Orgullo y vergüenza de Cuba

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El domingo 13 de agosto Fidel Castro cumplió 80 años. En la Habana, como en cualquier rancia monarquía, el cumpleaños fue celebrado como un hito de historia patria, a pesar de la convalecencia del caudillo –o más bien, a costa de la misma– y de la expresa recomendación, en la Proclama del 31 de julio, de que los festejos se pospusieran para el 2 de diciembre, fecha en que se cumplirá el 50o aniversario del desembarco del yate Granma y del inicio de la insurrección contra la breve dictadura de Fulgencio Batista. Esta vez, quienes “desobedecieron” al Comandante fueron la intelectualidad oficial de la isla y sus amigos en “el resto del mundo”, como les gusta decir a las elites habaneras, con el fin de protagonizar uno de los más tristes espectáculos de entrega afectiva e incondicional a un caudillo que conoce la historia latinoamericana, tan llena de dictadores y escribanos.

Poemas de Ángel Augier, panegíricos de Miguel Barnet, Eusebio Leal y Nancy Morejón, semblanzas de Tomás Borge, Ernesto Cardenal y Miguel Urbano Rodrigues (con títulos como “Fidel, Aquiles del comunismo”), elogios de veteranos revolucionarios (Juan Almeida, Guillermo García, Ramiro Valdés…), alabanzas de actores de Hollywood (Danny Glover, Robert Redford, Kevin Costner…), apologías de académicos altermundistas y postmodernos (Noam Chomsky, Gianni Vattimo, Inmanuel Wallerstein…) y más de cien frases laudatorias de diversas personalidades, que incluyen desde líderes del populismo clásico, como Juan Domingo Perón, hasta top models de la globalización multicultural como Naomi Campbell, pasando por magnates y políticos del “imperio” como David Rockefeller y Arthur Schlesinger Jr., llenaron las páginas de Granma, Juventud Rebelde y La Jiribilla, en una miscelánea sentimental a tono de duelo o extremaunción, titulada “Absuelto por la Historia”.

Los festejos, con toda la pompa de un ensayo funerario, continuaron durante el mes de agosto, por medio de votos a favor de la recuperación del patriarca, provenientes de todas las corporaciones del Estado cubano, a las que eufemísticamente la Constitución llama “organizaciones sociales y de masas”: mujeres, sindicatos, pioneros, intelectuales, campesinos, universitarios… Sólo a principios de septiembre, cuando tras varias apariciones con Hugo Chávez, el heredero internacional, y Raúl Castro, el heredero nacional, Fidel logró convencer a sus seguidores de que está recuperándose y reasumiendo, por lo menos, la parte simbólica de su inmenso poder, como pudo constatarse en la fervorosa Cumbre del Movimiento de los No Alineados, las celebraciones amainaron.

Aunque parezca inconcebible desde otras latitudes, muchas personas en la isla y en el mundo no sienten vergüenza, sino orgullo de que un pequeño país del Caribe sea gobernado durante medio siglo por un mismo individuo –tanto tiempo en el poder vuelve ociosa la cuestión de si el gobernante es noble o malvado– y no consideran inapropiado el exhibicionismo y la manipulación de sentimientos cristianos como el deseo de mejoría de un anciano enfermo. Esta colonial suspensión de todo juicio democrático, en el caso de Cuba, tiene que ver con la legitimidad “revolucionaria” que arropa el poder de Fidel Castro y que asume su permanencia, desde enero de 1959, como una anomalía necesaria o justificable para la “causa” de la oposición a la hegemonía mundial de Estados Unidos.

Mientras viva y aun moribundo, el caudillo deberá gobernar la isla, aunque sea “delegando poderes con carácter provisional”, porque su mandato no proviene de la voluntad general de los cubanos, sino de un mesianismo geopolítico que le atribuye la misión de enfrentarse a Estados Unidos desde una isla del Caribe. Con tal de preservar un símbolo, la izquierda autoritaria parece estar dispuesta a todo: a renunciar, si es preciso, a los valores republicanos de la soberanía popular, la libertad de asociación, el gobierno representativo y la alternancia en el poder. Esa izquierda “no alineada” del Tercer Mundo, democrática en sus discursos y autoritaria en sus prácticas, ha decidido que la persistencia de un enclave comunista a noventa millas de Estados Unidos reporta valiosas ventajas comparativas.

