Mickey Rourke, corazón de freak

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La prensa se equivoca con Mickey Rourke. Ahora que el actor estadounidense vuelve a estar de moda a sus 57 años, tras ganar un Globo de Oro y ser reconocido por la Academia, un puñado de frases se repiten para definirlo: “Ave Fénix”, “Ícaro”, “El chico del retorno”. Lo encasillan en el rol del perdedor que se redime tras una temporada en el infierno. Pero no señalan el punto clave que hace su historia diferente a la de cualquier otro ángel caído de Hollywood: Rourke fue, es y siempre será un freak. Incluso en sus años de mayor gloria, a finales de la década de los ochenta, prefería juntarse con maleantes que con sus anodinos y acicalados colegas. Su debacle no se debió a las drogas, el alcohol u otros excesos típicos del medio: él tenía una peligrosa mezcla de ira y violencia, producto de una infancia turbulenta, además de una visión aguda de la meca del cine.

Rourke alcanzó pronto el estilo de vida con el que sueña la mayoría de los actores jóvenes –fama, dinero, una esposa deslumbrante (Carré Otis, su coestrella en Orquídea salvaje)–, pero no dejaba de ver la mediocridad que reinaba a su alrededor. A los 34 años decidió dejar de causar estropicios en los sets de filmación con su mal carácter y regresó a su pasión escolar: el boxeo, pero ahora de manera profesional. Durante cinco años (entre 1991 y 1995) le machacaron el rostro que encandiló a miles de mujeres en filmes como Nueve semanas y media y Corazón de ángel. Como se sabe, lo perdió absolutamente todo, y su camino de regreso en un Hollywood receloso y mustio fue complicado.

De la mano de su psiquiatra y sus adorados chihuahuas controló su temperamento y comenzó a picar piedra. De Double Team (en la que compartió créditos con Jean-Claude Van Damme y Dennis Rodman) a los discursos de agradecimiento en distintas premiaciones por su actuación en El luchador, hay diez años y mucho tesón. Pero su historia no es interesante porque logró volver sino porque es exactamente al revés de los cuentos de hadas. Al contrario del sapo que una princesa debe besar para devolverlo a su forma de príncipe o de la bestia que esconde en sus entrañas a un heredero hechizado, Mickey Rourke es el freak que nació hermoso y que tiene que someterse a un proceso de transformación para alcanzar la forma con la que debió haber venido al mundo. La larva de la que, en lugar de una mariposa, emerge un murciélago de alas gastadas.

Las tundas en el cuadrilátero y sus secuelas (entre ellas varias cirugías reconstructivas) contribuyeron en parte a completar este proceso, y le dieron una apariencia de personaje de cine de serie B. Pero, efectos especiales aparte, lo que Rourke aquilató en los años duros fue esa clase de epifanía que tan bien define una frase de El club de la pelea (un filme que le pudo ir en su momento como anillo al dedo): “quería destruir algo hermoso”. Y él tenía las compañías adecuadas para lograrlo: Charles Bukowski, el escritor maldito de Los Ángeles; Tupac Shakur, el rapero-gángster que terminaría asesinado; Sonny Barger, el líder de los legendarios pandilleros Hells Angels; John Gotti, el último gran padrino de Nueva York.

Entre otros papeles, dejó ir el que después le correspondió a Tom Cruise en Cuando los hermanos se encuentran, simple y sencillamente porque se le olvidó devolverle la llamada a Dustin Hoffman, quien le ofrecía el trabajo. Ni siquiera Quentin Tarantino, el gran resucitador de estrellas caídas, pudo traerlo de regreso: le mandó el guión de Pulp Fiction para que hiciera el papel del boxeador –que luego interpretara Bruce Willis–, pero Rourke no pudo leerlo porque estaba concentrado en un combate que tenía en puerta. Él mismo reconoce en diversas entrevistas que su comportamiento fue el de un “estúpido”, pero lo que no sabía entonces es que estaba completando su metamorfosis.

Fue otro mutante el que lo terminó de sacar del capullo: Darren Aronofsky, el cineasta que, tras haber perdido el rumbo con la fallida The Fountain, tenía en sus manos la reivindicación de ambos: el poderoso guión de El luchador, cuyos paralelismos con la vida de Rourke lo volvían el candidato ideal para protagonizarlo. Aronofsky batalló para conseguir el dinero, pero una vez que la película se realizó el resultado fue magnífico: una historia con brutales combates en el cuadrilátero, y con unos personajes que libran las peleas más duras fuera de él, en la cotidianidad. En la cinta Rourke encarna a Randy “The Ram” Robinson, un luchador que se ve obligado a dejar el ring luego de sufrir un paro cardiaco. Tras varios intentos fallidos de rehacer su vida, comprende la lección más cruda e importante de todas: no se puede evitar ser quien se es. El discurso que da al final del filme frente a sus fanáticos, cuando decide volver a luchar a pesar de las advertencias de los médicos, parece sacado de un antilibro de autoayuda. “Sólo ustedes decidirán cuando esté acabado”, dice un emotivo Randy antes de lanzarse a un vacío que lo espera más allá de las cuerdas.

Contrario a lo que esperaban sus aduladores en la década de los ochenta, Mickey Rourke no se convirtió en el nuevo Dean, Brando o De Niro. Si lo hubiera hecho, ahora estaría muerto, recluido en una isla, o filmando comedias intrascendentes. Pocos lo extrañaron cuando se ausentó, pero ahora parece inconcebible la escena del cine independiente sin la presencia de este corazón de freak. ~

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