producción intelectual: la escritura y el cálculo en Mesopotamia y Mesoamérica; la geometría, la crítica racional, el mercado del libro y la democracia en Grecia.
     La crítica del progreso se vuelve explícita y razonada en Atenas. Sócrates (Fedro) no dice que los libros sean un sacrilegio contra la palabra viva; dice que no pueden sustituirla, que dejan sin ejercicio la memoria y el desarrollo de la inteligencia; peor aún: que hacen creer a los compradores de libros que son sabios por haberlos comprado. Aristóteles (Política) no dice que la democracia transgreda el orden divino; dice que degenera en asambleísmo y demagogia.
     Una crítica de la revolución urbana que, aparentemente, no se hizo fue que facilitó las epidemias. En los primeros años de la guerra del Peloponeso, Atenas perdió una buena parte de su población y sus ejércitos (y aun al mismo Pericles), no por las armas, sino por una epidemia infecciosa. En el Imperio Romano, hubo epidemias igualmente funestas. También en Bizancio y en los primeros siglos de la Edad Media, antes de la famosa peste del siglo XIV, que mató a la tercera parte de la población europea.
     La peste y la caída del Imperio Romano, las invasiones bárbaras y el control islámico del Mediterráneo aislaron y desurbanizaron a Europa en el primer milenio cristiano. Del poder y esplendor de las grandes metrópolis se pasó a una vida oscura, rural y dispersa en los monasterios y castillos feudales. A partir de estos centros, que sirvieron como pequeños polos de desarrollo, empezó una lenta recuperación, culminada en los siglos XI, XII y XIII.
     La dispersión favoreció la apertura de tierras nuevas al cultivo, a su vez favorecida por el desarrollo de la fundición de piezas de hierro y los trabajos de herrería. El hierro y el caballo transformaron la guerra y la agricultura. Los estribos y armaduras crearon la carga de caballería: una fuerza aplastante contra el guerrero a pie, de efectos decisivos en las guerras feudales, las cruzadas y la conquista de América. Crearon también al caballero: un estamento nuevo en la vida social y un personaje de la imaginación épica. La herradura de clavos, el arado metálico pesado y el arnés configuraron el caballo de tiro, más eficaz que el buey, y de uso doble: siembra y transporte. La productividad agrícola llegó a niveles nunca vistos.
     Los medievales inventaron conceptos básicos para la industria moderna, tales como la estandarización e intercambiabilidad de partes, que introdujo Gutenberg con los tipos móviles de imprenta (1440). Inventaron los mecanismos de transmisión de potencia que convierten movimientos giratorios en lineales y viceversa: manivelas, tornos, relojes mecánicos, molinos de agua y de viento. Para la guerra, la agricultura y los obrajes, lograron sustituir o reforzar la fuerza humana con la fuerza animal, hidráulica, eólica. Cuando apareció la brújula, soñaron con una máquina que aprovechara la fuerza magnética, anticipando el motor eléctrico. Según Lynn White (Tecnología medieval y cambio social), Roger Bacon escribió hacia 1260: "Es posible construir vehículos que habrán de moverse con velocidad increíble y sin ayuda de bestias; es posible construir máquinas voladoras en las que un hombre […] podrá vencer al aire con alas, como si fuera un pájaro […] las máquinas permitirán llegar al fondo de los mares."
     Pero la gran originalidad del homo faber medieval no estuvo tanto en los inventos mecánicos, como en esta confianza en un futuro mejor, que aparece por primera vez en la historia. Fue formulada por Joaquín de Fiore (c. 1130-1201), un abad cisterciense que inventó el concepto de mejoría gradual de la humanidad, al dividir la historia en tres etapas: la del Padre, superada por la del Hijo, superada por la del Espíritu Santo, en la cual culminará la revelación progresiva de Dios en la tierra.
     En las antiguas concepciones del tiempo, había el eterno retorno de lo mismo; o un hoy venido a menos, frente al pasado mítico; o una esperanza de salvación en un tiempo nuevo. Pero este tiempo nuevo era un salto absoluto, no un progreso gradual. La Ciudad de Dios, concebida por San Agustín como polo eterno de la realidad humana, y realizada en forma simbólica por los monasterios, era una dicotomía entre dos mundos, separados por un abismo. Concebida por Fiore, la Ciudad de Dios se convierte en un proyecto de realización progresiva. Toda la cristiandad, no únicamente los simbólicamente perfectos que se apartan del mundo (como Fiore), tomará el camino de la perfección. Lo religioso será secularizado, lo secular se volverá religioso.
     Por el lado productivo, la confianza en el futuro se convierte en crédito: un fuerte estímulo para el desarrollo económico. Se convierte en creatividad para formalizar promesas, riesgos, participaciones. Aparece la letra de cambio, una gran variedad de contratos mercantiles, la sociedad en comandita, la banca crediticia (no meramente cambiaria), la venta de seguros, la contabilidad que amarra por partida doble.
     La revolución comercial de la Edad Media empieza por el comercio a distancia, terrestre o marítimo, de Venecia y otras ciudades: la importación de especies, sedas y marfiles orientales; la exportación de tejidos de lana y trabajos de hierro, madera y vidrio. Pero el desarrollo del comercio exterior estimula el comercio interior, los obrajes, las artesanías y la agricultura. Italia se vuelve el centro de una economía global.