El caudillo y la nación

Durante los dos últimos siglos, los escritores cubanos han vivido obsesionados con la singularidad de su cultura. Cada generación de intelectuales de la isla ha intentado hallar el atributo que hace de Cuba un país único o excepcional en Occidente. A fines del siglo XIX, cuando entre criollos predominaba la esperanza de construir una nación soberana y justa, Raimundo Cabrera y Bosch, en su libro Cuba y sus jueces (1887), creyó encontrar esa singularidad en la naciente tradición jurídica de la isla. A mediados del siglo XX, otro gran ensayista, Cintio Vitier, pensó que la forma más depurada de la nacionalidad estaba impresa en el lenguaje de los poetas. Su clásico libro Lo cubano en la poesía (1958), escrito en el momento de máxima frustración republicana, se inspiraba en la certeza de que “el misterio de la isla era cantado por las voces de sus poetas”.

En el último medio siglo, e impulsados por el desencanto de la utopía revolucionaria, los intelectuales cubanos han persistido en esa búsqueda de una identidad nacional virtuosa. Uno de los grandes músicos de la isla, Natalio Galán, borrado como Julián Orbón y Aurelio de la Vega de los diccionarios oficiales de la música cubana, escribió en su exilio de Nueva Orleans un libro que evocaba el título de Cabrera: Cuba y sus sones (1983). En años más recientes, otro exilado, el crítico e historiador Roberto González Echevarría, profesor de la Universidad de Yale, ha dado a conocer, primero en inglés (Oxford University Press, 1999) y luego en español (Madrid, Colibrí, 2004), su monumental historia del beisbol en la isla, titulada La gloria de Cuba. En ambos libros, el de Galán y el de González Echevarría, puede leerse un relato subterráneo: el del orgullo de una cultura movilizándose contra la vergüenza de una política.

A cualquier comunidad le gustaría que su nación fuera admirada en el mundo por sus brillantes abogados, sus poetas inspirados, sus músicos virtuosos y sus audaces peloteros. Pero, feliz o lamentablemente, ninguna identidad se construye sólo a partir de la exaltación de un puñado de virtudes. Frente a esa tradición afirmativa, en la cultura cubana se ha consolidado otra, la de los arqueólogos del vicio: aquellos intelectuales que se han atrevido a mirar de frente el horror de una moral pública autoritaria y machista, abúlica y superficial, envidiosa e hipócrita. En la época republicana (1902-1958), tres escritores liberales abrieron los ojos a ese constitutivo envilecimiento de los cubanos: Enrique José Varona, Fernando Ortiz y Jorge Mañach. En el largo período castrista (1959-2006), exiliados como Guillermo Cabrera Infante, Lorenzo García Vega, Carlos Alberto Montaner, Enrico Mario Santí, Gustavo Pérez Firmat, Andrés Reynaldo y Ernesto Hernández Busto han retomado, con provecho, esa tradición de la crítica liberal.

Pero, a principios del siglo XXI, las retóricas de la identidad, condescendientes o críticas, afirmativas o negativas, nacionalistas o liberales, sienten la misma fatiga. Los viejos discursos de la nación han sido reemplazados por esos íconos neocoloniales de “lo cubano” en la era global que estudia Iván de la Nuez en La fantasía roja (2006), y que transforman la “solidaridad” política en turismo y la “culpa” primermundista en indulgencia. Significativamente, la figura de Fidel Castro asume las mayores funciones en esa globalización de los símbolos, como doble reliquia del comunismo y el nacionalismo en América Latina. El octogenario caudillo –más que todos los ancianos de Buena Vista Social Club juntos, más, incluso, que el Che Guevara, cuya argentinidad lo libera de ciertas demandas de legitimación– es el único emblema de Cuba plenamente globalizado, como tirano o como redentor.

Gracias a esa identificación entre el caudillo y la isla, a Castro, por ser un monstruo mitológico, se le perdona su estalinismo y su mesianismo. En el preámbulo y el Artículo 5o de la Constitución vigente en Cuba se dice que la ideología del régimen es “marxista-leninista y martiana” –una mezcla tan inconcebible y estrambótica como la del “socialismo bolivariano” de Chávez–, y que el Partido Comunista es la “vanguardia organizada de la nación cubana”. De manera que lo martiano y lo nacional de esa ideología son valores que intentan vestir con prendas híbridas –universales y locales– una estructura de poder que proviene directamente de dos tradiciones que hoy provocan rechazo generalizado en la cultura política occidental: el estalinismo soviético y el caudillismo latinoamericano. El castrismo es, pues, una mezcla de elementos totalitarios y autoritarios, folclorizada por la cultura caribeña de Cuba y su condición de vecina incómoda de Estados Unidos.

Aquella médula estalinista del régimen de la isla, que en la última década parecía disolverse en un mero nacionalismo antiestadounidense, se ha reconstituido velozmente con el respaldo de la Venezuela de Chávez y la proximidad de la desaparición de Fidel Castro. Dos evidencias de esa reconstitución estalinista son el enérgico rechazo del gobierno cubano al proyecto de resolución Necesidad de una condena internacional a los crímenes del comunismo totalitario, debatido en enero de este año por el Parlamento Europeo, y el restablecimiento del Secretariado del Comité Central del Partido Comunista de Cuba, una franja profesional y altamente ideologizada de esa institución, que había sido eliminada en los noventa porque entorpecía el liderazgo de Castro. Ahora, debido a la inminencia de la sucesión y la falta de consenso, en la cúpula, en torno al relevo personal de Raúl Castro, ese apuntalamiento del Partido, entendido como brazo político de las Fuerzas Armadas, busca ofrecer al sucesor o los sucesores –sean quienes sean– una plataforma institucional y generacional sólida.

El castrismo, como vergüenza mundial, genera ansiedades de cambio que difícilmente permitirán a cualquier modelo sucesorio, aferrado a la inmutabilidad, funcionar por mucho tiempo. El reciente informe de la Comisión de Asistencia para una Cuba Libre, presentado en Washington por la secretaria de Estado Condolezza Rice, el secretario de Comercio Carlos Gutiérrez, y el senador cubanoamericano Mel Martínez, puede entenderse como expresión de esa ansiedad de cambio. La destacada activista de la oposición interna cubana Miriam Leyva escribió que dicho informe, con su promesa de ochenta millones de dólares para la disidencia, era una suerte de happy birthday present a Fidel –un millón de símbolos por cada año de vida del dictador–, tan valioso como los dos mil millones de dólares del subsidio petrolero de Chávez, que, según los apologistas del castrismo, no constituyen injerencia sino “solidaridad”. Tiene razón la opositora: cualquier gesto, por muy bien intencionado que sea, que contribuya a presentar a Castro como víctima de Estados Unidos, fortalece el castrismo en su última hora.

¿Quién trabaja por una transición pacífica, negociada y soberana a la democracia en Cuba? Ciertamente, no Bush y la clase política cubanoestadounidense, aferrados a la lógica electoral de sus nexos, sino la oposición y el exilio que desde hace décadas apuestan, de manera genuina y autónoma, por un proceso así y están dispuestos, como han señalado Oswaldo Payá, Carlos Alberto Montaner, Martha Beatriz Roque, Carlos Saladrigas, Vladimiro Roca, Lino B. Fernández, Manuel Cuesta Morúa, Marcelino Miyares y Eloy Gutiérrez Menoyo, a actuar con cautela y firmeza ante un escenario de sucesión en la isla. Algunos de esos líderes disidentes y exiliados no sólo han manifestado su rechazo al plan de Washington, sino que han insistido en la necesidad de preservar la paz social y de construir una atmósfera de respeto a la soberanía, durante el período sucesorio, con el fin de no ofrecer excusas para la represión y contrarrestar, en lo posible, la perenne e injusta descalificación de “mercenarios” y “terroristas” a que los somete el régimen, dentro y fuera de la isla. Sin embargo, el gobierno de Fidel Castro basa todo su aparato de legitimación en la idea de que democracia es sinónimo de “anexión” y que todo cubano que desea el cambio es una marioneta de Estados Unidos.