     Producir para el comercio rebasó la autarquía inicial de los feudos y monasterios, donde prácticamente no se usaba el dinero. La economía de las prestaciones en especie (obligadas, caritativas, amistosas o prestigiosas) desembocó en la economía monetaria. Las nuevas circunstancias materiales y los libros de la cultura griega (redescubiertos gracias a sus lectores árabes) resucitaron la revolución urbana y el mercado, con recursos desconocidos en la Antigüedad. Hasta los monasterios se vuelven ricos, porque las donaciones, los diezmos y primicias, el excedente productivo de una vida dedicada al "ora y labora" con poco consumo, conducen a grandes tasas de ahorro. Así también reaparecen las críticas de Aristóteles y los Padres de la Iglesia al mercado, el lucro, los intereses y la acumulación. Y se reaviva el radicalismo de los primeros cristianos.
     La crítica radical de la revolución comercial la hizo el hijo de un comerciante, después de sus primeras experiencias en el negocio de su padre. Francisco de Asís (1182-1226) se sintió hermano de los pájaros y de los lobos. Sintió que el comercio desnaturalizaba a la naturaleza y a las personas. Propuso una pobreza voluntaria y alegre, tan confiada en la divina providencia que era de hecho recolectora: pedir como limosna el pan de cada día, pero en especie, no en dinero, y únicamente en la cantidad necesaria para comer el día de hoy, sin guardar nada para el día siguiente. Ni más ni menos que los pájaros. No quiso retirarse a un monasterio, ni ser sacerdote. Fue un laico en el mundo, que criticó la mundanización de los cristianos en los nuevos caminos de la perfección material. Sus seguidores no fueron tan extremos: buscaron vías para conciliar la vida productiva con el progreso espiritual, aunque algunos (los llamados franciscanos "espirituales") se sintieron llamados a realizar las profecías de Fiore, y a sustituir la institución eclesiástica por una renovación carismática del mundo, que llegaría con el Apocalipsis, anunciado para 1260. Esta tensión entre el gradualismo y el salto revolucionario reaparecerá muchas veces, desde entonces.
     El gradualismo llegó hasta la concepción de un paso intermedio entre el cielo y la tierra: el purgatorio. La perfección no alcanzada en la tierra puede completarse después de la muerte, en un tiempo de purificación, que se puede acortar con los méritos solidarios de los que siguen en la tierra. Esta teología, desarrollada en medio de una revolución comercial, se contaminó de la nueva creatividad financiera. Pronto estuvieron en el mercado valores adquiribles por días o años de indulgencia, a cambio de limosnas para abreviar el purgatorio. El escándalo resultante condujo a suprimir este mercado, pero no la acumulación abstracta de méritos, que ha llegado hasta hoy. En el mundo meritocrático, la devoción al progreso contabiliza minuciosamente los puntos buenos para llegar al cielo: días de asistencia puntual, años de escolaridad, grados obtenidos, medallas y copas deportivas, premios, distinciones, ratings del Citation Index y otros merecimientos dignos de ganar indulgencias, cuando se publique el obituario.
     La crítica franciscana reaparece en el romanticismo y el ecologismo, con la novedad del joaquinismo: se presenta como progreso al paraíso, no como regreso al paraíso. (Lo mismo sucede con la revolución: un volver al paraíso que ya no queda atrás, sino adelante.) Desde la prehistoria, la crítica del progreso ha sido ambivalente: exalta y critica el atrevimiento de transformar la naturaleza. Pero Fiore legitima el progreso: lo santifica; a partir de lo cual, la crítica del progreso es inaceptable, si no es progresista. Fiore ya no concibe el progreso como hazaña prometeica y transgresión del orden divino, que hay que restaurar, sino como mandato divino. El progreso no es el espíritu de la serpiente que mueve a Adán y Eva contra el Padre, sino el Espíritu Santo que viene del Padre, después de enviar a su Hijo. El progreso es la manifestación de Dios en este mundo.
     Lo que aparece en la cristiandad occidental del siglo XII, por primera vez en la historia, es el espíritu progresista, la confianza en un futuro mejor, el deseo de construir gradualmente el paraíso en la tierra. Fiore transforma el mito del progreso, es el creador de la concepción moderna del progreso. Vivimos todavía sacudidos por esta concepción religiosa, aunque se haya olvidado el nombre de su primer teórico, y aunque los maestros espirituales de hoy usen otro vocabulario, al proponer caminos de perfección: la ascética que llaman superación personal, la mística unión con Dios que llaman éxito.
     El joaquinismo tuvo una repercusión inmensa, estudiada por Henri de Lubac en una obra enciclopédica (La posteridad espiritual de Joaquín de Fiore). Fue tan importante como el hegelianismo, el positivismo, el marxismo; y está en su origen: en el de todas las filosofías progresistas de la historia. Para Hegel, la historia es "el desarrollo y la realización del espíritu: la verdadera teodicea" (Filosofía de la historia). Comte seculariza las etapas del progreso concebidas por Fiore, en una nueva fórmula trinitaria: el espíritu recorre "el estado teológico o ficticio", superado por "el estado metafísico o abstracto", superado por "el estado científico o positivo" (Ensayo de un sistema de filosofía positiva). En 1972, Roger Garaudy (entonces destacado intelectual del Partido Comunista Francés) dijo que los grandes movimientos revolucionarios de Europa estaban todos imbuidos por las ideas de Joaquín de Fiore, y que Federico Schlegel había escrito: "La historia moderna empieza con el deseo revolucionario de alcanzar el Reino de Dios" (citado por Marjorie Reeves, Joaquín de Fiore y el futuro profético). A pesar de lo cual, no hay traducciones de Fiore al español, y casi no las hay en otras lenguas. –

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