La posibilidad de una transición democrática en Cuba podría verse obstruida por esa encrucijada ineludible, por esa alternativa fatal entre el orgullo y la vergüenza, entre la ansiedad y la impotencia, entre soberanía y democracia, que se condensa en la manida frase de “quienes pueden, no quieren, y quienes quieren, no pueden”. Los que podrían iniciar el cambio o, por lo menos, reformar sustancialmente el sistema, las elites del poder, son demasiado soberbias y no se atreven a arriesgar un ápice de su control en una transición democrática. Los que desean el cambio, la oposición y el exilio, no pueden producirlo, a pesar de su considerable avance en la última década, porque viven acosados y reprimidos por el régimen o incomunicados con la ciudadanía de la isla. La división de la comunidad internacional, respecto al modo más eficaz y legítimo de incentivar la democratización de Cuba, acentúa esa encrucijada y contribuye a la parálisis y subsistencia del castrismo.

Tan sólo un pequeño país moderno

Los sacerdotes del culto a Fidel Castro en América Latina –los presidentes Hugo Chávez y Evo Morales, los sociólogos Atilio Borón y Pablo González Casanova, los escritores Mario Benedetti y Eduardo Galeano…– ven en Cuba la realización de un proyecto social basado en la soberanía y la justicia. Pero el costo político de ese experimento de medio siglo –partido único, caudillo perpetuo, limitación de derechos públicos, ausencia de libertad de asociación y expresión…– no sería aceptable para la mayoría de ellos mismos en sus respectivos países. De ahí que los defensores afectivos de Fidel Castro no vean a Cuba como un modelo por imitar sino como un símbolo que es preciso mantener intacto, con el fin de que siga cumpliendo la valiosa función geopolítica de oponerse a la hegemonía de Estados Unidos en la región, que es vital para el sostenimiento de la izquierda autoritaria como una opción con cierto respaldo popular.

Ni siquiera Venezuela y Bolivia, a pesar de la vehemencia que dedican sus respectivos presidentes a consagrar el magisterio de Fidel Castro, son hoy países donde están proscritos los partidos políticos de oposición y los medios de comunicación independientes del Estado. La falta de democracia no la desean para ninguno de sus países los miembros de esa izquierda autoritaria, ya que es la competencia electoral, y no la “revolución”, la única vía que puede permitirles el acceso al poder. No la desean los justicialistas argentinos, los petistas brasileños, los perredistas mexicanos, el mas boliviano e, incluso, el Movimiento v República venezolano, a pesar de todos los amarres autoritarios que Chávez ha impuesto a las instituciones democráticas de su país y del fuerte vínculo material y espiritual entre chavismo y castrismo. El respeto a la soberanía cubana durante el período de sucesión, por cierto, no sólo debe ser una exigencia válida para Estados Unidos, sino también para Venezuela, cuyo presidente interviene sin escrúpulos en la vida política de la isla.

Entonces, ¿por qué los habitantes de una pequeña nación del Caribe tienen que ser los únicos latinoamericanos que no desean la democracia? El excepcionalismo cubano no es, por lo visto, sólo una construcción ideológica del régimen socialista, sino un estereotipo abastecido por la izquierda autoritaria, en América Latina, que demanda a los cubanos sacrificios únicos. Estas visiones estereotipadas de la isla actúan como fantasías legitimantes, como mitos compensatorios que atribuyen a Cuba lo que esas izquierdas no quieren producir en sus propios países. De ahí que, al evaluar el saldo de medio siglo de mandato de Fidel Castro, los “amigos del resto del mundo” sólo registren los altos niveles de educación y la salud pública masiva y gratuita, pero ignoren deliberadamente los miles de fusilados, las decenas de miles de presos, los cientos de miles de suicidas y los millones de exiliados.

El mito de Cuba como “ejemplo” para América Latina y el Tercer Mundo se basa en la realidad de Cuba como anomalía en el hemisferio occidental. Un partido único, “guiado por las ideas político-sociales de Marx, Engels y Lenin”, como reza el “Preámbulo” de la Constitución cubana, es, a principios del siglo xxi, un anacronismo o una extravagancia. Precisamente, ese culto a la rareza, a la singularidad, que tanto sirve a la izquierda autoritaria para presentar la soberbia como herejía y la tozudez como coherencia, informa una suerte de épica de la distinción que explota constantemente el aparato de legitimación de castrismo. Uno de los grandes retos que deberá enfrentar una sucesión reformista, en su caso, y la inevitable transición democrática, cuando comience, será producir una política interior y exterior sin epopeya, sin costos de representación simbólica para la ciudadanía de la isla: una política doméstica e internacional únicamente interesada en hacer de Cuba un pequeño país moderno y de los cubanos una comunidad de individuos libres.

La democracia, a diferencia de la “Revolución” o el “Socialismo”, no es un régimen épico que demanda sacrificios colectivos: es sólo un acuerdo para alcanzar la mayor felicidad posible. Esa ausencia de sentido utópico, sacrificial o redentorista explica, como describe Darrin M. McMahan en Una historia de la felicidad (Madrid, Taurus, 2006), que desde fines del siglo XVIII sucesivas generaciones de jacobinos, republicanos, comunistas, nacionalistas, fascistas y populistas hayan subordinado los valores ilustrados del bienestar y la libertad a los de la igualdad y la soberanía. En Cuba, durante el último medio siglo, esta contraposición de los valores modernos se ha experimentado con tanta fuerza que en la ideología oficial del régimen la condición de ser “felices” o ser “libres” se asocia automáticamente a la lealtad a un Estado que restringe las libertades públicas y el bienestar social, a cambio de proteger la “independencia” del país y asegurar la “igualdad” de la ciudadanía.

Ese perverso contrato, al que contribuyen diariamente los “amigos del resto del mundo”, es insostenible por la sencilla razón de que Cuba no es Fidel. En los últimos veinte años, la sociedad cubana ha experimentado una acelerada complejización que impide hablar, como en las décadas de los sesenta y setenta, de un “pueblo uniformado” que responde a coro y afirmativamente a cada orden del gobierno. Hoy la mayoría de la población cubana es nacida después del triunfo de la Revolución, casi tres millones viven fuera de la isla, las creencias e ideas de esa ciudadanía insular y diaspórica son heterogéneas y sus vínculos con el régimen son igualmente diversos: muchos de quienes lo respaldan no aceptan todas sus estructuras y algunos de quienes se le oponen comparten no pocos de sus mitos. La diversidad social de la isla y el exilio no ha podido ni puede ser representada por un caudillo perpetuo y un partido único.

Esa creciente heterogeneidad se refleja tanto en las varias corrientes que existen dentro del propio gobierno, en la emergencia de nuevos actores económicos y sociales, relativamente autónomos del Estado, como en el reforzamiento de las iglesias, instituciones básicas de la sociedad civil, y en la articulación de un movimiento opositor en la isla, también plural y cuyos líderes, aunque con limitada proyección nacional, están dispuestos a pactar un consenso en torno a la necesidad de un cambio de régimen gradual, pacífico, negociado y soberano. En los últimos veinte años, también la diáspora ha cambiado: hoy el exilio cubano, mucho más diverso desde el punto de vista geográfico, generacional y político, no le apuesta, mayoritariamente, a una subversión violenta del régimen, ni a un regreso vengativo, basado en el ajuste de cuentas, la disparidad social y la dependencia de Estados Unidos.

Los nuevos sujetos de la isla y la diáspora demandan, de múltiples formas, un nuevo orden de representación política. Como sabemos, por la experiencia de otras transiciones a la democracia en América Latina, las entidades partidarias, la competencia electoral y la economía de mercado no bastan, por sí solas, para construir ese nuevo orden de manera equitativa y estable. Es preciso imaginar, pues, nuevas formas de representación y participación políticas que, al mismo tiempo que preserven la soberanía de la isla y las capacidades redistributivas del Estado, logren interpretar y asumir los deseos de esa creciente heterogeneidad social. Pero sin libertad de asociación y expresión, sin un dinámico mercado interno y externo y sin unas relaciones internacionales diversas, autónomas y realistas, cualquier ejercicio de imaginación política está condenado al fracaso. ~

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